OJOS SIN ROSTRO


Les Yeux Sans Visage 

Francia, Italia, 1960. 88 min. B/N

Director: GEORGES FRANJU. Guión: Claude Sautet, Pierre Boileau, Thomas Narcejac (Novela: Jean Redon). Música: Maurice Jarre. Fotografía: Eugen Schüfftan. Intérpretes: Edith Scob, Pierre Brasseur, Alida Valli, Juliette Mayniel, François Guérin, Alexandre Rignault, Béatrice Altariba.


“A mí me aterra más un golpe en la puerta que los marcianos. No conozco a los marcianos. Lo que me interesa es lo insólito dentro de lo normal. Si se pudiera expresar, lo más terrorífico sería expresar lo ‘anodino inédito’. Lo insólito está en las situaciones. No se fabrica, se revela”

(Georges Franju)


Georges Franju (Fouguerès, 1912-París, 1987), fundador de la Cinémathèque Française y coetáneo de la Nouvelle Vague, aunque no encasillable en ningún movimiento o escuela. El cine de Franju, anticonvencional y quizás por eso poco conocido, es para paladares exquisitos. Su obra documentales, cortometrajes y largometrajes (estos rodados a partir de los 62 años) está influida por la inquietante poesía del surrealismo y, a menudo de contenido social, embiste contra la estrechez de las instituciones humanas. Combinación de crueldad y ternura, sus películas muestran imágenes excéntricas con la hábil capacidad de transformar un entorno aparentemente cotidiano en paisajes oníricos perturbadores.

Ojos sin Rostro es el filme más conocido de Franju, “quizás la película de terror más elegante que se haya hecho jamás” (Pauline Kael). Inmersa en el realismo estético y lejos de la truculencia a color de la Hammer, el francés se propuso hacer una “película de angustia” cuyo terror, más interno, se administrase en “dosis homeopáticas”En Ojos sin Rostro no hay intriga, tampoco misterio. La inquietud y el miedo glacial proceden de las imágenes espléndidamente fotografiadas en blanco y negro por Eugen Schüfftan. El lirismo austero y la subyugante atmósfera convierten esta cinta en una sinfonía del horror, donde la belleza convive con lo tenebroso.


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Ojos sin Rostro cuenta en su guión con la colaboración de Boileau y Narcejac, encargados de adaptar la novela de Jean Roden en la que se basa. El argumento, que recuerda a las posteriores Gritos en la Noche (1962) y Miss Muerte (1966) de Jesús Franco, gira en torno a un trastornado cirujano, el doctor Génessier (Pierre Brasseur), que mantiene aislada del mundo exterior a su querida hija Christiane (Edith Scob), a la cual promete recomponerle la cara, horriblemente desfigurada a raíz de un accidente de tráfico del que se siente responsable. Así, el mad doctor experimenta febrilmente con injertos de piel de rostros de jóvenes “donantes”, secuestradas en el Barrio Latino de París por su fiel ayudante Louise (Alida Valli). Finalmente, la desesperación de Génessier por no conseguir lo que pretende dará lugar a la locura y la rebeldía.

La película, cuya trama criminal fuga hacia lo gótico (castillo en brumas, estancias secretas, cuervos muertos, luz de velas, viento, tormenta, música de órgano), explora las relaciones entre demencia, obsesión, frustración personal y amor paternofilial. Ojos sin Rostro, también vinculada a la redención, es una parábola de la arrogancia de la ciencia y una reflexión sobre la inutilidad de la existencia y la búsqueda (quimérica) de la belleza perdida, encerrando en su seno un raro canto a la liberación.


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Christiane/Edith Scob, la heroína prisionera de la soledad tras una máscara pulida y sin relieve de inquietante belleza, es la responsable de que la película haya pasado a la historia del cine. Sin identidad (“cuando me veo en el espejo siento que estoy mirando a otra”), ella es un espíritu errante que se desliza por los espacios, como si de un ballet sonámbulo se tratara, al compás de la melancólica partitura de Maurice Jarre. Es la geografía de un rostro porcelanoso y de perfil triste, lo que otorgará su verdadera dimensión a este relato de fantasmas sin fantasmas. La conclusión del filme, protagonizada por Christiane atravesando el campo en plena noche guiada con un farol, es sencillamente maravilloso.

Iluminada de principio a fin por el excepcional sentido poético de su director, esta pesadilla facial o fábula oscura sobre el amor permanece hoy como una obra maestra de gran influjo en el cine actual. Mixtura visual entre el film noir de la época y el Jean Cocteau de La Bella y la Bestia, y recogiendo influencias del expresionismo alemán por su aspecto tétrico, la película se muestra como una rara avis cuya mayor seña de identidad es el equilibrio que logra entre lo lírico y lo siniestro, entre la belleza y el horror. Y es que esa belleza y sugerencia de Ojos sin Rostro (puedes imaginarte un rostro sin ojos, pero no ojos sin rostro) ya está presente en su mismo título: misterioso, poético, inquietante, revelador.


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“Era necesario hacer un personaje mucho más poético, mucho más inmaterial y, en el contexto de esta historia muy realista, aún más real”

(Georges Franju, sobre el personaje de Edith Scob)