CUENTOS DE TOKIO


Tokyo Monogatari

Japón, 1953. 139 min. B/N

Director: YASUJIRŌ OZU. Guión: Yasujirō Ozu, Kôgo Noda. Música: Takinori Saito. Fotografía: Yushun Atsuta. Intérpretes: Chishu Ryu, Chiyeko Higashiyama, Setsuko Hara, So Yamamura, Haruko Sugimura, Kinoko Niyake, Kyoko Kagawa.


“¡Parece mentira que estemos en Tokio! Nunca pude imaginar que lo tuviéramos tan cerca de nosotros. Es increíble; ayer salimos del pueblo de Onomichi y ahora ya estamos aquí, a vuestro lado. Sí, el mundo ha cambiado mucho, y nosotros también. Ahora somos un par de viejos”

(Tomi/Chiyeko Higashiyama)


En el cine de Yasujirō Ozu existe una paradoja que lo eleva a los altares del séptimo arte. Sus shomin-geki, o dramas contemporáneos sobre la clase media japonesa, se hacen casi indistinguibles en el recuerdo debido a sus constantes temáticas, centradas en los ritos de la vida diaria y en las relaciones familiares. Su lenguaje cinematográfico es engañosamente sencillo. Por un lado, el naturalismo de las interpretaciones, los diálogos y los decorados, casi siempre de cuatro paredes (en lugar de las tres utilizadas en el de Hollywood clásico) y de ámbito hogareño. Por otro, su particular estilo austero, con aquella cámara estática que filma a dos palmos del suelo. El crítico Roger Ebert señaló que, en Cuentos de Tokio, la cámara sólo se mueve una vez y eso es más de lo normal en una película de Ozu.

Así pues, ¿cómo mantiene Ozu, tan falto de énfasis dramático y estilístico, nuestra atención? Algo inaudito en otro cineasta, el japonés posee la extraña habilidad, casi milagrosa, de convertir lo aparentemente banal en algo universal y lo cotidiano en algo extraordinario. Y es que cada película que ves de Ozu es volver a asistir, cautivado por la honestidad y el templado lirismo que desprende cada secuencia, a un episodio más, único y trascendental, en el mundo de tradiciones, sentimientos y transcurso del tiempo que explora. Porque para él todo reside en la cualidad contemplativa de su mirada; cualquier actividad humana, incluso las que “no tienen importancia”, merece nuestra atención.



Cuentos de Tokio, cinta recapituladora y esencial del cine japonés realista, es la consabida obra maestra de Ozu, elegida en el año 2012 como la mejor película de todos los tiempos según la votación de los directores internacionales más influyentes. El viejo matrimonio Hirayama, Shūkichi (Chishû Ryû) y Tomi (Chieko Higashiyama), viaja desde Onomichi, el pueblo costero donde residen, hasta Tokio con la intención de visitar a sus hijos casados, a los que hace años que no ven. Una vez en la capital, los esposos comienzan a darse cuenta que resultan molestos para ellos, muy atareados con sus respectivas vidas y sin apenas tiempo para dedicarles.

La incomprensión y frialdad no disimulada de los hijos sólo se ve eclipsada por la bondad e íntima felicidad de la joven Noriko (Setsuko Hara), nuera viuda de los ancianos, única capaz de complacerlos y prestarles atención durante su estancia. El personaje de Noriko, interpretado por la gran musa de Ozu, Setsuko Hara, es el más excepcional, hermoso y esperanzador de su obra. Imperdible resulta la trilogía de Noriko, compuesta por Primavera Tardía (1949), El Comienzo del Verano (1951) y la comentada Cuentos de Tokio (1953), la cual cierra el ciclo.



“Con el tiempo, los padres y los hijos se alejan”, dice NorikoEsta frase, –gran verdad–, podría resumir el tono de emoción contenida y resignada aceptación que distingue a la película: “Así es la vida”, parece decirnos Ozu. El director muestra la desintegración familiar, los conflictos generacionales, la soledad y la fugacidad de la vida. A la vez confronta, en el marco de una sociedad japonesa de posguerra inmersa en el cambio, el advenimiento de lo nuevo (occidentalización, modernidad, ciudad, hijos) con lo viejo (tradiciones, mundo rural, padres).

Como en Robert Bresson y Béla Tarr, el estilo de Yasujirō Ozu es tan marcado que está por encima de las historia que cuenta. Reconocible de forma inmediata, principalmente por el uso de la cámara fija a ras de tatami, su cine radica en el montaje y en la exquisitez en la composición del encuadre, empleando planos medios y generales para así revelar la intimidad de los personajes sin inmiscuirse en ella. De discurrir plácido y empapada de honda nostalgia, Cuentos de Tokio es, en definitiva, una película de reposo que permite la reflexión sobre la propia vida.



Hay quienes dicen que amar el cine de Yasujirō Ozu también es amar la vida; por lo menos, se empeña en hacernos ver que, pese a lo triste que puede resultar, merece el esfuerzo vivirla con sensatez, armonía y prudente optimismo.