EL TERCER HOMBRE


The Third Man

Gran Bretaña, 1949. 104 min. B/N

Director: CAROL REED. Guión: Graham Greene (Novela: Graham Greene). Música: Anton Karas. Fotografía: Robert Krasker. Intérpretes: Joseph Cotten, Alida Valli, Trevor Howard, Orson Welles, Bernard Lee, Paul Hörbiger, Ernst Deutsch, Siegfried Breuer, Erich Ponto, Wilfrid Hyde-White, Hedwig Bleibtreu.


“Italia, durante treinta años, bajo los Borgia, tuvo guerras, terror, asesinatos y derramamiento de sangre… pero produjo a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza tuvieron amor fraternal, quinientos años de democracia y paz. ¿Y qué produjeron? ¡El reloj de cuco!” 

(Harry Lime/Orson Welles)


El Tercer Hombre eleva a Sir Carol Reed (Londres, 1906-1976), carente de una rúbrica autoral inconfundible, al purgatorio de los directores que una vez asaltaron el cielo de los elegidos. Esta mítica película, distinguida en 1999 por el British Film Institute como la mejor británica de la historia, es uno de los iconos del cine de los años cuarenta. Confluencia de cuatro de los mayores talentos de la industria cinematográfica (Alexander Korda, productor; Graham Greene, guionista; Carol Reed, director, y Orson Welles, actor), el filme bebe del cine negro americano, del expresionismo alemán y del Neorrealismo italiano.

Pese a que se ha dicho hasta la saciedad que Orson Welles fue el autor oculto de El Tercer Hombre, su verdadero artífice es Graham Greene, uno de los grandes novelistas del siglo XX y que, –insólito caso–, escribió antes el guión que la novela (1950). En ese sentido, aunque formalmente la película tiene mucho de Welles, su contenido es puro Green, planteándose complejos conflictos morales y no temáticas sobre el poder y específicamente shakesperianas, tan propias del orondo cineasta de Wisconsin.



Una voz en off expone en el inicio de El Tercer Hombre la situación de la Viena de 1947, derruida tras la II Guerra Mundial: las cuatro potencias vencedoras (Estados Unidos, Unión Soviética, Inglaterra y Francia) se reparten por zonas el control de la ciudad. Holly Martins (Joseph Cotten), un mediocre escritor yanqui, llega a la capital austriaca en busca de su amigo de infancia Harry Lime (Orson Welles), el cual le ha prometido un trabajo. Pronto le informan del misterioso fallecimiento de Harry, supuestamente atropellado por un coche. Junto a la novia de éste, Anna Schmidt (Alida Valli) y con la ayuda del policía Mayor Calloway (Trevor Howard), Holly emprende la investigación del caso, viéndose envuelto en una trama siniestra en busca del “tercer hombre” al que vieron llevarse el cadáver de Lime. Holly, desubicado en un medio que desconoce, se verá obligado a aceptar que su viejo amigo es, en realidad, un malvado explotador del mercado negro y asesino.

Orson Welles convierte su virtual cameo actoral (de apenas cinco minutos) en una de las más brillantes interpretaciones que se han hecho de un villano, con una primera aparición en pantalla mágica, descubriéndose en la oscuridad de un portal tras el movimiento de una lámpara. Harry es un oportunista que ansía poder, aborrece a sus semejantes y desprecia la justicia, la democracia y la paz. Junto a Rebeca (1940), de Alfred Hitchcock, y Laura (1944), de Otto Preminger, El Tercer Hombre es la mejor película sobre un no-muerto, aquellos que se revelan a lo largo de la historia como seres muy vivos y que acaban engullendo al resto de personajes.



“El peor cáncer que sufre la humanidad no es la maldad, sino la estupidez, un malo inteligente hace el mundo mejor, porque te obliga a estar despierto. Los malos son necesarios. Evitar todo asomo de mal es cargarte el sistema inmunológico de la humanidad”

(Arturo Pérez-Reverte)


Tan pulida técnicamente como el mejor de los clásicos de Hollywood y con un guión extraordinario, El Tercer Hombre es una mezcla de thriller político, amor imposible, misterio gótico e ironía trágica. Expuesta como una alambicada historia de apariencias e identidades, el filme explora el egoísmo, el cinismo y la maldad del ser humano, planteando el dilema moral de tener que escoger entre la fidelidad y lo éticamente correcto. En su 19ª película, Carol Reed continúa por la senda del humanismo pesimista que él mismo había mostrado en Larga es la Noche (1947) y El Ídolo Caído (1948), también escritas por Graham Greene.



El Tercer Hombre traslada con eficacia el pesadillesco mundo urbano de las cintas estadounidenses de género negro a un escenario europeo. El filme rinde homenaje a una Viena en plena posguerra, decadente y lánguida (edificios semiderruidos, subsuelos laberínticos, pavimento húmedo, noches desoladas, rostros angustiados). La Viena de Carol Reed es una ciudad, como metáfora de la moral maltrecha de los personajes, que ya no tiene nada que ver con aquella imperial, eminentemente romántica, que retrató Max Ophüls en sus películas.

A ello se añaden eternos juegos de luces y sombras que crean un clima fantasmagórico y ayudan a elevar la atmósfera de tensión. El director inglés, apoyado en la impresionante fotografía de Robert Krasker, reinventa el expresionismo dotando a la puesta en escena de un regusto deliciosamente barroco: decorados rebuscados en su exuberancia, angulaciones de cámara oblicuas, planos inclinados, infinidad de picados y contrapicados. Por su parte, la singular e hipnótica música de Anton Karas –un desconocido vienés que encontraron tocando en la calle–, interpretada con unas cuantas notas de cítara (instrumento cordófono originario de Oriente), contribuye a hacer de El Tercer Hombre una película maravillosa.



El Tercer Hombre cuenta con varias escenas iconográficas en la historia del cine: la sorpresiva primera aparición de Harry Lime, la persecución por los alcantarillados o el plano secuencia final. Este último, con la belleza melancólica de Alida Valli viniendo de lejos hacia el objetivo flanqueda por árboles desnudos y dejando al lado con actitud de desprecio a Holly, es una hermosa plasmación del despecho que anticipa lo que años después serían los tiempos muertos que haría Michelangelo Antonioni: poner la cámara fija y dejar que el espectador empiece a pensar qué está ocurriendo en ese encuadre inmóvil, donde en realidad están pasando muchas cosas.