EL QUIMÉRICO INQUILINO


Le Locataire

Francia, 1976. 126 min. C

Dirección: ROMAN POLANSKI. Guión: Roman Polanski, Gérard Brach (Novela: Roland Topor). Música: Philippe Sarde. Fotografía: Sven Nykvist. Intérpretes: Roman Polanski, Isabelle Adjani, Melvyn Douglas, Shelley Winters, Jo Van Fleet, Bernard Fresson, Lila Kedrova, Claude Dauphin, Claude Piéplum, Rufus.


 “En París, a uno siempre le recuerdan que es extranjero. Si estacionas incorrectamente tu coche, lo que importa no es el hecho de que está en la acera, sino el hecho de que hables con acento”

(Roman Polanski)


Nacido en París pero educado en Polonia e hijo de inmigrantes judíos, el director de cine, productor, guionista y actor Roman Rajmund Thierry Polański estudió en la prestigiosa Escuela de Cine de Łódź, como también hicieron Andrzej Wajda, Jerzy Skolimowski y Krzysztof Kieslowski, entre otros insignes polacos. Después de rodar varios cortometrajes, el primero de ellos a la temprana edad de veintiún años, su ópera prima fue la formalista El Cuchillo en el Agua (1962), un juego psico-erótico tenso con sólo tres personajes que se alinea con el axioma antonioniano de la incomunicabilità. Posteriormente continuaría realizando grandes películas todas ellas de penetración psicológica para multitud de géneros; la última La Venus de las Pieles (2013).

Hacia 1969, su mujer, la actriz Sharon Tate, quien se encontraba embarazada de ocho meses, fue una de las víctimas de la masacre que la banda de Charles Manson cometió en la mansión de Los Ángeles (California) que el cineasta acababa de adquirir. Dicho acontecimiento marcaría su vida, tanto personal como cinematográfica. Años más tarde, tras dirigir Chinatown (1974), Roman Polanski rodaría en Francia uno de sus filmes más personales y turbadores: El Quimérico Inquilino. El estreno de la película se vio eclipsado por las acusaciones en Estados Unidos contra su persona por haber drogado y violado a una niña de trece años. Huido del país mientras estaba en libertad bajo fianza, nunca más ha vuelto a pisar suelo estadounidense.


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El Quimérico Inquilino es una adaptación libre de la novela Le Locataire del polifacético Roland Topor, fundador junto a Alejandro Jodorowsky y Fernando Arrabal en 1962 del Groupe Panique, expresión artística inspirada en la filosofía del dios Pan que postula la locura controlada como supervivencia ante una sociedad en crisis de valores: “Es el himno al talento loco, es el antimovimiento, es el rechazo a la seriedad, es el canto a la falta de ambigüedad… Es el arte de vivir, es el principio de indeterminación con la memoria de por medio… Y todo lo contrario” (Fernando Arrabal).

En palabras del escritor John Collier, la novela de Topor es “una historia de terror realmente actual, tan estrechamente enrollada sobre sí misma, tan fría, sigilosa y mortal como una serpiente en la cama”. A partir de ella, Polanski construye con una obra extraña, distante y desapasionada que disecciona la metamorfosis pánica, los avatares de la paranoia y el puro terror. El Quimérico Inquilino compone junto a Repulsión (1965) y La Semilla del Diablo (1968) su apócrifa trilogía de los apartamentos, que retrata la soledad del individuo en una ciudad moderna que le es ajena (una joven belga en Londres, una chica del Midwest rural en Nueva York y un polaco en París) y su lucha semiclandestina contra la apabullante máquina social, siempre malévola y victoriosa, que le fagocita y enerva hasta empujarle a la desesperación y al suicidio.


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El Quimérico Inquilino presenta al propio Polanski interpretando al tímido Trelkovsky, el kafkiano protagonista mudado al apartamento de un desvencejado inmueble parisino de escaleras en espiral y pasillos tortuosos que queda tan trastornado a raíz del suicidio de la mujer que lo habitaba que, paulativamente, se pone su ropa y hace suyos sus demonios autodestructivos. Simone Choule se convierte de este modo en la inquilina de su mente. Trelkovsky se verá inmerso en el universo barroco de una comunidad de vecinos poblada por personajes opacos que, en maléfico complot, intentan constreñir la libertad de su invasor  y despojarle de su personalidad.

Con rasgos de guiñol y retazos del humor más negro, El Quimérico Inquilino, con no pocos elementos narrativos prestados de La Metamorfosis, de Franz Kafka, y una inquietante e hiperrealista fotografía del prestigioso Sven Nykvist (especialmente conocido por sus trabajos con Ingmar Bergman), relata la crónica de una pesadilla pegajosa de imaginería psicoanalítica y sexual cuya tensión y agobio va en aumento hasta sólo quedar esquizofrenia. Polanski, cultivando su gusto por los espacios claustrofóbicos, las situaciones insólitas y el voyeurismo, explora la frustración, la angustia, la alienación social y un sentido del pesimismo profundamente polaco por absurdo.


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El Quimérico Inquilino se erige en una electrizante obra que construye una realidad nociva y siniestra a través de los espejismos de la mente. Una sátira opresiva sobre la pérdida de identidad que tiende al culto ad maiorem Polanski gloriam.