Werner Herzog: Esclavo de su mirada


“Yo soy una persona que tiene una visión clara de las cosas y que sigue esta visión. Al mismo tiempo, soy un esclavo de mi mirada y he aceptado el destino de seguir mi vocación. Es más perseverancia que fuerza de voluntad”

(Werner Herzog)


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Werner Herzog (Múnich, Alemania, 1942). Director, documentalista, guionista, productor, actor, escritor y montador de óperas. De nombre real Werner Stipetić, hijo de madre yugoslava y padre francés, fue él quien inventó el apellido Herzog (antigua palabra alemana que significa “duque”). Nació en Múnich durante la II Guerra Mundial, pero pasó su infancia en un pueblo remoto de las montañas de Baviera, en pleno contacto con la naturaleza y alejado del mundo moderno. Según confesión propia, no tuvo conocimiento de la existencia del cine hasta los once años, la misma fecha en la que vio por primera vez un coche. A los diecisiete años hizo su primera llamada telefónica.

Ya regresado a su ciudad natal, tras una adolescencia dedicada a realizar largos viajes a pie por media Europa, Herzog se matriculó en Historia, Literatura y Teatro en la Universidad de Múnich y, gracias a una beca, inició estudios de cine en la americana de Duquesne, en Pittsburgh. Sin embargo, su formación en el cine fue completamente autodidacta. Según afirmaba el propio Herzog “los estudios sobre cine, por desgracia, son una enfermedad. Manténganse alejados de ellos. Salgan de allí lo más rápido posible. Esa forma académica, puramente cerebral, intelectual, de mirar las películas… La Academia es el enemigo”. En 1962 fundó su propia productora de cine: Herzogfilmproduktionen. Herzog fue uno de los puntales del Nuevo Cine Alemán junto con otros directores como Rainer W. Fassbinder, Volker Schlöndorff o Wim Wenders.

Su obra no puede separarse de la cultura a la que pertenece, que no es tanto la alemana como la bávara: “Soy un cineasta bávaro, no alemán, como un escocés es escocés y no británico”. Históricamente, Baviera nunca se consideró parte de Alemania, quizá por eso al racionalismo del alemán se le opone el carácter apasionado e imaginativo del bávaro. El ejemplo más célebre fue el excéntrico Luis II de Baviera (1845-1886), también conocido como el “Rey Loco”, un monarca melancólico y trágico que, atrapado en su mundo interior, hizo construir todos esos castillos cargados de ensoñación y exuberancia, en los que nunca debía entrar forastero alguno.


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“Werner Herzog believes in the mummers” en las calles de Philadelphia


Werner Herzog debutó en el cine a los veinte años con el cortometraje Herakles (1962), al que seguirían Juego en la Arena (1964), Últimas Palabras (1967) y La Incomparable Defensa de la Fortaleza Deutshkreutz (1968). Tras su etapa de formación en el corto y subvencionado por el Instituto de Cine alemán, que buscaba promocionar a nuevos cineastas, realizó su primer largometraje: la próxima al cine underground Signos de Vida (1968), un extraño relato del tedio localizado en la isla griega de Kos, en el Dodecaneso, que ganó el premio especial en el Festival de Berlín. Esta primera película, necesariamente imperfecta, ya contiene numerosos nexos en común con su obra posterior: temáticos (la locura), formales (la investigación de campo), de producción (el viaje como punto de partida).

Herzog inició una carrera singular e impregnada de una personalísima imaginería visual y sonora, llegando a realizar alrededor de setenta trabajos entre cortometrajes, largometrajes, documentales y encargos para la televisión. También ha sido actor ocasional en diversas películas –entre ellas El Poder de un Dios (Peter Fleischmann, 1990) y la más reciente Heimat-La Otra Tierra (Edgar Reitz, 2013)– y ha dirigido casi veinte montajes teatrales, en especial de óperas. Además, ha redactado guiones y escrito libros, como Del Caminar sobre Hielo o Conquista de lo Inútil, este último más bien un poema en prosa de dimensiones épicas escrito durante el rodaje de Fitzcarraldo. En la actualidad continúa en activo, tras dirigir su última película Salt and Fire (2016).


