EL MUELLE (C)


La Jetée

Francia, 1962. 29 min. B/N. Cortometraje

Director: CHRIS MARKER. Guión: Chris Marker. Música: Trevor Duncan. Fotografía: Jean Chiabaud. Intérpretes: Hélène Chatelain, Davos Hanich, Jacques Ledoux, André Heinrich, Jacques Branchu, Pierre Joffroy, Etienne Becker, Philbert von Lifchitz, Ligia Borowcyk, Janine Klein.


“En las películas de Marker, el parpadeo queda justo en la mitad del plano, y el espectador debe apreciar y ver el instante decisivo del corte. En cada corte hay un viaje en el tiempo. El parpadeo, en todo caso, es su estación de salida o de destino.
Los parpadeos de Marker no quieren escondernos nada. Quieren abrirnos los ojos”

(Isaki Lacuesta)


Christian François Bouche-Villeneuve (Neuilly-sur-Seine, Nanterre, 1921-París, 2012), alias Chris Marker. Hermético a voluntad propia, ocultó su identidad y rostro durante décadas tras el símbolo de una lechuza o como álter ego de un gato. Renunció al culto y a la fama, permitiendo que su obra hablara por sí sola. Actualmente está reconocido como el creador de lo que podría llamarse “ensayo fílmico” o, parafraseando a Truman Capote, del cine de no-ficción. Marker estuvo relacionado con el grupo desviacionista de la Rive Gauche francesa, el ala izquierda de la Nouvelle Vague, formado por cineastas teóricamente más vanguardistas. Y, como Alain Resnais (Hiroshima, Mon Amour, El Año Pasado en Marienbad), fue un obsesionado de la memoria, los recuerdos y la nostalgia del tiempo pasado.

La Jetée (primer puesto del TOP 20 Cortometrajes favoritos), único trabajo no-documental de Chris Marker, es un experimento cinematográfico con envoltura de ciencia ficción post-apocalíptica definido por su autor como una “fotonovela”. Es, a la vez, una reflexión profunda sobre la civilización y el ser humano en los bucles del Tiempo (¿hacia su fin o su principio?) y un sublime poema metafísico de amor íntimo. Efímera, bella y dolorosa.


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La Jetée, ganadora del Premio Jean Vigo al Mejor Cortometraje, es un ejercicio de puro cine, de pura técnica cinematográfica. Marker pudo haberla “filmada”, pero prefirió dotarla de una dimensión extraña. Así, reinventando la historia del cine, el francés la construye mediante fotografías fijas en blanco y negro rigurosamente ordenadas que se leen por una voz en off, la cual aterra con su serenidad. Son las fotografías las que dan contexto a la narración que las acompaña, discurriendo por la pantalla como postales enviadas desde los pliegues más remotos de la memoria. La única excepción a la quietud es el instante en el que, de repente, lo que parece otra foto fija cobra vida: el ligero parpadeo de una mujer. Es precisamente el estatismo de las imágenes, andamiado a través de un montaje hipnotizante, frío y de sonidos metálicos, el que da lugar a una cinta ambigua y misteriosa, contradicción misma del hecho cinematográfico: una película sin movimiento.

El filme, que sirvió de inspiración a Terry Gilliam en 12 Monos (1995), se ambienta en un París podrido tras la hecatombe nuclear que sucedió a la III Guerra Mundial, donde los supervivientes están obligados a corretear como ratas bajo las alcantarillas subterráneas de Chaillot, debido a la radiación de la superficie. Es la historia contada por la voz de un prisionero elegido para viajar en el tiempo a través de la mente, único modo de salvar a la humanidad. La de un conejillo de indias marcado por una imagen de su infancia: el lejano rostro de una enigmática y bella mujer (innominada todo el metraje e incorporada por Hélène Chatelain) en el muelle del aeropuerto de Orly. Su viaje es la búsqueda de esa imagen, “la única de paz para atravesar tiempos de guerra”. Cuando al final la encuentra, comprende que ese instante que le habían concedido de niño y que tanto le había obsesionado no era sino el de su propia muerte.


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“El más célebre de los cineastas desconocidos” según Philippe Dubois se ha dedicado en su extensa, compleja e inclasificable obra a realizar casi invariablemente “documentales subjetivos”, algunos absolutamente innovadores en fondo y forma, proponiendo siempre un análisis intelectual de la realidad que, pasado por el filtro de la narrativa cinematográfica, alcanza un lenguaje evocador y profundo. Su cine, presente en los acontecimientos sociales y políticos de todas las épocas, observa con compromiso y cierta ironía cáustica las vicisitudes de la Historia y del individuo, reflexionando sobre la memoria y la función del recuerdo, “que no es lo contrario del olvido, sino su opuesto”, según la narradora de Sin Sol, Sans Soleil, 1983.

Marker realizó cortometrajes, como el anticolonialista Las Estatuas También Mueren, en colaboración con Alain Resnais, o el más experimental Junkopia, que enseña la naturaleza muerta con un hipnotismo a lo Werner Herzog. También pisó el terreno de la animación, como en Los Astronautas. Algunas de sus obras más célebres son El Fondo del Aire es Rojo, que disecciona los movimientos sociales que surgieron a finales de 1960, Sin Sol, un ensayo críptico con una voz en off que lee las interrogativas cartas de un cámara trotamundos, o El Último Bolchevique, dedicada al cineasta comunista Aleksandr Medvedkin. Más convencionales, también realizó documentales sobre Akira Kurosawa (A.K.) y Andrei Tarkovsky (Un Día en la Vida de Andrei Arsenevitch). No obstante, la auténtica pieza maestra del estimulante “Chris and Magic Marker” es La Jetée, con quien la polaca La Pasajera (1963) del talentoso y muerto sin acabarla Andrzej Munk comparte no pocas cosas.


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“Cuando el presente nos ciega, qué mejor solución que verlo y asediarlo desde todos los ángulos: desde el pasado hasta el futuro. Toda la obra de Chris Marker es ‘La Jetée’. La muchacha abrió los párpados. Nunca sabremos si el viajero lo soñó o inventó, pero sabemos que lo vio, que estuvo allí…” (Gonzalo de Lucas)… mañana.