LA CASA DE LAS VENTANAS QUE RÍEN


La Casa dalle Finestre che Ridono

Italia, 1976. 110 min. C

Dirección: PUPI AVATI. Guión: Antonio Avati, Pupi Avati, Gianni Cavina, Maurizio Costanzo. Música: Amedeo Tommasi. Fotografía: Pasquale Rachini. Intérpretes: Lino Capolicchio, Francesca Marciano, Gianni Cavina, Giulio Pizzirani, Bob Tonelli, Vanna Busoni, Pietro Brambilla, Ferdinando Orlandi.


“El demonio se agita a mi lado sin cesar;
flota a mi alrededor cual aire impalpable;
lo respiro, siento cómo quema mi pulmón
y lo llena de un deseo eterno y culpable.

A veces toma, conocedor de mi amor al arte,
la forma de la más seductora mujer,
y bajo especiales pretextos hipócritas
acostumbra mi gusto a nefandos placeres…”

(Charles Baudelaire. Las Flores del Mal)


Esta autoral propuesta de atmosférico terror que juguetea con los lindes del giallo consagró a Giuseppe Avati (Bolonia, Emilia-Romagna, 1938), más conocido como Pupi Avati, como un director genuino dentro del cine fantástico italiano. Músico de jazz en sus comienzos, productor y guionista (Saló, o los 120 días de Sodoma), su heterodoxia le hizo virar del Neorrealismo al puro orrore de imaginería gótica, pasando por el drama histórico, las aventuras y la comedia.

Para confeccionar La Casa de las Ventanas que Ríen, Avati se inspiró, según confesión propia, en dos fuentes de perspectiva antropológica: la crónica de sucesos (“un hecho acontecido en el pueblo de Sasso Marconi poco antes de la I Guerra Mundial”) y la “fábula campesina” (“la tradición, las leyendas del pueblo y la superstición típicamente italiana, un tesoro inestimable que merecía su espacio en nuestro cine”). Sencilla, de formas clásicas y esbozada con voluntad costumbrista, el resultado es una pieza macabra de intangible pavor, cuya funesta naturaleza se basa en la sugerencia y donde la monstruosidad acecha bajo lo cotidiano.


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A la manera de El Hombre de Mimbre (Robin Hardy, 1972) y con retazos de Amenaza en la Sombra (Nicholas Roeg, 1973), la línea argumental de La Casa de las Ventanas que Ríen se centra en la conspiración de una comunidad que convierte al forastero en víctima de una arrogante ordalía endogámica, en un contexto de omertà casi metafísica y surreal. El extranjero de ciudad, Stefano (Lino Capolicchio), arriba en plenos años cincuenta a un plácido y pequeño pueblo de la soleada Emilia-Romagna (mismo contexto que en La Violación de la Señorita Julia) para restaurar, oculto bajo las paredes de la iglesia local, un fresco del misterioso artista Legnani que muestra al mártir San Sebastián.

El ritmo reposado de la película acompaña las indagaciones del protagonista conforme va comprendiendo que la obra del llamado “pintor de la agonía” puede ser, a pesar de su crudeza, fiel reflejo de la realidad. Su lento y casi imperceptible deslizamiento hacia los infiernos resultará ser, en verdad, un regreso a la semilla del horror de la civilización, tan celosamente custodiada por la venerable Iglesia y sólo accesible por la pulsión creativa del arte y/o sexual.


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Mezcolanza de fábula lovecraftiana y giallo naif, de atmósfera pegajosa, La Casa de las Ventanas que Ríen (traducción literal de La Casa dalle Finestre che Ridono) se sustenta en un entramado de confesiones en voz baja, silencios interesados, sexualidades confusas e hipocresía social para erigirse en una sinfonía del horror, en una película original e ineludible dentro de los manuales del fantaterror italiano.

Con un enfoque crítico y moderno, más preocupado por investigar los mecanismos del horror que por enseñar sus efectos y consecuencias, la mejor obra de Avati rehuye –o pervierte– muchos de los estilemas característicos del giallo. Mérito del boloñés fue apostar por una austeridad romántica que se halla en las antípodas de las estridencias barrocas de Bava y Argento, recreando un micromundo rural y luminoso hecho del color de la tierra (a semejanza de Angustia de Silencio) muy alejado de los espacios urbanos y nocturnos del tradicional y sanguinolento género amarillo, el cual ya agonizaba en aquellos años después de su sobreexplotación en el primer lustro de los setenta.


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“Avati tiene el don de transmitir, mejor que ningún otro director, la repugnancia que sentimos cuando tememos lo peor, cuando miramos bajo las piedras o el polvo que hay debajo de una alfombra, cuando escuchamos tras la puerta unos desconocidos, y sus piedras, alfombras y puertas se ven forzadas a exponer los secretos más terribles que alberga el ser humano. Lo desconocido se convierte en un verdadero ‘Godot’ dentro de sus películas”

(Tim Lucas)