UNA VELA PARA EL DIABLO


Una Vela para el Diablo

España, 1973. 90 min. C

Director: EUGENIO MARTÍN. Guión: Antonio Fos, Eugenio Martín. Música: Antonio P. Olea. Fotografía: José F. Aguayo. Intérpretes: Aurora Bautista, Esperanza Roy, Judy Geeson, Víctor Alcázar, Lone Fleming, Blanca Estrada.


 “Se creen que es modernismo y es pura indecencia”


Eugenio Martín Márquez (Granada, 1925) abordó el género fantástico en varias ocasiones, cultivando también el spaguetti western, la comedia casposa y el musical. De entre el primero destacan dos películas: su ópera prima Hipnosis (1962), un gélido thriller de suspense próximo al krimi, y especialmente la exitosa Pánico en el Transiberiano (1972), un híbrido british de terror y ciencia ficción interpretado por Peter Cushing y Christopher Lee, los dos colosos de la Hammer.

Sin embargo, es Una Vela para el Diablo el título que más claramente se enmarca dentro del fantaterror patrio de los años setenta y, en concreto, en el grupo de aquellas cintas inmersas en las entrañas de la España negra que retrataban los peculiares demonios que moran las mentes de sus psycho killers. En dicho grupo, entre las más conseguidas, se encuentran El Bosque del Lobo (1970) de Pedro Olea, La Semana del Asesino (1972) de Eloy de la Iglesia, La Campana del Infierno (1973) de Claudio Guerín (muerto accidentalmente mientras la rodaba al caerse del propio campanario) y El Huerto del Francés (1977) de Jacinto Molina/Paul Naschy. Todas ellas sufrieron el febril ánimo inquisitorial de la censura al mostrar la mojigatería de una sociedad aún bajo el estigma de la dictadura franquista.


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Eugenio Martín, con cínica mirada hacia el boom turístico que caracterizó el aperturismo, indaga en Una Vela para el Diablo en el moralismo rural, el fanatismo religioso y la represión sexual imperante como creadores de auténticos monstruos humanos. La truculenta historia acontece en la profunda España del sur, en un prototípico pueblo de paredes blancas con lugareños de rostros ajados por el sol, donde dos hermanas solteronas de indumentaria sobria y moños recatados (interpretadas exquisitamente por Aurora Bautista y Esperanza Roy) hospedan en su caserón a jóvenes turistas extranjeras tremendamente frívolas y algo ligeras de ropa.

El contraste entre el puritanismo y la hipocresía de esa sociedad española y la frivolidad flower power llegada de afuera desata en el pueblo una oleada de recelos y suspicacias que terminará en tragedia. Las dos arpías mesetarias, entre cuchillos de cocina con olor a ajo y aceite de oliva y haciendo uso del dicho de “a Dios rogando y con el mazo dando”, comienzan su particular y sangrienta cruzada contra esas indecentes que “corretean medio desnudas por nuestras calles y curiosean entre los vestigios de nuestra gloriosa historia”.


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Una Vela para el Diablo es un cuento escabroso de fatalismo turbio ajeno a los clichés foráneos del género, aunque tenuemente enmascarado por las formas del giallo italiano. La película parece inspirarse en las pinturas negras de Francisco de Goya, bajo cuyos lienzos de aparente realismo subsisten fuertes trazos de expresionismo violento. El filme número quince de Eugenio Martín, conjugando con atino crítica social, destape, folclore, suspense y horror, es una de las joyas ocultas del fantaterror español y sigue conservando, pese al paso del tiempo, un clima convincentemente patológico y asfixiante que a su modo remite a La Matanza de Texas.