GERTRUD


Gertrud

Dinamarca, 1964. 116 min. B/N

Director: CARL THEODOR DREYER. Guión: Carl Theodor Dreyer (Obra: Hjalmar Söderberg). Música: Jorgen Jersild. Fotografía: Henning Bendtsen. Intérpretes: Nina Pens Rode, Bendt Rothe, Ebbe Rode, Baard Owe, Anna Malberg, Axel Strøbye.


“El amor lo es todo. Coge una anémona y piensa en mí. Tómala como una palabra de amor pensada pero nunca dicha”

(Gertrud/Nina Pens Rode)


Devoto obsesionado por su propio arte y considerado uno de los más grandes cineastas de la historia, Carl Th. Dreyer ha realizado algunos de los mayores clásicos del cine europeo: La Pasión de Juana de Arco (1928), Vampyr (1932) o Dies Irae (1943), película que fijó su estilo a partir entonces. Las magistrales Ordet (1955) y Gertrud (1964) serán la culminación de un proceso de refinamiento y creciente austeridad perseguido durante décadas.

La obra de Dreyer, como la de Bergman y Tarkovsky, explora las experiencias íntimas del hombre, tratando de adentrarse en sus misterios y conflictos morales. En Gertrud, Dreyer destila tristeza y angustia metafísica pero, como el sueco en El Séptimo Sello con la familia de juglares, también celebra el amor y la sensualidad. Y es que Gertrud, retrato de una mujer, es el más hermoso monumento al amor erigido en el cine.


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Gertrud es el testamento fílmico del por entonces septuagenario Dreyer, que volvió a dirigir tras diez años de inactividad cinematográfica. La película está basada en una pieza homónima del escritor sueco Hjalmar Söderberg, cuya dramaturgia sirvió de referencia al mismo Bergman, un director influido por Dreyer, especialmente en Los Comulgantes. Gertrud es la última obra maestra del danés, que dejando al margen la religión reflexiona sobre la idealidad del amor, la lealtad y la pasión, ocultando en su seno toda una filosofía sobre el amor puro, el verdadero.

Gertrud es Gertrud (Nina Pens Rode), una hermosa y madura mujer aristócrata, hermética y de presencia ausente, que al separarse de su marido, un ambicioso político sin escrúpulos, –quizás ingenua–, se mantiene fiel a su objetivo vital: hallar el amor absoluto. Gertrud es un paradigma del idealismo romántico que rechaza a los tres hombres que la aman (su marido, un poeta y un joven músico) porque ninguno es capaz de hacerlo sin condiciones, como ella hace y exige. Infructuosa su búsqueda prefiere autoimponerse el exilio emocional. El fracaso sin remedio es su condena. Para Gertrud, sin embargo, incluso vieja y sola, el amor continúa siendo el motor de todo: si se ha amado, la vida adquiere sentido: “He sufrido mucho y he cometido muchos errores, pero he amado”. La inscripción en su lápida lo dice todo: “Amor omnia” (el amor lo es todo), frase que, por otro lado, resume el pensamiento de Dreyer.


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Portentosa en cada uno de los apartados técnicos y artísticos, Gertrud emana desde el principio una densa atmósfera, casi onírica, de sobria armonía que parece trascender el mundo de los sentidos. Dreyer emplea largos planos-secuencia, una puesta en escena pulcra y se sirve de un guión basado en diálogos de gran belleza verbal. La luminosa y exquisita fotografía en blanco y negro es obra de Henning Bendtsen (Ordet) y la tenue música post-romántica de Jorgen Jersild. La película está rodada en pocos platós y tiene sólo una escena en exteriores. Los interiores están representados por Dreyer como lo hace el pintor Vilhelm Hammershøi, dibujando casi siempre dos personas pétreas que hablan íntimamente de sus secretos y anhelos, dejando fluir su conciencia, mientras la cámara se mueve con sutileza y precisión o se queda inmóvil, siempre en el marco de una composición geométrica y solemne.

Gertrud, con paciencia y dejándote llevar, es un ejercicio supremo de ascetismo que hasta transfigura la realidad, obteniendo una especie de verdad más elevada. Es por eso que exige verse desde la perspectiva del arte sagrado. El prisma estético y ontológico, –una vez más–, de Dreyer elevan su canto del cisne al Olimpo del séptimo arte.


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“El énfasis, que significa poco diciendo mucho es el régimen del despilfarro y de la fatuidad; en cambio, la lítotes o mayor atenuación posible de aquello que se quiere dar a entender, y que significa mucho diciendo poco, es el régimen de la economía y de la mayor densidad espiritual”

(Vladimir Jankélévitch)