CUENTOS DE TOKIO


Tokyo Monogatari

Japón, 1953. 139 min. B/N

Director: YASUJIRŌ OZUGuión: Yasujirō Ozu, Kôgo Noda. Música: Takanobu Saitô. Fotografía: Yushun Atsuta. Intérpretes: Chishu Ryu, Chiyeko Higashiyama, Setsuko Hara, So Yamamura, Haruko Sugimura, Kinoko Niyake, Kyoko Kagawa.


«¡Parece mentira que estemos en Tokio! Nunca pude imaginar que lo tuviéramos tan cerca de nosotros. Es increíble; ayer salimos del pueblo de Onomichi y ahora ya estamos aquí, a vuestro lado. Sí, el mundo ha cambiado mucho, y nosotros también. Ahora somos un par de viejos»

(Tomi/Chiyeko Higashiyama)


Si Mizoguchi ha explorado las tradiciones del Japón y el papel infravalorado de las mujeres en su sociedad y Kurosawa es considerado el más moderno y occidental de los cineastas que ha dado el país del Sol Naciente, Ozu es el más japonés de todos ellos, habiendo sabido reflejar el mundo y la vida de su país tanto anterior a la guerra como después de ella con una autenticidad, serenidad y amor inalcanzables para el resto de mortales, algo de lo que dan fe cada uno de los planos de sus películas. En el cine de Yasujirō Ozu existe una paradoja que lo eleva a los altares del séptimo arte. Sus dramas contemporáneos sobre la clase media japonesa, llamados shomin-geki, se hacen casi indistinguibles en el recuerdo debido a sus constantes temáticas, centradas en los ritos de la vida diaria y las relaciones familiares, y a la repetición de actores y personajes. Además, su lenguaje cinematográfico es austero y (engañosamente) sencillo, la cámara no se mueve y el ritmo es lento.

Pero, algo inaudito en otro cineasta, Ozu posee la extraña habilidad de hacer que algo tan falto de énfasis dramático mantenga nuestra atención y acabe atrayendo nuestro interés. Ése es precisamente el milagro de Ozu: convertir lo aparentemente banal y cotidiano en algo universal y extraordinario. Y es que cada película suya que ves es volver a asistir a un episodio más, único y trascendental, en el mundo de tradiciones, sentimientos y transcurso del tiempo que explora; de volver a tener la extraña sensación, difícil de transcribir en palabras, de haber sido invitado a contemplar o a formar parte de una manera de vivir y de un mundo que, aunque aparentemente es ajeno al nuestro, en verdad no lo es tanto.



Tokyo Monogatari es el tótem de Yasujirō Ozu: filme recapitulador y esencial del cine japonés realista y una de las auténticas y más consensuadas obras maestras del cine universal. La película, cuyo guión fue escrito por Ozu y Kogo Noda basándose levemente en la cinta americana Dejad paso al Mañana, dirigida en 1937 por Leo McCarey, se desarrolla en el Japón de la posguerra (1953) y narra la historia del viejo matrimonio Hirayama, Shūkichi (Chishû Ryû) y Tomi (Chieko Higashiyama), que viajan desde el pueblo costero donde residen, Onomichi, hasta la gran Tokio para visitar a sus hijos casados, a quienes hace años que no ven. Una vez en la capital, comienzan a darse cuenta que resultan molestos para ellos, muy atareados con sus respectivas vidas y sin apenas tiempo para dedicarles. La incomprensión y frialdad no disimulada de los hijos solo se ve eclipsada por la bondad e íntima felicidad de la joven Noriko (Setsuko Hara), nuera –viuda de guerra– de los ancianos y única capaz de prestarles atención durante su estancia. Es precisamente Noriko, interpretada por la gran musa de Ozu, Setsuko Hara, y que también aparece en Primavería Tardía (1949) y El Comienzo del Verano (1951), completando una maravillosa trilogía, el personaje más excepcional, generoso y esperanzador de la filmografía del director.

«Con el tiempo, los padres y los hijos se alejan», dice NorikoEsa frase resume el tono de emoción contenida y resignada aceptación que distingue a la película, que no dramatiza ni condena: solo contempla la naturaleza humana y el flujo de la vida con sosiego y claridad. «Así es la vida», parece decirnos Ozu. Cuentos de Tokio trata con exquisita delicadeza y un sutil poso de crítica temas como la desintegración y la occidentalización de la familia japonesa tradicional después de la II Guerra Mundial, la inmanente soledad y tristeza que conlleva la vejez y, en definitiva, la fugacidad de las cosas y de la propia existencia. A la vez confronta, en el marco de una sociedad japonesa de posguerra inmersa en el cambio, el advenimiento de «lo nuevo» (capitalismo, modernidad, ciudad), representado por la generación de los hijos, y «lo viejo» (tradiciones, mundo rural), representado por la de los padres, generación por la que toma partido Ozu, que pide a la historia un respeto hacia la gente mayor, que han sido los perdedores de la guerra pero también son los depositarios de los valores tradicionales.



Como en Robert Bresson y Béla Tarr, el estilo del trascendental Ozu es tan marcado que está por encima de las historias (cotidianas) que cuenta, siendo capaz de fusionar y armonizar los diversos elementos, dándoles una unidad, a la vez que logra revelar el alma de la obra (de arte) y ser reflejo del espíritu del artista. El férreo y austero sistema formal de Ozu nos abstrae de la acción para hacernos contemplar la imagen en virtud de sus cualidades poéticas. El director, entendiendo que los movimientos de cámara manipulan la realidad, opta por la famosa cámara estática que filma a ras de tatami mientras los personajes permanecen quietos o se desplazan y cambian de habitación (de cuatro paredes en lugar de las tres del Hollywood clásico). Roger Ebert señaló que, en Cuentos de Tokio, la cámara solo se mueve una vez y eso es más de lo normal en una película de Ozu, cuyo cine radica en el montaje, en el ritmo pausado y en la exquisitez en la composición de los planos, los cuales revelan la intimidad –sin inmiscuirse en ella– de los personajes, que parecen «existir» y no «estar» en cada escena.

Todo en Ozu (cada detalle, cada objeto, la luz, el encuadre) está pensado concienzudamente y transmite sensación de calma y plenitud. Cuentos de Tokio rebosa sensibilidad y un sentimiento humano poco corriente. Esta es una película de reposo que permite reflexionar sobre lo que escuchas y ves y sobre la propia existencia, que lo que tiene de bello produce felicidad y lo que tiene de efímero, amargura. Dicen que amar el cine de Yasujirō Ozu, genial cronista del transcurso del tiempo, también es amar la vida; por lo menos, el sabio nipón se empeña en hacernos ver que, pese a lo triste que pueda resultar a veces («la vida es triste», dice un personaje), merece el esfuerzo vivirla con sensatez, armonía y prudente optimismo.



Nace el otoño
Se deslizan las nubes
Y se ve el viento

(Miura Chora)