LA ETERNIDAD Y UN DÍA


Mia Aioniotita kai mia Mera 

Grecia, Francia, Italia, 1998. 130 min. C

Director: THEO ANGELOPOULOS. Guión: Theo Angelopoulos, Tonino Guerra, Petros Markaris, Giorgio Silvagni. Música: Eleni Karaindrou. Fotografía: Yorgos Arvanitis, Andreas Sinanos. Intérpretes: Bruno Ganz, Isabelle Renauld, Fabrizio Bentivoglio, Achilleas Skevis, Alexandra Ladikou, Despina Bebedeli, Eleni Gerasimdou, Iris Atziantoniou, Nikos Kouros, Alekos Udinotis, Nikos Kolovos, Mihalis Yanatos.


 “Una vez te pregunté: ¿Cuánto dura el mañana?
Y me respondiste: La eternidad y un día”


Thódoros Angelópoulos (Atenas, 1935-2012), emparentado estéticamente con Tarkovsky y afín a la reescritura en clave lírica de la Historia de Europa (como Manoel de Oliveira, Béla Tarr o Alexandr Sokurov), ha sido uno de los últimos metafísicos del cine contemporáneo. Tachado a veces de pretencioso o falsamente trascendental, a Angelopoulos no se le puede negar la abrumadora coherencia estilística y cultural que atesora su filmografía, donde su pretensión ética corre paralela a su devastadora belleza, siempre pregnada de largos y originales planos-secuencia que encierran metáforas espacio-temporales. Mostrando un sentido melancólico de la capacidad humana, el director ha construido su obra dedicándola al exilio y al retorno, al conflicto y a la reconciliación, a la opresión y la nostalgia, reelaborando temas de la tragedia griega para reflejar el último siglo de la historia de Grecia y los Balcanes.

La Eternidad y un Día, ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes y una de las películas más importantes del cine europeo de los noventa, es la cima del refinamiento temático y de estilo explorado por Angelopoulos a lo largo su carrera. El filme concluye la denominada trilogía de la frontera o de los límites (físicos, también mentales) que el griego iniciase con El Paso Suspendido de la Cigüeña (1991) y continuara con La Mirada de Ulises (1995). En La Eternidad y un Día, sin renunciar a su conciencia sociopolítica, aborda la que es la frontera definitiva para el ser humano: la muerte.


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La Eternidad y un Día describe el último día de vida de un escritor griego, Alexandros (Bruno Ganz), antes de ingresar en un hospital donde morirá. Frente a su muerte, el protagonista piensa y recorre su existencia, unas veces con melancolía y otras con tristeza, con la certeza de que es y ha sido un extraño a sí mismo y a su propia vida. Más que la relación con su fallecida esposa Anna o con su suegra, más incluso que son su propia madre, Angelopoulos da preponderancia a la relación del escritor con un niño refugiado albanés (Achileas Skevis) al que le une el azar (o no) durante su deambular sin meta física por las calles de la neblinosa Tesalónica. Asimismo, sacando a relucir su eterna reflexión en torno al arte y la memoria de su país, Angelopulos imbrica en esta historia la de Dionisos Salomos, un poeta griego del siglo XIX que vivió en Italia y que, al regresar a Grecia, compraba las palabras olvidadas para escribir poemas en su lengua natal.

Alexandros, en un acto de redención por sus errores pasados y toma de conciencia de esa realidad ante la que –absorto en su mundo literario– cerraba los ojos, se propone hacer llegar al pequeño a la frontera greco-albanesa para que pueda regresar a su hogar. Entre ambos se establece una bonita relación simbiótica de cariz existencial: el viejo escritor se erige en “salvador” del niño, al que le restituirá un futuro; por contra, el niño será su redentor accidental, buscando disipar su tristeza y compartiendo con él su soledad y miedo. El viaje con ese niño hacia la frontera es un viaje exterior e interior entendido como proceso de conocimiento y reflexión sobre la vida propia, limitando en la figura del refugiado la mirada política y de exilio tan propia del cine de Angelopoulos.


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La Eternidad y un Día es una metáfora visual que invita a la introspectiva, un poema filmado para almas serenas, impregnado de tono elegíaco y donde la melancolía brota como emoción moribunda. Es en esta película donde Angelopoulos radicaliza la faceta del plano-secuencia para sintetizar períodos históricos, pues, –literalmente–, pasado, presente, memoria, ficción y realidad se funden con precisión y asombrosa maestría en el interior de un mismo plano. El lirismo de su parsimoniosa puesta en escena, conjugado con la excelsa fotografía en gris perla y la conmovedora música de Eleni Karaindrou, ayudan a elevar La Eternidad y un Día a la categoría de obra de arte.

Angelopoulos confesó que el ánimo para realizar La Eternidad y un Día emergió de un aciago acontecimiento que había vivido: la muerte del actor Gian M. Volonté en el hotel de Florina durante el rodaje de su anterior filme, La Mirada de Ulises. Esta pérdida le provocó una honda tristeza y gran desconcierto. El cineasta había compartido con Volonté la jornada previa a su fallecimiento, lo que le llevó a preguntarse qué haría una persona el día antes de enfrentarse a la muerte si tuviera conocimiento de su inminente fallecimiento. A partir de esos pensamientos, Angelopoulos construyó la historia de Alexandros.


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“Tengo la impresión de que, en todo caso, trato cada vez, por medio de un exilio exterior, de arribar a un exilio interior, a la propia casa, al hogar. Aún no he encontrado mi hogar. Es decir, un lugar en donde se siente el equilibrio entre nosotros mismos y entre nosotros y el mundo. Hemos atravesado la frontera, y estamos aún allá. ¿Cuántas fronteras debe uno atravesar para llegar a su casa?”

(Theo Angelopoulos)