LA INFANCIA DE IVÁN


Ivanovo Detstvo

URSS, 1962. 95 min. B/N

Director: ANDREI TARKOVSKYGuión: Vladímir Bogomólov, Mikhail PapavaMúsica: Vyacheslav Ovchinnikov. Fotografía: Vadim Yusov. Intérpretes: Nikolai Burlyayev, Valentin Zubkov, Yevgeni Zharikov, Stepan Krylov, Nikolai Grinko, Valentina Malyavina.


“Es un verdadero milagro. Me sentí conmovido cuando descubrí que todo lo que yo siempre quería contar, pero que no sabía cómo expresarlo, estaba en esta película”

(Ingmar Bergman)


En la Mostra de Venecia de 1962 se dieron a conocer dos de los mayores talentos surgidos de la Europa del Este en los años sesenta: el polaco Roman Polanski, con El Cuchillo en el Agua, y el ruso Andrei Tarkovsky, ganador del León de Oro con La Infancia de Iván. La ópera prima de Tarkovsky (1932-1986), realizada recién licenciado tras rodar un par de cortos y un mediometraje como estudiante de la Escuela de Cine VGIK (Moscú), fue el único filme de encargo que hizo, al sustituir en el proyecto al director Eduard Abalov. Según confesión propia, La Infancia de Iván supuso su examen final para ganarse el derecho a trabajar de modo creativo: “Si de esta película sale algo, he obtenido el derecho a hacer películas”.

Elogiada por cineastas como Ingmar Bergman, Serguéi Paradzhánov o Krzysztof Kieślowski y por filósofos como Jean-Paul Sartre, cuyo existencialismo empaparía gran parte de la obra del ruso, la primera de las siete películas que conforman su torre de marfil, acaso la menos críptica, posee una inventiva y unas propuestas visuales sin precedentes en el cine soviético desde Eisenstein y ya vislumbraba la estética, el estilo y las hondas convicciones artísticas y de pensamiento de un humanista, el cual sintió la necesidad de comprender el enigma de la existencia.



II Guerra Mundial, Frente Oriental. En el año 1943, el ejército de Hitler inicia la invasión a la Unión Soviética. Iván Bondarev (Nikolai Burlyayev), un niño huérfano de doce años que ha visto cómo los nazis asesinaban a su madre y hermana, es recogido, desfallecido, por el teniente Galtsev (Yevgeni Zharikov) a orillas del río Dniepr. Sediento de venganza y alimentado por el odio que siente hacia los alemanes, el obstinado Iván se integra en las guerrillas del Ejército Rojo. Su misión es la de llevar a cabo labores de espionaje y exploración (siempre con éxito) por posiciones enemigas, debiendo atravesar oscuros bosques y pantanos (el agua, otra vez el agua en Tarkovsky).

Basada en el relato Iván (1957) de Vladímir Bogomólov, escritor que llegó a capitán del Ejército durante la II Guerra Mundial, la película se aleja de las normas típicas del Realismo socialista soviético y de la exaltación de valores patrióticos o de las gestas bélicas. Su cometido es mostrar, como más tarde haría Elem Klimov en la más cruda Masacre: Ven y Mira (Idi i Smotri, 1985), el horror de la guerra a través de la mirada de un niño, cuya infancia ha quedado irremediablemente amputada. Iván, como Floryan, no es un héroe adolescente, sino una figura trágica y sin consuelo que, pese a inspirar ternura y soñar que todavía es un niño, ya ha dejado de serlo para convertirse en un soldado frío e implacable.



En La Infancia de Iván asistimos al cine como superposición entre la realidad (conflicto, violencia) y lo onírico (naturaleza, libertad). Tarkovsky construye la película por medio de cuatro sueños extraordinariamente hermosos y plenos de lirismo (los de Iván, en los cuales puede recuperar la infancia y la felicidad perdida junto a su madre y hermana difuntas), que contrastan con la realidad sombría, desoladora y tensa del paisaje bélico. Imposible no recordar imágenes como el reflejo de Iván y su madre en el agua del pozo, el original beso entre el soldado y la enfermera en un bosque de abedules, las bengalas iluminando los campos de batalla o Iván corriendo junto a su hermana por una playa desierta.

Película triste y de belleza glacial, visualmente deslumbrante y matizada de poesía esculpida en encuadres únicos, La Infancia de Iván ya contenía ‘la ligazón orgánica de idea y forma’ o interacción entre elementos estilísticos y narrativos teorizada por el autor: “Las obras de arte surgen del esfuerzo por expresar ideales éticos”. En el ámbito interpretativo destaca la naturalidad con que actúa el niño Nikolai Burlaiev, que después encarnaría a Boriska, el fundidor de la campana, en Andrei Rublev (1966). Igualmente, cabe resaltar la música del compositor Vyacheslav Ovchinnikov, dirigida por E. Khatchaturian, y la fotografía en blanco y negro, de recursos expresionistas, de Vadim Yusov, ambos colaboradores habituales de Tarkovsky.



IVÁN: “¿Por qué se la ve?”  (una estrella reflejada en el agua de un pozo)

MADRE: “Porque para ella ahora es de noche. Y ella salió como todas las noches”

IVÁN: “¿Acaso ahora es de noche? Ahora es de día”

MADRE: “Para ti y para mí es de día, pero para ella es de noche”