DERSU UZALA (EL CAZADOR)


Dersu Uzala

URSS, Japón. 1975. 141 min. C

Director: AKIRA KUROSAWA. Guión: Yuri Nagibin (Libro: Vladímir Arsényev). Música: Isaac Schwartz. Fotografía: Asakadzu Nakai, Youri Gantoman, Fedor Dobronrabov. Intérpretes: Maksim Munzuk, Yuri Solomin, Svetlana Danilchenko, Dima Kortishev, Schemeikl Chokmorov, Vladimir Kremena.


¡No disparen, soy gente!”

(Dersú Uzalá/Maksim Munzuk)


Akira Kurosawa (Shinagawa, Tokio, 1910-Setagaya, Tokio, 1998), descendiente directo de samuráis y estudiante de Bellas Artes, es uno de los considerados tres maestros del cine japonés junto a Yasujirō Ozu y Kenji Mizoguchi, a los que se debería sumar Mikio Naruse y Masaki Kobayashi. Reconocido por su vasta calidad artística y hondura existencial, “El Emperador” es uno de los mayores cineastas del siglo pasado. Muy comprometido con el tiempo convulso que le tocó vivir, incluido el hundimiento de su propio país, la obra de Kurosawa reflexiona ávidamente sobre la injusticia, la crueldad, el sentido de la violencia, la forma de entender el mundo y las pulsiones contradictorias del corazón del hombre.


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Kurosawa se dio a conocer internacionalmente con Rashōmon (1950), un relato en el Japón feudal con cinco puntos de vista sobre un mismo suceso. El nipón seguramente sea el director que mayor número de obras maestras ha realizado, quizás sólo igualado por Bergman y Hitchcock. Así lo atestiguan, por ejemplo, las humanas Vivir (1952) y Barbarroja (1965), las recreaciones épicas del mundo de samuráis Trono de Sangre (1957) y Yojimbo (1961), las muestras de cine negro El Perro Rabioso (1949) y El Infierno del Odio (1963) o los vibrantes experimentos de color Kagemusha (1980) y Ran (1985). No obstante, su película más famosa sigue siendo Los Siete Samuráis (1954), la cual transformó para siempre los códigos del cine de samuráis y sin cuyo tratamiento de la violencia no se entiende el género de acción contemporáneo.

Dersu Uzala, rodada por su director en 1975 tras un lustro de inactividad profesional, continuadas depresiones y hasta de un intento de suicidio, es otra de esas obras imprescindibles de Kurosawa y del cine en general. Una espléndida coproducción soviético-japonesa realizada con mano maestra y mirada serena que consiguió restaurar con su éxito la por entonces maltrecha reputación de la que gozaba el cineasta en su país natal.


DERSS


La película adapta el cuaderno homónimo que el explorador ruso y militar zarista Vladímir Arsényev escribió durante sus viajes (1902-1907) con fines cartográficos a la región de Ussuri, en el Lejano Este Ruso, donde conoció a Dersú Uzalá (1849-1908), un cazador nómada de la tribu Hezhen que sirvió como guía del grupo de expedición. La primera adaptación del libro corrió a cargo del también ruso Agasi Babayan (Dersu Uzala, 1961), que pese a no cosechar gran éxito supo extraer la belleza de la naturaleza a través de unas imágenes impresionantes.

Dersú (Maksim Muzuk) es un entrañable hombrecillo de aspecto simiesco, solitario y de creencias animistas que recoge la esencia de la verdadera inteligencia a base de sentir a la Madre Naturaleza. El capitán Arsényev (Yuri Solomin), fascinado por el alma bondadosa de Dersú, ha sido educado por la sociedad, es racional y proviene de un mundo muy diferente al que llaman civilizado, la ciudad, “la prisión del hombre”. El filme muestra el inevitable choque cultural y la dualidad de la visión del mundo ofreciendo un relato de aliento poético, de prólogo y epílogo de carácter elegíaco, sobre otra forma de entender la vida. La cinta del Kurosawa más humanista es una pieza íntima de aprendizaje y amistad profunda entre dos seres puros, aparentemente opuestos, que el cineasta construye por medio de pequeños gestos y que canta a la vida, la sencillez y la humildad. También es un relato de aventura, tanto interior como física, y un hermoso poema de amor a la Naturaleza en los majestuosos bosques de la taiga siberiana.


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Dersu Uzala, rodada en 70 milímetros y casi en su totalidad en espacios exteriores fríos, aprovecha los largos planos con panorámicas para convertir la naturaleza en otro actor con el que se integran los de carne y hueso, alternándose con otros más cortos para dar dinamismo a la proyección. Seguramente sea la filmación más precisa que se haya hecho nunca tanto de la amistad sincera y admiración mutua como de la naturaleza en toda su extensión y esencia. La maestría plástica y la unidad entre forma y contenido rayan, una vez más, la perfección en Akira Kurosawa.


“Para un director cada trabajo que finaliza supone una vida entera. Yo he vivido muchas vidas”

(Akira Kurosawa)