DIES IRAE


Vredens Dag

Dinamarca, 1943. 105 min. B/N

Dirección: CARL THEODOR DREYER. Guión: Carl Theodor Dreyer, Poul Knudsen, Mogens Skot-Hansen (Obra: Hans Wiers Jenssen). Música: Poul Schierbeck. Fotografía: Carl Andersson. Intérpretes: Thorkild Roose, Lisbeth Movin, Sigrid Neiiendam, Preben Lerdorff Rye, Anna Svierkier, Albert Hoeberg.


“No hay nada en el mundo que pueda compararse con un rostro humano. Es una tierra que uno no se cansa jamás de explorar, un paisaje (ya sea árido o apacible) de una belleza única. No hay experiencia más noble, en un estudio, que la de constatar cómo la expresión de un rostro sensible, bajo la fuerza misteriosa de la inspiración, se anima desde el interior y se transforma en poesía”

(Carl Th. Dreyer)


Magnífico filósofo de los conflictos internos del hombre, el danés Carl Theodor Dreyer es el más grande de los llamados cineastas espirituales junto a Robert Bresson, con quien también comparte la austeridad narrativa y formal. Nacido hijo ilegítimo y abandonado por una madre repudiada debido a su condición social fue acogido, tras pasar por un orfanato, por la familia luterana Dreyer, cuyas enseñanzas marcaron la severidad de su obra.

Dies Irae (1943), realizada once años después de su anterior película, Vampyr, la Bruja Vampiro, es una de las auténticas piezas maestras del cine. Filme extraordinario en conjunto y portentoso en cada uno de los componentes técnicos, estéticos y dramáticos, es uno de los predilectos de Ingmar Bergman, François Truffaut y otros directores que han amado el cine con conocimiento y pasión.


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Dinamarca, año 1623, en una pequeña comunidad de moral estricta, donde los remordimientos, la culpa y el pecado se han convertido en los elementos protagonistas de los comportamientos sociales. Martin (Preben Lerdorff Rye) regresa a casa tras años de ausencia para visitar a su padre, Absalon Pederson (Thorkild Roose), un viejo y rígido pastor luterano. Mucho más joven que él, hermosa y amante de la vida, su segunda esposa, Anne (Lisbeth Movin), lo odia en silencio. La pasión cautiva a Martin y Anne (su madrastra), que compartirán una relación prohibida. En paralelo, una supuesta bruja, la anciana Marte Herloff (Anna Svierkier), es torturada y condenada por un tribunal municipal a morir en la hoguera, no sin antes declarar que, tiempo atrás, Absalon exculpó de brujería a la madre de Anne para así casarse con ella.

Dies Irae, cuyo título alude a un himno latino del siglo XIII atribuido al franciscano Tomás de Celanoamigo y está basada en la obra teatral de Hans Wiers Jenssen, es un drama de universo cerrado que se concentra en el difícil triángulo amoroso conformado por Absalon, Anne y Martin, sumergiéndose de pleno en sus incertezas anímicas y morales. Planteando algunas dicotomías entre mística y razón, y espíritu y carnalidad, la película arremete contra el fanatismo religioso, la intolerancia y la represión de los instintos individuales.


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El estilo formal de Dies Irae marca una inflexión en la obra de su autor, en permanente proceso evolutivo de introspección y creatividad. Visualizada de manera pictórica, con un empleo prodigioso de la luz y la sombra, tiene a Rembrandt y la escuela flamenca como influjo. La narración, de ritmo sosegado, se articula a través de elaboradas y largas tomas, las cuales se conjugan con una puesta en escena muy cuidada y capaz de generar una aura de implacable austeridad que remite a los interiores pintados por Vilhelm Hammershøi. La fotografía en blanco y negro de Carl Andersson también es memorable, conformando los sobrios intereses de Dreyer, incondicional perfeccionista de los encuadres. En cuanto a la marcación actoral, el director de La Pasión de Juana de Arco rueda a los actores en primeros planos regiamente iluminados, lo que permite interpretaciones de gran concentración.

Estéticamente bella, inquietante y relativa a las emociones metafísicas, Dies Irae es una de las cumbres del arte dreyeriano, de alguien fiel a su vocación y gran pasión: el cine como expresión artística.



“El artista debe describir la vida interior, no la exterior. La abstracción es esencial para el creador. Permite al realizador franquear las barreras que el naturalismo impone. Permite a sus filmes ser no solamente visuales, sino espirituales”

(Carl Th. Dreyer)