EL INTENDENTE SANSHO


Sanshō Dayū

Japón, 1954. 123 min. B/N

Dirección: KENJI MIZOGUCHI. Guión: Yoshikata Yoda, Yahiro Fuji. Música: Fumio Hayasaka. Fotografía: Kazuo Miyagawa. Intérpretes: Kinuyo Tanaka, Yoshiaki Hanayaki, Kyoko Kagawa, Eitaro Shindo, Akitate Kono, Masao Shimizu, Ken Mitsuda, Kazukimi Okuni.


“Kenji Mizoguchi es al cine lo que Bach es a la música, Cervantes es a la literatura, Shakespeare es al teatro, Tiziano es a la pintura: es el más grande”

(Jean Douchet)


Kenji Mizoguchi (1898-1956), un apasionado de la pintura occidental, comenzó en la industria del cine en 1920 como actor, dirigiendo su primera película en 1922 (El Día en el que Regresó el Amor, censurada por el gobierno por sus convicciones socialistas). Mizoguchi es uno de los consabidos tres pilares del cine japonés junto a Yasujirô OzuAkira Kurosawa, a la altura de los cuales debe situarse a Mikio Naruse y Masaki Kobayashi, dos cineastas a veces injustamente olvidados. Mizoguchi es el más poético de ellos; legendario por su maestría técnica y sensibilidad plástica, por su mirada reflexiva y el sentido moral de sus historias. Localizada en el convulso periodo histórico del Japón contemporáneo (1930-1950), directamente desde el feudalismo, su obra es una de las más impresionantes que se conocen, tanto por excelencia (La Historia del Último Crisantemo; Vida de Oharu, Mujer Galante; Cuentos de la Luna Pálida; Los Amantes CrucificadosEl Intendente Sansho; etc.) como por volumen, con ochenta y nueve películas realizadas a lo largo de cuatro décadas (casi la mitad perdidas en la II Guerra Mundial).

De universo femenino, pasados ya casi setenta años desde su muerte, aún hoy ningún cineasta ha descrito con tanta destreza como Mizoguchi el papel de las mujeres en la sociedad (al caso, en el Japón de la transición), en especial por el rigor con que representa y desenmascara los prejuicios, la hipocresía y la arrogancia con que aquella las transforma en mercancías. Mizoguchi huye del psicoanálisis y prefiere un enfoque más marxista, algo que tiene en común con Luis Buñuel. La mujer, pero también el dinero, el poder, los privilegios masculinos y la ambición son las constantes temáticas de su filmografía.


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Japón, siglo XII, a finales de la oscura Época Heian (794-1185). Enfrentado a los jerarcas militares, el honorable gobernador Taira es enviado al exilio. Antes de partir le hace prometer a su hijo Zushiô que será un hombre de bien. Tiempo después, su familia, cuando atraviesa la región para reunirse con él, sufre una emboscada. Serán vendidos como esclavos: la dama Tamaki (la magnífica Kinuyo Tanaka) es llevada a la remota isla de Sado y obligada a ejercer como prostituta, y sus hijos pequeños Zushiô (Yoshiaki Hanayagi) y Anju (Kyôko Kagewa) son entregados al tiránico intendente Sanshō (Eitaro Shindo). Diez años más tarde, Zushiô se convierte en uno de los esbirros de tortura de Sanshō. Dándose cuenta del monstruo en que se ha transformado decide huir junto a su hermana Anju, la cual, temiendo que los atrapen si permanecen juntos, se sacrifica para que Zushiô pueda fugarse. Zushiô, con el tiempo, es nombrado alcalde de Tango, devuelve las tierras a los esclavos y recupera el prestigio de su noble familia. Sin embargo, pronto lo dejará todo para emprender el viaje en búsqueda de su madre.

El de Zushiô es un itinerario físico, emocional e incluso filosófico; un camino de sufrimiento, humildad y responsabilidad, marcado por las enseñanzas de su bondadoso y tozudo padre (que le inculca el sentimiento de compasión y piedad hacia el prójimo), que conduce hacia la madurez, la virtud y la paz interior (algo muy budista). El final de El Intendente Sansho, uno de los más bellos y conmovedores de la historia, es una lección magistral de cine y amor, en verdad, la fuerza más poderosa del universo, por encima de honores y distinciones. Cuando Zushiô dice aquello de “para entender lo que estoy haciendo uno tiene que haber pasado por lo que yo he pasado” toda la poesía de Mizoguchi cobra vida: la épica de la lucha por la supervivencia y el viaje como catarsis y purificación.


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El Intendente Sansho, galardonada con el León de Plata en el Festival de Venecia de 1954, está basada libremente en una leyenda popular recogida en 1915 por Ōgai Mori (1862-1922), considerado uno de los padres de la literatura moderna japonesa. De género melodramático y aliento épico, Mizoguchi proyectó en ella episodios autobiográficos de su dolorosa infancia: el director fue criado en un hogar pobre por una madre que murió de enfermedad prematuramente y por un padre carpintero, déspota y cruel (traslación de Sanshō) que vendió a su hermana como geisha. El resultado es una película profundamente humanista, a la vez que agónica, que aboga por el afecto y la conservación de la familia y clama contra la intolerancia, las desigualdades sociales y la falta de libertad. Una vez más, Mizoguchi refleja la sensibilidad de su elevado arte fijando su mirada en la mujer, en esta ocasión representada en la abnegación y sacrificio hasta la extenuación de una madre y una hermana.

Visualizada con exquisitez estética, El Intendente Sansho posee una inmaculada puesta en escena que se realza a través de la fotografía en blanco y negro del insigne Kazuo Miyagawa (colaborador de KurosawaOzu y Ichikawa), que retrata la naturaleza en todo su esplendor (viento, montañas, bosques, ríos) y muestra grises paisajes, a menudo idílicos, que parecen extraídos de las ilustraciones de un cuento. La belleza y serenidad de las imágenes, difíciles de igualar, corren en paralelo a la fuerza del mensaje ético, moral y político. La película se sirve de una narrativa de cadencia musical que se conjuga con el empleo de largos planos-secuencia y de pausados y elegantes movimientos de cámara. Sencilla y honesta, sabia y esencialmente elegíaca, Sanshō Dayū es un filme que fascina por su trastornada melancolía y emociona por su lirismo. Filme descollante del cine japonés clásico y una de las condenas más hermosas y fulminantes contra el tráfico de personas. Obra maestra absoluta, se mire por donde se mire.


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“Escucha, hijo mío. Un hombre que no tiene compasión es como un animal, ya no es humano. Hijo, ama a los otros, cualquiera que sea su condición. Porque todos los hombres hemos nacidos iguales. Nunca seas cruel con tus parecidos”

(El gobernador Taita/Shozo Nambu)