FARAÓN


Pharaoh

Polonia, 1966. 145 min. C

Director: JERZY KAWALEROWICZ. Guión: Jerzy Kawalerowicz, Tadeusz Konwicki (Novela: Boleslaw Prus). Música: Adam Walacinski. Fotografía: Jerzy Woljcik. Intérpretes: Jerzy Zelnik, Wieslawa Mazurkiewicz, Barbara Brylska, Krystyna Mikolajewska, Ewa Krzyzewska, Piotr Pawlowski, Leszek Herdegen, Andrzej Girtler, Stanislaw Milski.


 “Príncipe, permítame recordarle esto: la sapiencia en asuntos de Estado es patrimonio de los sacerdotes.
Sólo unos hombres al servicio de los dioses pueden alcanzar esta sapiencia”

(Uno de los sacerdotes)


Jerzy Kawalerowicz, comunista afiliado al Partido Obrero Unificado de Polonia desde 1954 y figura destacada de la Escuela Polaca de Cine, es uno de los grandes directores de ese país junto a Andrzej Wajda, Roman Polanski, Wojciech Has o el pronto desaparecido Andrzej Munk. De Kawalerowicz sobresalen la poderosa imaginería y la profundidad de las ideas que circulan por sus películas, siempre marcadas por la austeridad formal y ajustadas al retrato psicológico de los personajes. En palabras del director: “Cada película que realizo refleja el estado presente de mi experiencia de la vida, del arte, de los hombres y del amor”.

Faraón (1966), uno de los pocos filmes del socialismo polaco que tuvo distribución internacional, es la séptima película de Kawalerowicz, que cinco años antes había encontrado su hueco en el panorama de las cinematografías del Este con Madre Juana de los Ángeles (1961), otra recreación histórica, con un estilo próximo a Bergman y Bresson, que narraba un caso de aparente posesión diabólica ocurrido en el siglo XVII en Loudun (Francia). Antes había realizado Tren de Noche (1959), un drama de misterio basado en situaciones supuestamente vacías que homenajeaba a Hitchcock.


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Faraón es una de las obras cumbre del cine polaco y un meritorio esfuerzo para dotar al género histórico de verosimilitud y de una nueva ordenación narrativa y formal, de ningún modo comparable con la visión edulcorada y falaz proyectada por Hollywood. Kawalerowicz, sirviéndose de una traza fría y sobria, renuncia al cine-espectáculo para introducirse en las tensiones mentales de sus personajes. Ello no obsta a que Faraón tenga la condición de superproducción, y es que su rodaje, financiado con amplio presupuesto, tuvo lugar en Europa, Asia y África, contando incluso con la participación del ejército ruso, que proporcionó miles de extras. Los exteriores se filmaron en espacios naturales de Egipto (pirámides y templo de Amón en Karnak) y en el desierto de Kisil-Kum en Uzbekistán, mientras que los claustrofóbicos decorados del palacio del faraón y el laberinto lo fueron en los estudios Łódź de Polonia.

Basada en la novela “Faraón” (1895) del escritor polaco Boleslaw Prus, la acción se sitúa en el tumultoso Egipto del II Periodo Intermedio (1800 a.C.-1550 a.C.) en tiempos del joven (e inexistente) Ramsés III (Jerzy Zelnik). Con una introducción a modo de metáfora que enseña la disputa de dos escarabajos (los coleópteros eran animales sagrados en el Antiguo Egipto) por una bola de estiércol, la película narra la denonada lucha entre el poder del faraón –que representa la esperanza de las masas– y el creciente control político de los sumos sacerdotes, conspiradores y ambiciosos. Por otro lado, dirime el deseo de la sacerdotisa Kama (la bella Barbara Brylska) por Ramsés III, el amor de éste por la judía Sara (Krystyna Mikolajewska) y las relaciones del pueblo egipcio con fenicios, hebreos y asirios. Faraón, empujando la crónica histórica desde una perspectiva social e ideológica, estableció un paralelismo evidente con la situación de Polonia en el momento de su realización, unos años de fuerte confrontación entre la Iglesia católica y las autoridades post-estalinistas por el control de Estado, aún sujetas al mando soviético.


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Dejando de banda los anacronismos históricos que presenta la película y siguiendo el designio de Rafael de España (“lo que hace un buen filme histórico no es seguir los acontecimientos con el manual en la mano, sino reinterpretar su esencia dentro de un concepto moderno”), lo que importa en Faraón –que en algunas escenas adquiere un tono de ensoñación– es el simbolismo naturalista de la trama, la impecable puesta en escena y la ambientación hiperrealista. Los paisajes, filmados con un pictoricismo radiante bajo un sol abrasador, están poseídos por el color amarillento y dorado del polvo del desierto, contrastado por los azules del cielo y del Nilo. El vestuario parco influido por los frescos de la época, las interpretaciones hieráticas y contenidas, el ritmo reposado y el especial tratamiento del sonido ayudan al espectador a viajar a un Egipto esplendoroso de hace casi cuatro mil años.

Faraón es un inmenso ejercicio de arqueología cinematográfica. Uno de los mejores ejemplos de cine histórico que pueden verse, tanto por su brillantez visual como por su densidad intelectual. También la más grande aproximación al Antiguo Egipto que se haya llevado nunca a la gran pantalla.


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“Cuando los elefantes luchan, la hierba es la que sufre”

(Proverbio africano)