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Corazón de Cristal (1976)


Ya desde sus primeras películas, Herzog confirmó su atención por lo visionario, lo irracional y las realidades marginales, rasgos bien distinguidos en También los Enanos Comenzaron Pequeños (1970), una fábula corrosiva sobre la tiranía protagonizada por enanos acondroplásicos y filmada en la isla de Lanzarote (Canarias), y en el emotivo díptico compuesto por los documentales Futuro Limitado (1971), una aproximación a la situación de los niños discapacitados en la República Federal Alemana, y El País del Silencio y la Oscuridad (1971), el brillante retrato de Fini Straubinger, una mujer que, siendo niña, sufrió un accidente a resultas del cual perdió primero la vista y más tarde el oído, convirtiendo entonces la limitación en vocación.

Tras realizar la hipnótica Fata Morgana (1971) en el desierto del Sáhara, el éxito internacional le llegó con Aguirre, la Cólera de Dios (1972), un arrebatador filme rodado en la implacable Amazonas en el que su actor-fetiche Klaus Kinski interpreta al enloquecido conquistador Lope de Aguirre. El director consolidaría su reputación con El Gran Éxtasis del Escultor de Madera Steiner (1974), un documental que se aproxima al saltador de esquí suizo y solitario monomaníaco Walter Steiner, un típico personaje herzogiano que llega al límite. Posteriormente realizaría, entre otras, El Enigma de Gaspar Hauser (1974), basada en el caso real de un joven que había vivido encerrado en un sótano desde su nacimiento, la profética y ambientada en el siglo XVIII Corazón de Cristal (1976), en la que los actores rodaron en estado de hipnosis, Woyzeck (1979), sobre una pieza teatral de Georg Büchner, y Nosferatu (1979), donde recreó la versión fílmica del clásico de F. W. Murnau. En esta década de los años setenta Herzog también rodó los documentales Cuánta Madera Roería una Marmota (1976), una mirada sobre un extraño ritual de subastadores de ganado en Lancaster (Pensilvania), y La Soufriére (1977), un sobrecogedor esbozo fílmico sobre la inminente erupción del volcán La Soufrière (Isla de Guadalupe), y un cortometraje sobre las dinámicas de juego en una guardería y el rechazo infantil: Nadie Quiere Jugar Conmigo (1976),


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Klaus Kinski en Fitzcarraldo (1982)


En los ochenta destaca, especialmente, la galardonada en Cannes Fitzcarraldo (1982), la historia de un excéntrico y megalómano empresario del caucho (encarnado, como no, por Klaus Kinski, a quien acompaña Claudia Cardinale) obsesionado en construir una ópera en plena selva amazónica. También es de interés Donde Sueñan las Verdes Hormigas (1984), un filme rodado en un remoto desierto de Australia donde dos tribus aborígenes milenarias, los Worora y los Riratjingus, entran en conflicto con un consorcio minero. Es la rebelión del espíritu contra una civilización materialista que lo quiere todo y no comprende nada. En la posterior Cobra Verde (1987), ambientada en la inhóspita África del siglo XIX, Kinski volvería a dar vida a un loco visionario, en este caso al esclavista brasileño Francisco Manoel da Silva.

Después de la montañosa Grito de Piedra (1991), Herzog se limitó principalmente a los documentales, volviéndose más antropológico y etnográfico, pero no menos comprometido. Fascinante resulta Lecciones en la Oscuridad (1992), sobre la Guerra del Golfo. Entre sus muchos trabajos posteriores cabe citar, a modo ejemplificativo, Grizzly Man (2005), que es el retrato de Timothy Treadwell, un personaje alienado y narcisista que vivió y murió –fue devorado– entre osos grizzly en Alaska, Encuentros en el Fin del Mundo (2007), una odisea poemática filmada en la comunidad Antártica, y La Cueva de los Sueños Olvidados (2010), un documental quijotesco sobre las pinturas rupestres de las Cuevas de Chauvet en Francia, consideradas como uno de los mayores tesoros de la humanidad.


