EL HORRIBLE SECRETO DEL DR. HICHCOCK


L’orribile Segreto del Dr. Hichcock

Italia, 1962. 88 min. C

Director: RICCARDO FREDA. Guión: Ernesto Gastaldi. Música: Roman Vlad. Fotografía: Raffaele Masciocchi. Intérpretes: Barbara Steele, Robert Flemyng, Silvano Tranquilli, Maria Teresa Vianello, Harriet Medin, Spencer Williams.


“Que procedas del cielo o del infierno, qué importa.
¡Oh, Belleza! ¡Monstruo enorme, horroroso, ingenuo!
Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta
de un infinito que amo y jamás he conocido”

(Charles Baudelaire. Himno a la Belleza)


Hablar de la edad de oro del cine de terror italiano es hablar de Riccardo Freda y Mario Bava. El gotico all’italiana, aunque cercano en el tiempo a los mayores éxitos de la británica Hammer, se mantuvo fiel a sus personalísimas texturas estéticas, donde el tenebrismo decorativo, la corrupción moral, la truculencia amoroso-sexual y las atmósferas malsanas componían el núcleo de su repertorio. El Horrible Secreto del Dr. Hichcock fue firmada por Robert Hampton, nom de guerre de Riccardo Freda, seis años después de realizar la primera cinta de terror italiana: I Vampiri (1956). Actualmente, está considerada la cumbre del gótico transalpino –junto con La Máscara del Demonio (Mario Bava, 1960)–.

El Horrible Secreto del Dr. Hichcock cuenta, entre sus atractivos, con la magnética presencia de Barbara Steele, que con su rostro extrañamente irregular, sus grandes ojos de gata y su mirada turbadora se convertiría en una diva del fantastique europeo durante la década de los sesenta. Con la Steele en el papel de víctima inocente (verdugo en Lo Spettro), la película es un puro condensado de los estilemas del género: temática negra y naturaleza morbosa. El filme huye del horror sobrenatural y/o de fisiología monstruosa, más propio del cine foráneo, para explorar los terrores generados en los rincones más oscuros de la psique humana.


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Londres, 1885. El siniestro doctor Bernard Hichcock (Richard Flemyng), un reputado cirujano médico que vive una aparente vida cómoda y aburguesada, esconde un secreto que comparte con su criada y su esposa Margaretha: la necrofilia. Para saciarla, en uno de sus juegos eróticos narcotiza a su mujer hasta provocarle un estado cataléptico y, accidentalmente, la muerte. Hichcock la entierra en una cripta. Mortificado por el sentimiento de culpa abandona la mansión familiar, regresando doce años después en compañía de su actual y joven esposa, Cynthia (Barbara Steele), que desconoce los vicios ocultos de su marido y se convierte en su nuevo objeto de deseo. En la mansión, sin embargo, espera el fantasma de Margaretha en busca de venganza.

El Horrible Secreto del Dr. Hichcock, afín al espíritu literario de Allan Poe, también lanza guiños a Alfred Hitchcock, no sólo en el apellido del depravado galeno inglés, sino también a algunas de sus películas (VértigoRebecaAtormentada). Mezcla en perversa armonía de obsesiones clínicas, delirios fetichistas y sentimiento trágico, el filme es una radiografía opresiva de amor fou sustentado en la necrofilia. Alejado de la sanguinolencia y más preocupado en sugerir que en mostrar, Freda crea un mundo cerrado cuyo clima es el de la pesadilla y su expresión la de lo macabro.


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Escrita por el prolífico Ernesto Gastaldi y de ritmo sosegado, poseída por la maravillosa fotografía crepuscular de Raffaele Masciocchi y la brillante música de Roman Vlad, El Horrible Secreto del Dr. Hichcock destaca por la maestría con que Freda visualiza cada secuencia y cada plano, utilizando su abigarrado sentido pictórico como instrumento narrativo. Así, la composición lumínica y el espeso cromatismo ocre y apastelado responden a un efecto poético, sombrío, que funde personajes y decorados y conforma un fondo en movimiento que potencia el hipnotismo del conjunto. Es el descubrimiento del horror como fuente de deleite y de belleza o, más bien, es la transformación de lo horrendo en la belleza misma.

La puesta en escena, cercana a la paroxística de Bava, resulta sublime. Imbuida de un lirismo mortuorio que subyuga, está saturada de una atmósfera mórbida, donde los interiores recargados y ornamentos tenebristas definen con versallesca perversidad la mente enferma del doctor, “un monstruo de perfidia y maldad” en palabras de Freda. Inolvidable es el tétrico salón donde el inquietante Hichcock se entrega a sus delirios necrófilos: salón presidido por un lecho arropado por doseles bermellones escarlata sostenidos por negras columnas salomónicas y casi amenazado por sombríos tapices barrocos.


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