LA PASIÓN DE JUANA DE ARCO


La Passion de Jeanne d’Arc

Francia, 1918. 110 min. B/N

Director: CARL THEODOR DREYER. Guión: Carl Theodor Dreyer, Joseph Delteil. Música: Película muda. Fotografía: Rudolph Maté, Goestula Kottula. Intérpretes: Renée Jeanne Falconetti, Eugene Silvain, Maurice Schutz, Michel Simon, Antonin Artaud, André Berley.


“Sólo a Dios me remito. Y en lo que toca a mis visiones, no acepto el juicio de ningún hombre”

(Juana de Arco)


Carl Th. Dreyer basó La Pasión de Juana de Arco en las actas originales del proceso celebrado en Rouen el 30 de mayo de 1431 y en el libro sobre Juana de Arco de Joseph Delteil, que intervendría en el guión. Cuando los ingleses se disponían a atacar la ciudad de Orleans en 1428, Juana, obedeciendo las órdenes de sus santos personales, dirigió un ejército contra los ingleses y los borgoñeses. Su actuación cambió la suerte de Francia en la Guerra de los Cien Años, pero fue capturada y un tribunal eclesiástico la juzgó y mandó a la hoguera por hereje.

La película se centra en la angustia de la Doncella de Orleans, de 19 años, y en el despotismo de sus acusadores, que la sometieron a un interrogatorio terrible. La Pasión de Juana de Arco se realizó ocho años después de que la heroína fuera canonizada en Francia.



Obra maestra del cine mudo, restaurada en 1985 por la Cinemateca Francesa y un fracaso comercial estrepitoso en su momento. Dreyer no volvió a dirigir hasta pasados más de diez años, cuando realizó Dies Irae (1943). La Pasión de Juana de Arco es un espécimen único en la historia del séptimo arte. De proporciones estéticas y artísticas muy elevadas, su autor rechazó cualquier indicio de espectáculo épico o frívolo y se sumergió plenamente en la introspección psicológica, moral y espiritual de Juana de Arco.

Dreyer pensó en Lilian Gish como protagonista, pero quedó cautivado ante la impresionante expresividad de la joven Renée Jeanne Falconetti, que procedía del teatro de variedades. Falconetti nunca realizó otra película; consideraba que aquella experiencia como actriz ya colmaba su ambición cinematográfica. Fiel a su idea de “llegar a la verdad estética y psicológica de los personajes”, Dreyer le negó el maquillaje y la sometió a tortuosos ensayos obligándola a mirar intensamente a la cámara, exponiendo todo el patetismo de una mujer ultrajada y condenada a una muerte prematura e injusta.



Dreyer escribió: “Nada en el mundo puede compararse con el rostro humano. Es una tierra que uno nunca se cansa de explorar”. La Pasión de Juana de Arco es el cénit de esa idea. De ese modo, la película se sustenta en la visualización de los intensos primeros planos de rostros (gesticulaciones, miradas) que la conforman, con la cámara escudriñando incansablemente y con poderosa fuerza dramática el dolor físico y emocional de la santa.

De secuencias largas y extremadamente austera, el filme se condensa en un solo día y está filmada casi en su totalidad en pocos interiores (sala del tribunal, celda de la prisionera). Además de la inolvidable interpretación de Falconetti, destaca el impecable trabajo del decorador Herman Warm –figura destacada del expresionismo alemán– y del operador de fotografía Rudolph Maté –después director–. El dramaturgo Antonin Artaud también aparece en su mejor papel cinematográfico, el del compasivo hermano Jean Massieu.



Poema místico o sinfonía de caras, La Pasión de Juana de Arco ostenta una belleza subyugante y estremecedora. Película de culto e inmortal. El danés da una lección de cine hecho desde los cimientos: con la imagen aniquilando la palabra.