LA BELLA Y LA BESTIA


La Belle et la Bête

Francia, 1946. 90 min. B/N

Director: JEAN COCTEAU. Guión: Jean Cocteau (Cuento: Jeanne-Marie Leprince de Beaumont). Música: Georges Auric. Fotografía: Henri Alekan. Intérpretes: Jean Marais, Josette Day, Marcel André, Mila Parély, Nane Germon, Michel Auclair.


“El amor puede convertir a un hombre en bestia. El amor puede hacer que un hombre feo se vuelva guapo”


Jean Cocteau (1889-1963) fue un intelectual triunfante en casi todas las artes: literatura, teatro, pintura, dibujo, cine y, ante todo, poesía. Nacido en una familia de la alta burguesía, considerado un niño prodigio y aficionado al opio de por vida tras la muerte súbita de su gran amor, el escritor Raymond Radiguet, Cocteau está considerado una de las figuras más destacadas de la vanguardia en las primeras décadas del siglo XX. Su primera incursión en el cine fue la experimental y muy obsesiva Le Sang d’un Poète (1932), un mediometraje de culto que recoge influencias del Surrealismo y está financiado, como L’âge D’or, de Buñuel, por los vizcondes de Noailles.

Tuvieron que pasar catorce años hasta que el francés rodara su siguiente película, La Belle et la Bête, su trabajo más apreciado, con permiso de Orphée (1950). Brillante adaptación del cuento de hadas tradicional de Jeanne Marie Leprince de Beaumont (1756), La Bella y la Bestia da rienda suelta a los más extravagantes y fantásticos impulsos creativos del autor, que inventa un mundo perdido en el tiempo, donde todo es posible, pero sólo cuenta el amor: el amor de Bella para redimir el mal de Bestia.



Érase una vez… un comerciante arruinado que malvivía con su hijo Ludovic y sus tres hijas: las groseras y materialistas Félicie y Adélaïde y la delicada y muy narcisista Bella (Josette Day). Un día, el mercader se pierde en el bosque, entra en un castillo hechizado y corta del jardín una rosa blanca para Bella. Bestia (Jean Marais), al descubrirlo, le impone un castigo por su osadía: elegir entre morir o enviar a una de sus hijas a vivir con él. Bella, para salvar a su padre, se ofrece voluntaria. Al principio horrorizada por el aspecto leonino de la criatura, poco a poco irá descubriendo que el señor del castillo es un ser sensible y de buen corazón: “Padre, ese monstruo es bueno”, confiesa Bella a su padre.

El final de la película está teñido de fina ironía: es la “desilusión” de Bella al comprobar que su amada Bestia es, en realidad, un hombre guapo, que además tiene un físico idéntico a Avenant (Jean Marais), el ex pretendiente de turno. ¡Ella estaba enamorada de un monstruo “feo” y de alma bondadosa! La misma Greta Garbo, el día del estreno, cuando Bestia se trasforma en un apuesto príncipe, exclamó: “¡Devolvedme a mi hermosa bestia!”. Bella, pese a ello, le sonríe, lo besa y se alza en vuelo con él.



La Bella y la Bestia, una “pieza tan libre como un dibujo animado”, en palabras de Cocteau, es cine irracional en su vena más poética y romántica, allá donde lo onírico y simbólico se combina con el amor tierno y apasionado. Bajo la apariencia de un cuento para niños y con unos diálogos que rebosan lirismo, el director elabora una fábula didáctica y alegórica, más compleja de lo que parece, sobre la belleza (exterior/interior), los sentimientos puros y la necesidad de comprensión.

Como es sabido, la verdadera fuerza de la película reside en el apartado visual, aunando fascinación surrealista y expresionista. La Bella y la Bestia es un cuadro mórbido y barroco, hasta bucólico, que tan pronto recuerda a los grabados de Gustave Doré como a la pintura flamenca. Apoyado por los diseñadores Christian Bérard y Lucien Carré, Cocteau presenta una puesta en escena sorprendente, especialmente en el siniestro castillo: brazos humanoides sosteniendo candelabros, estatuas pétreas que cobran vida, espejos como pantallas líquidas. En cuanto al elenco actoral, destaca el atractivo Jean Marais, por entonces amante de Cocteau, que interpreta un triple papel: Avenant, el Príncipe y, sobre todo, Bestia, que aún con un maquillaje denso y velludo obra de Hagop Arakélia es capaz de expresar humanidad y bondad sólo con los gestos, los ojos y el tono de voz.



Película cándida y elegante, de magia desbordante y exquisita sensibilidad. Pura oda a la fealdad, donde a veces la verdad y la realidad se contradicen. Un título único e imprescindible del cine fantástico europeo.


 BESTIA: “Además de feo no tengo inteligencia”
BELLA: “Tenéis inteligencia para daros cuenta”