HIROSHIMA, MON AMOUR


Hiroshima Mon Amour

Francia, Japón, 1959. 88 min. B/N

Director: ALAIN RESNAIS. Guión: Marguerite Duras. Música: Georges Delerue, Giovanni Fusco. Fotografía: Sacha Vierny, Takahashi Michio. Intérpretes: Emmanuelle Riva, Eiji Okada, Bernard Fresson, Stella Dassas, Pierre Barbaud.


«Me matas, me das placer. Te lo ruego, devórame. Defórmame hasta la fealdad»

(Ella/Emmanuelle Riva a él/Eiji Okada)


Alain Resnais fue uno de los destacados de la Nouvelle Vague, más exactamente del grupo desviacionista de la Rive Gauche que surgió en paralelo al de Cahiers du Cinéma. Inquieto intelectualmente, su obra estuvo próxima a los postulados de la Nouveau Roman, un movimiento literario que hacía furor en la París de los años cincuenta y que rechazaba el estilo naturalista de la novela tradicional y abogaba por planteamientos experimentales en la narración. El cineasta de la Memoria y el Tiempo (consideración que comparte con su compatriota Chris Marker) aplicó su peculiar filtro al lenguaje cinematográfico y, rompiendo sus ordinarias normas estéticas y psicológicas, revolucionó el concepto del montaje y no cesó de explorar el vínculo imagen-palabra. Decía Resnais: «Mis películas son un intento, aún muy tosco y primitivo, de acercamiento a la complejidad del pensamiento, de su mecanismo… Todos tenemos dentro imágenes, cosas que nos determinan y que no son una sucesión lógica de actos perfectamente encadenados. Me parece interesante explorar ese mundo del subconsciente, desde el punto de vista de la verdad, no de la moral».

Su ópera prima Hiroshima, Mon Amour (1959) y El Año Pasado en Marienbad (1961) colocan a Alain Resnais en la vanguardia de un cine europeo complejo, «intelectual» y muy diferenciado del resto. A este corpus inicial, al que siguió Muriel y La Guerra ha Terminado, hay que sumarle otras películas y casi treinta cortometrajes-documentales subjetivos que ahondan en su obsesión por el tiempo, la cultura y la historia. Entre ellos destacan dos ensayos que están atravesados por un aliento lírico e íntimo cautivador: Las Estatuas también Mueren (1953), codirigido por Chris Marker y que versa sobre la interpretación colonialista de las obras de arte, y Noche y Niebla (1955), filmado en el campo de Auschwitz y que rememora la tragedia del exterminio nazi.


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Hiroshima, 1957, donde el 6 de Agosto de 1945 a las 8’15 h. 200.000 personas murieron en solo nueve segundos. Una francesa de la que no conocemos su nombre (encarnada por Emmanuelle Riva, que ese mismo año rodó Kapo, de Gillo Pontecorvo) y un japonés igualmente anónimo (Eiji Okada) se conocen en la ciudad post-atómica y mantienen una fugaz relación sentimental durante dieciséis horas antes de que la mujer regrese a Europa. Ella es actriz, casada y está en Hiroshima para interpretar un papel en un filme de propaganda pacifista. Él, también casado («felizmente» añade), vive en un piso y es arquitecto. Ninguno vivió los terribles sucesos de Hiroshima, una ciudad que quedó devastada y que doce años después trata de resurgir de sus cenizas. La película comienza con insertos documentales de la masacre causada por la bomba; después se centra más en el desarrollo del romance, el cual alterna fases de apasionamiento con otras de incertidumbre. La yuxtaposición de la ternura y los horrores de la guerra harán que la mujer recuerde su pasado en la ciudad francesa de Nevers durante la II Guerra Mundial, cuando siendo casi una niña y coincidiendo en el tiempo con el bombardeo sobre Hiroshima se enamoró por primera vez de un oficial alemán, el hombre cuya muerte la condujo al umbral de la locura.

Hiroshima, por donde los amantes pasean y hablan, como Nevers, es una ciudad «hecha a la medida del amor». No tienen muchas horas por delante y todavía deben decirse adiós, aunque su amor caerá en el olvido. Porque el de ellos es un amor imposible, uno muy intenso nacido de un encuentro efímero y sin exigencia de futuro: «Dentro de unos años, cuando te haya olvidado y otras historias como ésta, por la fuerza misma de la costumbre surjan ante mí, me acordaré de ti como del olvido del amor mismo. Pensaré en nuestra historia como en el horror del olvido», aventura él cuando la despedida se anuncia inevitable. «Es probable que nos muramos sin habernos vuelto a ver», concluye ella. En cuanto a la identidad de los «desconocidos», si bien no llegaremos a conocer los nombres reales de ellos, ya que no se desvelan, en la escena final de la película ellos mismos se pondrán uno: «Nevers» es el nombre que él le pone a ella y «Hiroshima» el que ella le pone a él.


Curiouser and Curiouser: The Films of Alain Resnais


Resnais comenzó a trabajar en Hiroshima, Mon Amour con la intención de hacer un documental sobre las devastadoras consecuencias de la bomba atómica, idea que abandonó a mitad de proyecto, cuando lo transformó en película al incluir una historia de amor. El guión, que fue inicialmente rechazado por Françoise Sagan, lo escribió de forma semiautobiográfica Marguerite Duras, una de las voces preeminentes de la Nouveau Roman. Influenciado por la escritura libre de Duras y en búsqueda de nuevos medios de expresión, más literarios e introspectivos, Resnais emplea una compleja estructura de flashbacks que gradualmente revelan el pasado y se introducen en el presente. Así, la atemporalidad no viene dada por el salto temporal al uso, sino por la simultaneidad derivada del montaje: el tiempo fílmico no coincide con el real de la historia, sino con el mental de la protagonista. Las analogías de las dos historias de amor, la del pasado en Nevers y la del presente en Hiroshima, se funden en un mismo tiempo psiconarrativo. «Ya han pasado catorce años. Casi no puedo recordar como eran sus manos. Pero del dolor aún me acuerdo un poco. Esta noche recuerdo como era. Pero llegará un día en que ya no recordaré nada», le dice la mujer al hombre.

Hermética y hecha de sombras fantasmagóricas, de discurrir hipnótico y fotografiada con grises delicados, el filme está escrito en prosa poética y posee diálogos tan profundos que rozan lo metafísico. Los dos actores, aquejados sus personajes de amor fou y dolor, están en estado de gracia y ofrecen unas interpretaciones de gran poder de concentración y afectación emocional, especialmente Emmanuelle Riva. Resnais, además, se sirve de breves e intensos primeros planos de rostros, los cuales cortan el ritmo narrativo pero buscan captar el mínimo detalle y el gesto preciso. El conjunto se completa con una banda sonora minimalista y sugerente que incluye un vals y casa perfectamente con las imágenes, habitándolas y viviendo a través de ellas. Mediante la imbricación de memoria y olvido, Resnais crea una de las historias de amor más bellas, tristes y enigmáticas del cine y, capaz de traspasar la esfera íntima de la pareja para asumir una visión ampliada de la tragedia colectiva, denuncia el horror de la guerra nuclear con la esperanza de que su toma de conciencia sirva para que no vuelva a repetirse. No menos importante resulta la catalogación de Hiroshima, Mon Amour, aún día de hoy, como un icono de la modernidad fílmica, permaneciendo esta inalterable después de transcurridos sesenta años desde su estreno. El debut de Resnais es, ineludiblemente, una obra maestra del cinéma d’auteur europeo.


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– Me das muchas ganas de amar – dice él.

– Tiemblo de haber olvidado tanto amor – dice ella.