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Bruno S. en Stroszek (1977)


Werner Herzog trabajó hasta en cinco ocasiones con el controvertido actor Klaus Kinski (Sopot, Ciudad libre de Dánzig, 1926-Lagunitas, California, EEUU, 1991), a quien conoció a la temprana edad de trece años al coincidir ambos, casualmente, en una pensión de Múnich donde se alojaban temporalmente. La relación de amor-odio que en el futuro entablarían fue plasmada por el cineasta en Mi Enemigo Íntimo (1999), un brutal y honesto homenaje al irascible Kinski, un ser violento, egomaníaco, coprolálico irrefrenable y adicto sexual que había servido como paracaidista en el ejército nazi durante la II Guerra Mundial antes de ser hecho prisionero. Herzog también tuvo como actor al alienado mental Bruno S. (Berlín, Alemania, 1932-2010), un músico callejero y bebedor que había vivido hasta los veinte años en orfanatos y psiquiátricos y a quien el director descubrió apto para el cine con El Enigma de Gaspar Hauser (1974) y Stroszek (1977), ambas películas una especie de retrato indirecto del mismo Bruno S.

En el aspecto musical ha colaborado de forma habitual con Popol Vuh, el grupo de rock progresivo y meditativo liderado por su amigo Florian Fricke (uno de los padres de la música electrónica), y recurrido indistintamente a grandes compositores de todos los tiempos (Bach, Bellini, Haendel, Mozart, Schubert, Stravinsky, Verdi, Vivaldi, Wagner), a músicos contemporáneos (Chet Atkins, Leonard Cohen, Carlos Gardel, Glenn Miller, Tom Paxton), a la música folclórica y a otra compuesta/participada por él mismo. La música en Herzog es monótona y atonal o de una solemnidad abrumadora, siempre destinada a sublimar la imagen cinematográfica y favorecer su percepción.


Wodaabe Herdsmen of the Sun, screening April 2

Wodaabe: Los Pastores del Sol (1989)


El cineasta-explorador Herzog, enfrentado al cinéma vérité  (“los hechos no constituyen la verdad, los hechos son hechos pero no nos iluminan; los hechos son para los contadores“), celebra la Locura en busca de lo que él llama la “verdad extática”, una verdad “misteriosa y elusiva que sólo puede obtenerse a través de la fabricación, la imaginación y la estilización” y que el espectador vislumbra a través del éxtasis. Si la temática de Herzog es de dimensión existencial y aborda los límites de la experiencia humana, la forma, de todo punto trascendental, fluctúa imperceptiblemente entre la realidad, la ficción y la alucinación.

Heredero del Romanticismo alemán, corriente extinta en el siglo XIX que reivindicaba las pasiones y la unión con la Naturaleza para conseguir una vida plena y auténtica, sus dramas y documentales, de narración pausada y gusto melómano, destilan imágenes subyugantes y a menudo apocalípticas de paisajes, más bien presentados como estados del alma, de un alma desolada y desarmada. Así, subyaciendo en todos el dualismo típicamente bávaro héroe-víctima y rebelde-santo, Herzog se centra en antihéroes o personajes visionarios e indomesticables enfrentados con su propia arrogancia y dejados a merced de la exhuberante e implacable Naturaleza, para los que la lucha por su supervivencia o por defender sus ideas en un entorno adverso está siempre abocada al fracaso o conducen a la anulación total.


“Mis personajes son rebeldes solitarios y desesperados que no tienen un idioma con el cual comunicarse. Inevitablemente sufren por esto. Saben que su lucha está condenada al fracaso; sin embargo, siguen tensos, heridos, cada vez más solos, hasta la locura”

(Werner Herzog)


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Werner Herzog durante La Soufrière (1977)


A Werner Herzog, que suele rodar en condiciones extremas sin apenas guión (“el storyboard es un instrumento para los cobardes“), sus películas lo han arrastrado a los confines más recónditos del planeta. Ha rodado en los cinco continentes, de la Antártida al ardiente Sáhara y del Tíbet a la Patagonia. Herzog es uno de los directores europeos más personales y controvertidos de las últimas décadas. Su cine, de espíritu aventurero y revolucionario, se enfoca con una precisión que ningún reportero de viajes sería capaz de reproducir, porque según él mismo dice “el cine no es un arte de cultos, sino de iletrados. La cultura fílmica no es análisis sino agitación de la mente”.


“Intento ser un buen soldado del cine. Un buen soldado tiene sentido del deber. Su deber es seguir su visión. Tienen que seguir su visión. Si están muy convencidos de su visión, si ven algo en el horizonte que nadie más ve, y quieren compartirlo para que pase a formar parte de los sueños colectivos de todos, entonces tienen un motivo para no tener miedo. No le tengo miedo a nada; esa palabra no está en mi diccionario”

(Werner Herzog)


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