LA EVASIÓN


Le Trou

Francia, Italia, 1960. 113 min. B/N

Dirección: JACQUES BECKER. Guión: José Giovanni, Jacques Becker, Jean Aurel (Novela: Jose Giovanni)Música: Philippe Arthuys. Fotografía: Ghislain Cloquet. Intérpretes: Philippe Leroy, Marc Michel, Michel Constantin, Jean Kéraudy, Raymond Meunier, André Bervil.


“La mejor forma de averiguar si puedes confiar en alguien es confiar en él”

(Ernest Hemingway)


Año 1947, prisión de La Santé, en el centro de París. Cuatro compañeros de celda tienen pensado fugarse: Roland Darban (Jean Kéraudy, al que le falta un dedo, que se interpreta a sí mismo), Manu Gorbilly, “el Corso” (Philippe Leroy, que encarna al verdadero álter ego de José Giovanni), Géo Cassine (Michel Constantin) y Vausselin, alias “Monseigneur” (Raymond Meunier). Un quinto preso, el joven Claude Gaspard (Marc Michel), acusado de intento de homicidio por parte de su mujer, se une a ellos tras ser transferido desde otro compartimento. El grupo decide confiar en él. Juntos, con gran minuciosidad y destreza en los actos que realizan, preparan y ejecutan una laboriosa evasión.



El influyente y no tan conocido Jacques Becker (1906-1960), ubicado entre la época dorada del cine francés de los años treinta y la Nouvelle Vague de finales de los cincuenta, realizó en 1960 una de las irrefutables obras maestras del cine; en palabras de Jean-Pierre Melville, “la película francesa más grande la historia”. El cineasta la rodó estando enfermo y manteniendo intacto su impulso creativo, aunque desgraciadamente falleció antes de finalizar el montaje definitivo, de lo que se encargó su hijo, el también director Jean Becker. El milimétrico guión de Le Trou  (“el agujero”, en el que viven y el que hacen los presos) se basa en el relato del multifacético José Giovanni (novelista noir, actor, guionista y director de cine) que narra un hecho real ocurrido en La Santé, donde él mismo participó (en la película como Manu Gorbilly, “el Corso”).

La Evasión es un canto a la amistad, la solidaridad, la supervivencia y las virtudes mostradas por los reclusos/héroes –meticulosidad, inventiva y capacidad de formar un colectivo con un fin común–, todos ellos valores superiores muy presentes en el cine de Howard Hawks. El ambiguo Gaspard, de educación burguesa y de costumbres distintas a las de los demás, nos ayuda a percibir la camaradería y el elevado sentido de la lealtad y la ética del grupo original, cuyos vínculos de unión y complicidad se demuestran y expresan en las miradas y gestos. Ellos son personajes duros y asociados al crimen y la ilegalidad (aunque no conocemos sus antecedentes y tampoco importa), pero con los cuales empatizas y llegas a compartir y sufrir sus esfuerzos, dificultades y ansías de libertad.



La Evasión nos permite verlo y oírlo todo; no hay música (salvo en los créditos iniciales) ni elipsis evidentes; todo acontece casi a tiempo real. Los actores (la mayoría no profesionales, otro vínculo con Bresson), a salvo casi imperceptibles fundidos (cuando liman los barrotes, por ejemplo), empiezan y acaban la acción delante tuyo. La Evasión es cine de no manipulación al espectador. Lo obvio y lo que otras películas desechan –la acción, la elaboración, la continuidad– aquí se convierte en materia primera y en algo necesario y esencial: el registro de paquetes, hacer cajas con cartones, fabricar artilugios (como ese “periscopio” que les permite controlar los movimientos del pasillo) o golpear el suelo insistentemente con una barra de hierro durante cuatro minutos con un plano fijo.

El “casi maniático” Becker, como él mismo se definía, próximo al rigor y la sobriedad formal de Bresson, despoja la escena de elementos accesorios y describe el entorno (limitado a celda, pasillo, subterráneo y despacho) desnudo y con precisión, haciendo sentir al espectador que la realidad que está viendo es tal cual, puramente “real”. Insólito en otro realizador, el francés logra que algo tan falto de énfasis dramático y estilístico capture nuestra atención (también Ozu), tenga ritmo y transmita incertidumbre y una tensión inacabable y prodigiosa, emocionando desde la contención, como cuando las manos de Géo Cassine y Roland se encuentran tras quedar sepultado el primero, en una secuencia impresionante.



La película más brillante del cine carcelario, de la que bebe Jean-Pierre Melville y, en general, el polar o policíaco francés de los años sesenta y setenta, ha sido comparada con la más trascendental y poética Un Condamné à Mort s’est Échappé ou Le Vent Souffle où il Veut (Robert Bresson, 1956) –el otro tótem del subgénero–, precisamente por ese empeño en la pulcritud del detalle; sin embargo, Le Trou está más relacionada con el robo de la joyería de Rififi (Jules Dassin, 1955). La obra póstuma de Jacques Becker, con un final tan sorprendente como gélido y desgarrador, es un filme atemporal y que permanece intacto, seguramente por ser una película de ideas (como Pickpocket) y no tan ideológica o de una época (como À Bout de Souffle). Todo en ella supura autenticidad, perfección y sensación de plenitud. Melville, pasados sesenta años, continúa teniendo razón.

“Pobre Gaspard”, dirá Roland. Inolvidable.



 “Controlar la precisión.
Ser yo mismo un instrumento de precisión”

(Robert Bresson. Notas sobre el Cinematógrafo, 1975)