EL CABALLO DE TURÍN


A Torinói Ló

Hungría, Francia, Alemania, Suiza, 2011. 146 min. B/N

Dirección: BÉLA TARR & ÁGNES HRANITZKY. Guión: Béla Tarr, László Krasznahorkai. Música: Mihály Vig. Fotografía: Fred Kelemen. Intérpretes: Volker Spengler, Erika Bók, János Derzsi, Mihály Kormos.


“Hemos destruido el mundo y es también culpa de Dios”

(El visitante, en El Caballo de Turín)


El Caballo de Turín tiene su punto de partida en una anécdota que se cuenta de Friedrich Nietzsche: la vez que presa de un colapso nervioso se abraza llorando al cuello de un caballo que está siendo maltratado por su cochero, sumiéndose a partir de entonces en el más absoluto mutismo no sin antes pronunciar unas últimas palabras: “Mutter, ich bin dumm!” (“¡Madre, soy idiota!”). Sin embargo, aquí no hay adaptación, recreación ni versión; tampoco analogía ni símbolo. Sólo piedad y compromiso con la expresión.


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Béla Tarr (Pécs, Hungría, 1955). Una especie de nova o estrella de esas que aparecen de vez en cuando en la constelación del cine. Responsable de ese monstruo fílmico de más de siete horas que es Sátántangó (1994). El Caballo de Turín, su autodeclarada última película, clausura un breve pero deslumbrante proyecto cinematográfico de nueve largometrajes, hondamente antropocéntrico y pesimista, que surge de la percepción de lo inmediato, prescinde de lo meramente accesorio y pone la representación en estado terminal. Su cine se introduce en la cárcel del ser humano, donde el único camino posible es el que conduce al apocalipsis silencioso de A Torinói Ló.

El Caballo de Turín, comprometida con el llamado movimiento fílmico remodernista, muy influenciado por el propio Tarr y que procura captar el ritmo de vida en tiempo real y levantar una conciencia aguda del momento, es la película más portentosa y radical del siglo XXI. Son dos horas y media de metraje pintado al carbón con sólo treinta planos y apenas diálogos. Un hueco de bendito aburrimiento para anti-intelectuales descontentos con el imperio del tiempo dentro de la saturación diaria de signos que nos invaden. El cine de Béla Tarr requiere de un esfuerzo que no todos los espectadores, acomodados en sus estupendas butacas, están dispuestos a ofrecer. No obstante, una vez que uno consigue educar la mirada puede llegar a alcanzar los niveles contemplativos del deleite y sentir una idea de lo trascedente.


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Muy pocos directores (Ozu, Bresson, Tarkovsky) tienen un estilo tan marcado que está por encima de las historias. Béla Tarr, a la manera de un sacerdote ascético, propone una mirada cósmica sobre el mundo que consigue únicamente a través del lenguaje formal y la temporalidad. Emplea continuados planos-secuencia extraordinariamente lentos y largos, sin impedir acercamientos a los rostros de los personajes a través de suaves movimientos de cámara, que unidos a la minimalista y repetitiva música de Mihály Vig producen un efecto hipnótico y subrayan el remolino rutinario en que se apagan los protagonistas. De la imagen-movimiento a la imagen-del-tiempo-suspendido que se ralentiza hasta hacerse lienzo, en el que las gruesas figuras se dibujan sobre un tenebroso fondo de negrura abisal. Tarr desnuda el cuadro, asfixia lo normativo y reasigna la imagen a otra dimensión.

El cineasta húngaro se preocupa por la soledad del ser humano, que aguarda desde la apatía y la indolencia. Muestra el peso insoportable de la vida. Esculpe el tiempo, la espera continua. Su tema es la muerte desde la muerte, el vacío, el fin de una historia, el acabamiento de toda repetición.


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El Caballo de Turín, nuevamente en colaboración con el guionista László Krasznahorkai, reduce la presencia humana a dos personajes taciturnos: padre (János Derzsi) e hija (Erika Bók, la niña Estike en Sátántangó), más su inamovible y profético caballo. Aislados en una austera cabaña rural rodeada de un paisaje reseco e inhóspito de naturaleza ventosa apenas se miran ni hablan. La única vía a su sostén existencial es la frugal reproducción de la rutina cotidiana (vestirse, encender la lumbre, sacar agua del pozo, pelar una patata ardiente, encerrar el caballo), al borde de la alineación y hecatombe. En palabras de su director, “The Turin Horse trata de cómo, día tras día, la vida se va debilitando. Y cómo la vida, al final, desaparece; pero de manera silenciosa y sencilla. Lo de The Turin Horse es un simple drama humano”.

La película se estructura a lo largo de seis días iguales donde ya no puede ocurrir nada. La noche final, la voz en off cuenta lo que el ojo no puede ver porque la cámara no puede enseñarlo. La luz se ha apagado. Oscuridad total. El que ha muerto no es Dios, sino el mañana.

Seis días, según el Génesis, tardó Dios en hacer el mundo; los mismos que tarda Béla Tarr y su esposa Ágnes Hranitzky en deshacerlo.


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 “El realismo opone las situaciones que duran a las historias que encadenan y pasan a continuación”

(Jacques Rancière. Béla Tarr. Le Temps d’Après, 2011)