STALKER


Stalker

URSS, 1979. 161 min. C

Dirección: ANDREI TARKOVSKY. Guión: Arkadiy Strugatskiy, Boris Strugatskiy, Andrei Tarkovsky. Música: Eduard Artémiev. Fotografía: Aleksandr Knyazhinsky, Georgi Rerberg. Intérpretes: Aleksandr Kaidanovsky, Anatoly Solonitsyn, Nikolai Grinko, Natacha Abramova, Alisa Freindlikh.


“¿Qué ocurrió entonces? ¿Cayó un meteorito? ¿Fue una visita de habitantes del infinito cósmico? Sea de una forma u otra, pero en nuestro país surgió el mayor de los milagros: La Zona. Enviamos enseguida tropas para allá, pero éstas no regresaron. Entonces rodeamos La Zona con cordones de policía. Seguro que actuamos correctamente. Aunque, no sé…”

(Fragmento de la entrevista concedida por el premio Nobel, profesor Wolles)


Obra cumbre de la ciencia ficción filosófica de difícil intelección. Concebida a partir del relato Picnic Junto al Camino de los hermanos Arkadi y Borís Strugatski, el ruso Andrei Tarkovsky (1932-1986), como ya hizo en Solaris (1972), vuelve a retomar ese género, ahora con una estética post-apocalíptica y mugrienta, sólo como “un punto de partida táctico, útil, para ayudarnos a destacar aún más gráficamente el conflicto moral, que era lo esencial”. Visualmente inolvidable, la película más desencantada de su trayectoria es también una de las más impresionantes ofrecidas por la historia del cine.


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Stalker descubre a un artista en plena madurez con un dominio de su oficio deslumbrante. Filme denso, de una gran complejidad y de un pesimismo devastador. Más un ensayo que una narración. Enorme metáfora existencial sobre la humanidad con tres seres errantes en descomposición espiritual (que representan las vías de conocimiento del hombre: la de la fe en el guía Stalker, la científica en el Profesor y la artística en el Escritor) que se infiltran en un lugar prohibido que alberga unas ruinas en cuyo interior se halla una habitación que cumple la más íntima aspiración de aquel desesperanzado que se acerque a su umbral. Es la Habitación de los Deseos (utópicos, fuente perenne del sufrimiento por la insuficiencia del propio yo), un recinto milagroso pero encharcado de roña y agonizante.

Según el filósofo Slavoj Zizek: “El problema para nosotros no consiste en si nuestros deseos están o no satisfechos. El problema es: ¿Cómo sabemos qué desear? No hay nada espontáneo, nada natural en el deseo humano. Nuestros deseos son artificiales. Hay que ‘enseñarnos’ a desear”. En palabras del Escritor: “¿Cómo puedo saber el nombre de lo que quiero? ¿Cómo puedo saber si en verdad quiero lo que yo quiero? ¿O si realmente no quiero lo que no quiero? Son cosas imperceptibles. Basta con nombrarlas y su sentido desaparece, se desvanece y se disuelve como una medusa al sol. Mi conciencia desea la victoria del vegeterianismo en todo el mundo. Mi inconsciente anhela un pedazo de carne fresca. ¿Y qué quiero yo?”.


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¿La Zona? Un itinerario, inhóspito quebrado, que exige respeto; una proyección mental de emociones producidas por el entorno que no se rige por la física, sino por la propia interacción psíquica con sus visitantes. Un (no) espacio que se configura a partir de los miedos y anhelos de aquéllos antes que por su constitución geológica. El territorio de la irrealidad, del sueño; de la conciencia, “donde avanzar causa miedo y retroceder vergüenza” (el Profesor).

Según Tarkovsky, “la Zona es sencillamente la Zona. Es la vida que el hombre debe atravesar y en la que o sucumbe o aguanta. Y que resista depende tan sólo de la conciencia que tenga en su propio valor, de su capacidad de distinguir lo sustancial de lo accidental”. La concepción entronca con el humanismo existencialista de Jean-Paul Sartre, para quien el destino del hombre está en él mismo: ”El hombre no es más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza; por lo tanto no es otra cosa que el conjunto de sus actos, nada más que su vida”.

La Zona se manifiesta únicamente a través de un profundo acto de fe a todas luces inaudito en los acompañantes de Stalker. Éste, pareciendo incidir en la futilidad del deseo humano y la falacia de un algo perdido, se lamenta ante su mujer a su regreso: “Nadie cree, no sólo esos dos. Nadie. ¿A quién puedo llevar allá? Lo más terrible es que esto no le hace falta a nadie. A nadie le hace falta ese cuarto”.


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Andrei Tarkovsky crea un cuadro poético sucio que representa al hombre con sus conflictos internos frente a la inmensidad de la Naturaleza, siempre cambiante, contenedora de la Historia. Sublime, muestra de puro Tarkovsky, es el lento travelling cenital que aparece hacia mitad de la película sobre un suelo embaldosado e inundado que muestra los objetos sumergidos abrazados por el humus en proceso de corrosión; objetos muertos, que han sido, que se van diluyendo con el paso del tiempo, como los recuerdos, como el ser humano mismo. Ya lo decía Antonio Machado: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar”.

Los largos planos-secuencia de Stalker, de insólita belleza, no son sino un trozo de realidad esculpida en el espacio-tiempo. El tiempo sellado. Un tiempo que el genio ruso atrapa en cada toma. Un tiempo que se contempla. Que se goza. La caligrafía del sonido, integrador de la escena, permite percibir desde el movimiento de la naturaleza hasta la respiración de los personajes, alcanzando así nuevas articulaciones artísticas que se armonizan con la partitura galáctica de Eduard Artémiev e insertos de la Novena Sinfonía de Beethoven. La hipnótica y táctil fotografía fluctúa del monocromo sepia en tonos crudos, que representa la grisura del mundo cotidiano, al verde nemoroso y húmedo que irradia la Zona. La película incluye poemas de Arseni Tarkovsky (padre del director), versos del célebre poeta ruso Tiútchev y fragmentos de texto clásico chino Dào Dé Jīng, del Apocalipsis y del Evangelio según San Mateo.


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Stalker, realizada por su director cuatro años después de rodar El Espejo, es un viaje extrasensorial a lo más hondo de tu Ser, allá donde imagen, sonido y palabra se alían para desvelar los más misteriosos lugares de la psique y la condición humana. Y la Zona, el más grande espacio mágico del séptimo arte.


 “Una imagen cinematográfica solo será ‘realmente’ cinematográfica si se mantiene la condición imprescindible de que no solo viva en el tiempo, sino que también el tiempo viva en ella, y además desde el principio, en cada una de sus tomas”

(Andrei Tarkovsky)