LA MUERTE TENÍA UN PRECIO


Per Qualche Dollaro in Più

Italia, España, Alemania, 1965. 130 min. C

Director: SERGIO LEONE. Guión: Sergio Leone, Luciano Vincenzoni. Música: Ennio Morricone. Fotografía: Massimo Dallamano. Intérpretes: Clint Eastwood, Lee Van Cleef, Gian María Volonté, Luigi Pistilli, Mara Krup, Roberto Camardiel, Klaus Kinski, Mario Brega, Aldo Sambrell, Benito Stefanelli.


“El western en realidad fue inventado por Homero. Es un género universal, porque habla del individualismo. También el más difícil, porque es abstracto y constituye la base de todos los arquetipos humanos. Más que un género, es el territorio de nuestros sueños”

(Sergio Leone)


Sergio Leone (Roma, 1929-1989) reinventa el western a través de la desmitificación de los moldes estadounidenses del género. El cineasta configura una poética propia, pervierte la honda gama de nobles sentimientos del oeste clásico y pinta un mundo mítico y sucio habitado por personajes brutti, sporchi e cattivi de moral ambigua donde el dinero lo es todo (pero no sirve para nada), algo que jamás John Ford se atrevió a filmar.

Al margen de su olvidada ópera prima El Coloso de Rodas (1961), dos trípticos componen su obra fílmica. El primero es la llamada Trilogía del Dólar, que incluye Por un Puñado de Dólares (1964), La Muerte tenía un Precio (1965) y El Bueno, el Feo y el Malo (1966); es decir, la Santísima Trinidad del spaguetti western. El segundo, más anárquico y de perspectiva crepuscular, se compone del (monumental) nuevo western Hasta que llegó su Hora (1968), la aventura revolucionaria ¡Agáchate, Maldito! (1971) y la nostálgica recreación del cine de gángsters norteamericano Érase una vez en América (1984).


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La Muerte tenía un Precio, más elaborada que Por un Puñado de Dólares, traza una fábula autoirónica alrededor de la codicia, la venganza y la violencia que transcurre en El Paso (Méjico), un pueblo en la frontera salvaje, en torno a 1875. El filme relata la historia de dos pistoleros que deciden unir sus fuerzas para capturar o dar muerte por diferentes razones a un bandido psicópata. Clint Eastwood es el “El Manco”, un joven solitario y egoísta cazarrecompensas “que no tiene nada que ganar ni que perder”, ataviado con su inconfundible sombrero y poncho mexicano, rápido e inteligente. Lee Van Cleef, el hombre de “cadencia fantasmal, con nariz de águila y ojos de Van Gogh” en palabras de Leone, es Mortimer, un experimentado y austero coronel retirado de indumentaria negra y semblante amenazador que busca vendetta; una suerte de Zorro sin máscara. Gian M. Volonté es “El Indio”, el jefe de una banda de forajidos sanguinarios, perturbado y grasiento, todo irracionalidad, demencia y nervio. El irascible y magnético Klaus Kinski, de aparición secundaria, es un pistolero jorobado.

El triunvirato se enfrentará en un antológico y litúrgico duelo final a tres bandas con dos personajes frente a frente, casi a la altura del que clausura la más épica El Bueno, El Feo y El Malo (según Tarantino la secuencia final mejor dirigida de todos los tiempos). En él, la yuxtaposición de primeros planos de sudorosos rostros en scope, el desafiante juego de miradas donde el gesto sustituye a la palabra, el inquisidor soniquete de un reloj carrillón y la tensión que se incrementa imperceptible pero perceptiblemente originan un crescendo que estallará en un clímax frenético de violenta poética.


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Próxima a la concepción fuertemente ritualizada del tempo y la Muerte del francés Jean-Pierre Melville y del cine de Akira Kurosawa, pero con reglas estéticas y morales puramente leonianas, el realizador romano planifica con detallismo e intención. Sus lacónicos y cínicos personajes se desenvuelven en el marco de una composición estilizada y solemne, como en una especie de barroquismo rural sombrío y decadente, donde la mugre actúa como elemento definitorio. Por su parte, la fotografía amarillenta de Massimo Dallamano (director del reputado giallo Cosa avete fatto a Solange?  y del poliziesco La Polizia chiede Aiuto) resalta, como ninguna, el polvo y el calor del omnipresente desierto de Tabernas (Almería), reseco y agrietado.

La película, cuya imagen no se concibe sin su intervención, es sublimada nuevamente por la inolvidable música del genial compositor Ennio Morricone, que enfatiza la progresión dramática de la historia y marca el ritmo de su narración a través de una imprescindible partitura que incluye elementos de jazz y avant-gardé, con el uso de instrumentos novedosos, como las castañuelas, y de efectos innovadores. El silbido humano, que se combina con altos de soprano, está ejecutado por el cantante español Francisco Rodríguez, conocido artísticamente como Kurt o Curro Savoy.


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Con La Muerte tenía un Precio se desencadenó la fiebre del western mediterráneo, el mito Leone, el mito Eastwood, el mito Morricone. Esto es spaguetti western en estado puro. Cocinado en Almería. Sin más aditivos.


“A esos dos es mejor tenerlos de frente que tenerlos a la espalda, y a ser posible fríos”

(“El Indio”/Gian M. Volonté)