LA PRINCESA MONONOKE


Mononoke-hime

Japón, 1997. 133 min. C

Dirección: HAYAO MIYAZAKI (Studio Ghibli). Guión: Hayao Miyazaki. Música: Joe Hisaishi. Intérpretes: Animación.


“Me gusta la expresión ‘posibilidades perdidas’. Nacer significa estar obligado a elegir una época, un lugar y una vida. 
Existir aquí, ahora, significa perder la posibilidad de ser otras innumerables personalidades potenciales”

(Hayao Miyazaki)


Hayao Miyazaki (Tokio, 1941) considera que los dibujos ayudan a relajar el espíritu y nos permiten adentrarnos en el territorio de la irrealidad, que él llama “de posibilidades perdidas”, donde tan intensamente se representan nuestras esperanzas y anhelos. Dicho alegato por la fantasía no escapa del mundo real. Y es que la obra de Miyazaki, tan creativa en lo gráfico como comprometida ideológicamente, es más plausible de lo que imaginamos y destila valores absolutamente vigentes y necesarios para el futuro de la humanidad: la importancia de la memoria, la infancia como motor (casi siempre representada en niñas), el respeto por la Naturaleza y el sinsentido de las contiendas bélicas. La Princesa Mononoke, producida por el prestigioso Studio Ghibli y distribuida por Tōhō, es el perfecto ejemplo de las constantes de su autor. Estrenada en 1997 como la película de animación japonesa más cara de la historia, fue un éxito popular y resquebrajó de un plumazo, gracias a la intensidad y seriedad con que trata los temas, la por entonces difundida opinión –especialmente en Occidente– de que la cintas de animación son fútiles y de personajes planos.



Mononoke-hime está ambientada en la oscura Era Muromachi (1336-1573) y cuenta la historia del joven guerrero Ashitaka, el último príncipe de la tribu de los Emishi, el cual debe partir hacia tierras lejanas para encontrar la cura a una maldición que ha recibido por haber matado a un monstruo, que en realidad era el Dios Jabalí Nago convertido en un tatarigami a través del sufrimiento y la ira. Acompañado por su fiel Yakul, un alce rojo, llega a Tatara, la Ciudad de Hierro, donde los humanos, capitaneados por la respetada Lady Eboshi y provistos de nuevas armas de fuego, están destruyendo los recursos naturales mediante la tala de árboles y la contaminación con el fin de extraer minerales. En serio conflicto con ellos, los dioses del Bosque, las criaturas mágicas que lo habitan y San, o Princesa Mononoke, están decididos a luchar para proteger su entorno. Ashitaka, mientras intenta detener el avance del sortilegio en su cuerpo, será el encargado de hacer lo posible para evitar la confrontación.

El brillante enfoque ecologista (donde no está perfectamente delimitado lo bueno y lo malo), los dilemas morales que plantea (no hay soluciones fáciles) y la complejidad de los personajes demuestran que la fantasía solo es un envoltorio al servicio de la historia y sus protagonistas. El personaje más rico en matices es la ambiciosa Lady Eboshi, que encarna el progreso y la modernidad; dispuesta a conquistar el mundo pero capaz de ayudar a los leprosos y las mujeres. San, su oponente, es una chica temperamental que ha sido adoptada y criada por la Diosa Loba Moro; siente aversión por los humanos, aunque no puede evitar sentir un profundo afecto por Ashitaka, y está dispuesta a dar su vida por el Bosque. Por su parte, Ashitaka es un héroe adolescente y melancólico con un destino: hacer de mediador y aprender a mirar sin la venda del odio (el mal de la humanidad), lo que le emparenta con Nausicaä. Pese a la personalidad de los tres, es el Bosque sagrado, la Naturaleza, que Miyazaki retrata con exuberancia inspirándose en los bosques de Yakushima, el que deviene en principal protagonista.



Mononoke-hime (donde Mononoke se traduce como “espíritu vengativo” y Hime como “mujer honorable”) bascula entre el imaginario universal y el folclore nipón, hallándose sus raíces en el Sintoísmo (神道, Shintō), religión mayoritaria de Japón que consiste en la veneración de los kami o deidades de la Naturaleza. Así, podemos observar múltiples criaturas y referencias: los kodamas (espíritus de los árboles y señal de que el Bosque está sano), el shishigami (el Señor del Bosque, Ciervo Divino durante el día y con forma de Caminante Nocturno cuando se esconde el Sol; dador de la vida y la muerte), los okami (lobos salvajes protectores, como Moro, convertida en okami jizo por velar de San), los mononoke (espíritus animales que protegen al Bosque, como San, que porta una careta con piel de lobo en alusión al concepto shintai –cuerpo del kami–, vehículo de unión con el clan lupino al que pertenece) o los tatarigami (dioses de la Naturaleza consumidos por el odio y convertidos en demonios vengativos).

En el aspecto visual destaca la belleza y delicadeza de las imágenes, dibujadas a mano con un cuidado admirable en lo referente a color, línea, forma y movimiento, lo que atestigua la sensibilidad y talento de su autor. La maravillosa banda sonora del habitual Joe Hisaishi, que acompaña en todo momento el relato, contribuye a la redondez general de la película. La Princesa Mononoke (もののけ姫 o Mononoke-hime). El filme más crudo y pesimista del Studio Ghibli, si dejamos de banda La Tumba de la Luciérnagas, la obra maestra de Isao Takahata. Probablemente, también el mejor y más complejo moralmente. Miyazaki, depositario de la tradición de su país y fiel a su afán didáctico, nos enseña, de nuevo, que el diálogo, la comprensión y el respeto mutuo son las únicas vías para resolver los conflictos, poniendo el foco en la acción responsable del individuo –que debe inculcar una conciencia firme a las generaciones futuras sobre los peligros que supone romper el equilibrio entre el hombre y la Madre Tierra–.



“Asegura los derechos de la gente; respeta a espíritus y dioses, pero manténlos a distancia: sin duda, esto es la sabiduría”

(Confucio)