HASTA QUE LLEGÓ SU HORA


C’era una Volta il West

Italia, 1968. 165 min. C

Director: SERGIO LEONE. Guión: Sergio Leone, Sergio Donati, Dario Argento, Bernardo BertolucciMúsica: Ennio Morricone. Fotografía: Tonino Delli Colli. Intérpretes: Claudia Cardinale, Charles Bronson, Henry Fonda, Gabriele Ferzetti, Frank Wolff, Al Mulock, Jason Robards, Woody Strode, Jack Elam, Lionel Stander, Paolo Stoppa, Keenan Wynn, Aldo Sambrell, Robert Hossein.


“Sergio Leone filma los murmullos, fotografía el silencio, aísla las voces en el espacio. Se entiende lo que se ve, se siente lo que se entiende. Cada tic del rostro merece un primer plano, cada gesto y cada expresión sustituyen las palabras. La música habla por ella misma, entre los labios de los personajes. Todo nace de la tierra calcinada, todo surge de los ojos. Unos ojos que representan la memoria de la venganza y el odio que arranca frustraciones materiales”

(Gian Lhassa)


Seguramente, mal que le pese a los puristas, Hasta que Llegó su Hora es el mejor western de la historia, ya sea americano o europeo. La quinta película de Sergio Leone es, en verdad, una obra colosal y el culmen de su personal poética violenta. Fue escrita conjuntamente entre el propio Leone y los muy dispares Dario Argento y Bernardo Bertolucci, aunque su guión fue redefinido por Sergio Donati, añadiéndole cierto sentido político.

Realizada con capital Paramount –la cual convenció a Leone para hacer un último western– pese a ser un filme italiano, el rodaje se llevó a cabo en la mítica Monument Valley, una gran depresión rocosa situada en la frontera sur de Utah con Arizona, en Estados Unidos (rindiendo así homenaje a John Ford), en el desierto almeriense de Tabernas y en la estación granadina La Calahorra-Ferreira (donde se grabó la famosa primera secuencia), con los interiores recreados en los estudios Cinecittà, en Roma. Mención aparte merece la banda sonora del genial compositor Ennio Morricone, amigo de infancia del director, que se alía con él en pro de la excelencia artística para regalarnos una de las partituras más maravillosas de la historia del cine, sino la que más.



La acción dramática tiene lugar en el crepúsculo del Salvaje Oeste americano, a finales del siglo XIX, donde los pistoleros empiezan a no tener cabida y la tierra seca del paisaje es pasto del ferrocarril y el progreso. La hermosa Jill McBain (Claudia Cardinale en su mejor momento) es una mujer de dudosa procedencia que llega desde Nueva Orleans al inventado pueblo de Sweetwater, en el que no es bien recibida, para proteger los suculentos terrenos que ha heredado de quien iba a ser su esposo, un granjero viudo de origen irlandés asesinado junto a sus hijos por una banda de matones.

La sensual mujer, indomable y rebosante de vitalidad, alegoría de un futuro inmediato esperanzador, es el auténtico eje gravitatorio de la trama, donde convergen los intereses del resto de personajes: el despiadado pistolero a sueldo de ojos azules Frank (Henry Fonda, aquí haciendo de malo), el corrupto magnate del ferrocarril Morton (Gabriele Ferzetti), el bandido romántico y melancólico Cheyenne (entrañable Jason Robards) y el misterioso hombre de la armónica que busca venganza (impenetrable Charles Bronson).



En un conjunto portentoso, destaca, además del duelo final, el increíble prólogo de la estación de Cattle Corner (de un cuarto de hora aproximadamente), en el que tres pistoleros de expresiones faciales idénticas (Woody Strode, Jack Elam y Al Mulock) aguardan la llegada del ferrocarril en silencio, sólo entretenidos por el revoloteo de una mosca pegajosa y el goteo incesante de agua sobre un sombrero. En él, Leone, atento al detalle, dilata el tiempo narrativo de una forma ejemplar hasta que aparece la pretendida víctima, Charles Bronson, que con su tiroteo pone en marcha la película.

A modo de anécdota, cabe decir que Sergio Leone quiso romper simbólicamente con la Trilogía del Dólar y subrayar todavía más el fin de toda una estirpe de vaqueros, siendo su intención inicial que los pistoleros abatidos fueran las figuras de Clint Eastwood, Elli Wallach y Lee Van Cleef (el triunvirato de El Bueno, el Feo y el Malo). Sin embargo, Clint Easwood, endiosado tras su retorno a Hollywood, rehusó la propuesta y el plan se fue al traste.



Tour de force a todos los niveles que se mece entre la Lírica y la Épica, Hasta que Llegó su Hora exhibe una puesta en escena eminentemente visual, sirviéndose de una fotografía espectacular y casi viscontiana, obra de Tonino Delli Colli, y sorprendentes composiciones en pantalla ancha gracias al sistema CinemaScope. Leone llena de elocuencia un universo de rostros, miradas y sentimientos en primer plano, donde la especial cadencia de un tempo fílmico más lento de lo habitual, contemplativo, solemne al estilo japonés, conforma una especie de entelequia y contribuye a difundir un clímax de espera constante. 

Todo ello queda reforzado por la sublime música de Ennio Morricone, que desempeña un papel fundamental en la película. Inaudito en otro cineasta, Leone hizo que la banda sonora se compusiera antes que aquella, participando activamente con Morricone en la elaboración. De tono elegíaco y con complejos arreglos orquestales, la melodía dirige las emociones del reparto (hay un tema para cada personaje, junto a uno principal) y posee la grandeza para actuar como elemento no sólo estético o descriptivo, sino también narrativo de los acontecimientos, imprimiendo tensión a la escena. Y es que, con todo, podríamos decir que con Hasta que LLegó su Hora su director inventó la ópera-western. Impresionante.



“Rodé contrario a la práctica de mis anteriores filmes, cuando Morricone compuso su música”

(Sergio Leone)