MADRE E HIJO


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Rusia, Alemania, 1997. 71 min. C

Director: ALEKSANDR SOKUROV. Guión: Yuri Arabov. Música: Mikhail Glinka, Otmar Nussio. Fotografía: Aleksei Fedorov. Intérpretes: Gudrun Geyer, Aleksei Ananishnov.


“Nos reuniremos… ahí ¿de acuerdo? Donde acordamos. Espérame. Ten paciencia, querida mía… Ten paciencia” 

(el Hijo a la Madre)


“Felices los allegados nuestros que mueren antes”. Este epitafio con el que se cierra El Segundo Círculo, de Sokurov, bien podría constituir el leitmotiv de la mayoría de su obra: el enfrentamiento del hombre con la muerte. El director de El Arca Rusa, con tantos fervientes seguidores como detractores, es una suerte de revelación en el mundo del cine. Como antes Bresson y Antonioni, con ignota conciencia estética, Aleksandr Sokurov (Óblast de Irkutsk, 1951) hace espeleología del alma humana a través de la imagen-idea y eleva el cinematógrafo a la categoría de puro arte. Metafísico e intenso poéticamente, el siberiano está considerado como el más digno sucesor de Andrei Tarkovsky

Sokurov aúna teatro, pintura, escultura, música, poesía y danza para reinventar el lenguaje cinematográfico: “La sumisión total del cine a las reglas del arte en el que debería buscar convertirse”, dice el director. Madre e Hijo, el inicio de su madurez fílmica y primera entrega de una trilogía sobre las relaciones familiares, es un ensayo visual de austera belleza, además de un retrato muy personal del amor excesivo y posesivo entre madre e hijo, lo que crea una dependencia, en opinión de Sokurov, innecesaria.


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De tomas largas y una duración de 71 minutos, la película se organiza en un paraje campestre en torno a dos personajes que apenas hablan: una madre mortalmente enferma (Gudrun Geyer), seguramente en el último día de su vida, y un hijo (Aleksei Ananichnov) que le dispensa amorosas atenciones. La lucha del hijo contra la muerte de su madre y el sufrimiento de la madre por no querer dejarlo, convierten la película en un canto elegíaco muy profundo sobre la compasión familiar, la soledad definitiva y la fragilidad de los vínculos humanos. La imagen de pietà invertida que aparece en el filme, con la madre en brazos del hijo mientras hacen el último paseo juntos, configura la conclusión última: el dolor universal.

Igual que Tarkovsky, Sokurov fusiona alma y paisaje, un paisaje imponente de tonalidades pictóricas y fuerte simbolismo. Ante tanto dolor, la esperanza se redime en la comunión universal y poética entre Madre, Hijo y Naturaleza (sol, cielo, nubes, bosque). La Naturaleza se mira piadosa y quieta, poseída por una belleza infernal, como amparo existencial del tránsito vida-muerte. Idea que entronca con la obra de Caspar D. Friedrich, el hombre que descubrió la “dimensión trágica del paisaje”, en cuyas pinturas se puede ver, pese a ello, una paz inabarcable.


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Sokurov tiene la sorprendente capacidad de filmar el espíritu humano, a imagen y semejanza de un pintor que trabaja el lienzo. En ese sentido, el director combina la iconología de El Greco con la pintura paisajística de expresión romántica del siglo XIX (Friedrich, Turner, Constable). Tal virtuosismo se apoya, en parte, en la aplicación de filtros varios y en una técnica fotográfica que distorsiona y alarga las figuras, desapareciendo la perspectiva y suavizándose la imagen. Sokurov afirma: “Sin usar artificios, tanto el cine como la pintura son fenómenos planos. Ni en el cine ni en la pintura hay volumen. Cualquier discusión sobre el volumen en el cine es puro juego, palabras vacías”.

Madre e Hijo, como después Padre e Hijo. Suma de cuadros hermosos en ocre y verdes desleídos, donde el tiempo se eterniza y la imagen –irreal, fantasmagórica, casi etérea– es reconducida hacia la idea. Atenta a los sonidos (viento, tormenta, pitido del tren, graznido de cuervos, oleaje del mar), la película evidencia igualmente una banda sonora (según el artista, el elemento que más le interesa) que se integra de forma plena en el conjunto.


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“El arte ayuda a convivir con la idea de la muerte”

(Aleksandr Sokurov)