UN HOMBRE SIN PASADO


Mies Vailla Menneisyyttä

Finlandia, Alemania, Francia, 2002. 97 min. C

Director: AKI KAURISMÄKI. Guión: Aki Kaurismäki. Música: Varios. Fotografía: Timo Salminen. Intérpretes: Markku Peltola, Kati Outinen, Juhani Niemelä, Kaija Pakarinen, Sakari Kuosmanen, Annikki Tähti, Anneli Sauli, Elina Salo, Outi Mäenpää, Esko Nikkari, Pertti Sveholm, Matti Wuori, Aino Seppo, Janne Hyytiäinen, Antti Reini, Tähti, Marko Haavisto, Jukka Teerisaari, Jyrki Telilä, Jouni Saario.


“Nunca se rinda, aunque haya perdido la memoria. La vida avanza hacia adelante, nunca para atrás”

(Nieminem/Juhani Niemelä)


Director independiente que responde a la perfección al concepto de cine de autor y se ampara en una visión de las cosas y en un modo de contar personalísimo. Nacido en Orimattila (Finlandia) en 1957, Aki Olavi Kaurismäki inició su carrera como colaborador en filmes de su hermano Mika, con el que creó su propia productora, Villealfa Oy (nombre que homenajea a la película Alphaville, de Godard). Kaurismäki, que alcanzó su primer éxito con la muy pesimista y siniestra La Chica de la Fábrica de Cerillas (1990), ha sido el creador de dos trilogías aclamadas y alentadas por un raro sentimiento de fatalidad, soledad y amistad: la Trilogía del Proletariado y la Trilogía de los Perdedores, de la que Un Hombre sin Pasado es su capítulo central y mejor. Se dice que el cine de Kaurismäki, lacónico, poético y elegante al mismo tiempo, está influido, no obstante, por directores como Bresson, Tati, Melville, Fassbinder e incluso por un Dreyer con menos fe y más conciencia de clase. Actualmente es el único representante del cine finlandés con proyección internacional.



El punto de partida de Un Hombre sin Pasado es de lo más interesante. Una noche, un hombre (Markku Peltola) aparece en Helsinki con una maleta y es víctima de una brutal paliza. Al despertar en una cama del hospital envuelto en vendas, émulo de El Hombre Invisible, incorporándose, yerto, como La Momia, descubre que ha perdido la memoria: no sabe quién es, no recuerda nada, incluso ignora su propio nombre. Resucitado, huye asustado de su condición. Es recogido por dos niños mendigos que le ayudan a instalarse en una especie de poblado portuario de contenedores con vistas al mar. El hombre sin pasado, en un lugar tan inhóspito, inicia una nueva vida sin condicionantes ni recuerdos– y se enamora de una mujer solitaria y poco habladora asistente social del Ejército de Salvación llamada Irma (la rubia Kati Outinen). Al final descubrirá su verdadera identidad, la de un obrero alcoholizado, separado e infeliz. Su destino, sin embargo, es la historia del presente: la que brota junto a Irma y la gente pobre del poblado.

Inspirada en Qué Bello es Vivir (Frank Capra, 1946) y similar en espíritu a Milagro en Milán (Vittorio De Sica, 1951), Un Hombre sin Pasado rinde culto a la ruina cotidiana y es, como toda la obra de su director, un canto entrañable y melancólico al mundo de los desheredados y huérfanos del Sistema. Las películas de Kaurismäki, ambientadas en el contexto de la sociedad urbana finlandesa (moderna, civilizada, hostil), abordan la vida y aspiraciones de una clase social víctima de otra que él define como idiota: “El dinero siempre está del lado de los idiotas. Hago cine de perdedores porque me siento un perdedor”. Una clase social taciturna y «al borde del abismo», la de los «perdedores», que conserva, pese a ello, la capacidad para amar, ayudarse y dar comprensión, algo que el «Estado del Bienestar» no les ha podido extirpar y, al fin y al cabo, lo único que hace (o debería hacer) que el mundo funcione mejor.



El estilo Kaurismäki marca de autor se reconoce al instante y es intransferible por cómo se construye. El director tiene la habilidad de partir del realismo e inclinarse imperceptiblemente hacia el reino poético y nostálgico de la fábula. Su cine llega y conmueve, pero lo hace desde la carencia de énfasis dramático, depurado de recursos lingüísticos y expresivos. Los impertérritos personajes, afectos a la frase-revólver y de rostros picassianos, se acercan más al gángster tipo Melville que al proletario institucional. Los decorados y el vestuario tienen colores vivos y aspecto kitsh  y ruinoso: “Preferimos co­sas viejas, objetos con cierto feeling. Nos parece terrible tirar cosas viejas solo porque tienen una grieta. In­tentamos ser europeos modernos, pero en el fondo de nuestros corazones somos gente taciturna”. A ello se suman el tono kafkiano, las situaciones absurdas y el habitual humor seco e inteligente que a veces recuerda a Tati. Tampoco faltan las actuaciones musicales en directo (rockabilly, tango, música clásica o tradicional finlandesa) que el director incardina con espontaneidad en la historia.

El Helsinki que filma l’enfant terrible del cine europeo podría estar extraído de novelas como «1984», de George Orwell, o «Un Mundo Feliz», de Aldous Huxley. Sin embargo, para el pesimista y anticapitalista finlandés, hombre irónico y distante, siempre hay un rayo de esperanza: «Soy optimista porque mi muerte está más cerca. La humanidad no aprende. No hay futuro para los hijos si esto sigue igual. Depende de los jóvenes. Sólo si las madres detienen la avaricia de la globalización puede haber futuro». 

… Y es que el mundo es feo sólo si no sabes cómo contarlo.



El cineasta mira sin miedo a la locura e incluso la ve como forma de liberación. Para muchos, puede resultar vertiginoso perder el status quo; perder lo que nos hace ser lo que somos, pero el autor sabe ir más allá de esos lugares comunes: aquel que logra liberarse de rutinas, que aprende a vivir al margen, que se atreve a ignorar las instituciones sociales, encuentra su libertad”

(F. Javier Pulido)