ARMONÍAS DE WERCKMEISTER


Werckmeister Harmóniák

Hungría, Alemania, Italia, Francia, 2000. 145 min. B/N

Dirección: BÉLA TARR & ÁGNES HRANITZKY. Guión: Béla Tarr. Música: Mihály Vig. Fotografía: Gábor Medvigy. Intérpretes: Lars Rudolph, Peter Fitz, Hanna Schygulla, János Derzsi, Djoko Rosic, Tamás Wichmann, Ferenc Kállai, Mihály Kormos, Putyi Horváth.


«Siempre he conservado una sensibilidad social. Me pongo siempre del lado de la gente fea, de la gente que sufre. Denuncio todas las formas de humillación y no soporto la agresividad, la violencia contra el humano. Al profundizar más y más comprendí en un momento determinado que los problemas no eran solamente sociales sino también ontológicos o cósmicos. El mundo es cósmico y nosotros no constituimos más que una ínfima parte. Es la historia de la humanidad. Pero existen otras formas de historia. El tiempo, la naturaleza, los animales tienen también su propia historia. De ahí la importancia de no escuchar más que la historia de los hombres. Hay que explorar todas esas perspectivas y es necesario que todo cohabite y resuene»

Béla Tarr


A finales de los años ochenta, la monótona vida de una fría y pequeña ciudad de Hungría se ve alterada con la llegada de un circo ambulante, acompañado por una enigmática figura a la que llaman El Príncipe, que promete exhibir a la ballena más grande del mundo. Este insólito acontecimiento, añadido al clima sofocante de caza de brujas contra disidentes políticos, provoca una ola de recelo y desconfianza en la comunidad, que acaba reaccionando de forma violenta ante la posibilidad de ver destruido su status quo. Frente a la masa humana, oscura, un individuo, el joven bondadoso y soñador János Valuska (interpretado por el músico y compositor alemán Lars Rudolph), interesado por el conocimiento ajeno y el misterio de las cosas que le rodean, sí se siente fascinado por lo que ve: un enorme cetáceo muerto con un ojo que le mira.



El formalista y matérico Béla Tarr se ha convertido en los últimos tiempos en el mejor exponente del cine llamado metafísico o espiritual. Tarr convierte Armonías de Werckmeister en un poema visual radicalmente hermoso y melancólico, a la vez que perturbador y pre-apocalíptico, a medio camino entre lo místico o existencialista y lo político. Alegoría del caos y la barbarie, de la tiranía colectiva y el autoritarismo o simplemente de cómo el hombre, anulada su inteligencia por la fuerza bruta e incapaz de crear un nuevo orden menos cruel, reacciona ante una amenaza desconocida y desestabilizante. Para el cineasta húngaro, en cualquier caso, la vía de escape siempre es la misma: alienación y locura. Melancolía de la Resistencia es el título de la novela, escrita por László Krasznahorkai, en que se basa el filme.

El cadáver de la ballena gigante, un trozo de carne putrefacta en medio de una plaza brumosa y en pleno centro de Europa, es una de las imágenes más evocadoras, inquietantes y extrañamente bellas que ha generado el cine en las últimas décadas, más preocupado por vender espectáculos pirotécnicos que en provocar auténtica emoción. Mucho se ha escrito sobre qué representa la ballena: si un símbolo de una Hungría (o Europa) agonizante, fuera de contexto, o de la frustrada utopía revolucionaria, o de la llegada del capitalismo y el progreso, o sólo un retrato figurado de la condición humana. Sin embargo, Béla Tarr se desmarca de cualquier significado político y la relaciona con la «eternidad» o lo «cósmico», igual que a los personajes de János y el musicólogo y lúcido Erszt, quien percibe que «todo está equivocado» –y no sólo el sistema musical– y opta por el retiro solitario.



El director de El Caballo de Turín, su autodeclarada última película, da una clase magistral de lenguaje cinematográfico, como antes Bresson. Tarr, quien como el francés prescinde de lo meramente accesorio, emplea una cámara metafísica que, poco a poco y sin que te des cuenta, todo lo escudriña; que a veces parece que no se mueve, pero que no para de hacerlo. El relato, aunque fragmentado, posee una cohesión estilística y rítmica asombrosa, donde personajes, ideas y acontecimientos están perfectamente armonizados. Los prolongados e hipnóticos planos secuencia, guardianes del tiempo, acompañados del sonido diegético, la sensible música de Mihály Vig y la táctil fotografía en blanco y negro de Gábor Medvigy, ayudan a que parezca que lo que ves está pasando a tiempo real.

En Armonías de Werckmeister destacan muchos momentos. Al margen del primer encuentro entre János y la ballena dentro del camión y de la imagen del viejo desnudo dentro de una bañera en el hospital asediado, otro de los más mágicos, rebosante de lirismo y emoción pura, es el prólogo, con un interminable plano secuencia que acontece en una taberna a punto de cerrar, cuando János hace representar el funcionamiento de la rotación de la tierra alrededor del sol y de los eclipses y pone a los parroquianos ebrios a girar como si fueran astros y satélites. Dice János: «Y ahora, veremos una explicación que nos ayudará a comprender, incluso a gente sencilla como nosotros, el significado de la inmortalidad. Lo único que os pido es que caminéis conmigo por la inmensidad en la que la constancia, la quietud y la paz, reinan en un vacío infinito…».



Obra maestra del cine contemporáneo en su vena más filosófica y autoral, atemporal y cósmica, donde la ligazón de forma y contenido está a la altura de Tarkovski, Ozu y Dreyer. Armonías de Werckmeister se puede ver como un cuento pesimista y devastador en un mundo plúmbeo que reflexiona sobre las raíces de la violencia y profundiza en el abismo de la existencia humana, pero ante todo es un milagro cinematográfico para los tiempos que corren.