LA MIRADA DE ULISES


To Vlemma tou Odyssea

Grecia, Francia, Italia, Alemania, 1995. 176 min. C

Director: THEO ANGELOPOULOS. Guión: Theo Angelopoulos, Tonino Guerra, Petros Markaris. Música: Eleni Karaindrou. Fotografía: Yorgos Arvanitis. Intérpretes: Harvey Keitel, Maia Morgenstern, Erland Josephson, Yorgos Michalakopoulos, Thanassis Vengos, Dora Volanki, Giorgos Konstas, Thanos Grammenos.


«Cuando regrese, lo haré con las ropas de otro, con el nombre de otro. Nadie me esperará. Si me dijeras que no soy yo, te daría pruebas y me creerías. Te hablaría del limonero de tu jardín, de la ventana por donde entra la luz de la luna, y de las señales del cuerpo. Señales de amor. Y cuando subamos temblorosos a la habitación, entre abrazos, entre susurros de amor, te contaré mi viaje, toda la noche, y las noches venideras. Entre abrazos; entre susurros de amor.
Toda la aventura humana. La historia sin fin»

(«A»/Harvey Keitel)


Los hermanos arumanos Yannakis (1878-1954) y Miltos (1882-1964) Manakis, pioneros de la fotografía y cinematografía en el sureste de Europa, rodaron en 1905 los primeros fragmentos de cine de los Balcanes: Las Hilanderas, donde se ve a las tías de los Manakis y a la abuela, de 114 años, hilando y tejiendo lana en Avdella, un pueblito del viyalet otomano de Monastir (actual Bitola, Macedonia del Norte), su lugar de origen. Entre otros acontecimientos (fiestas locales, bodas, revoluciones) también filmaron las visitas a la región de Mohammed V (1911), Pedro I y el príncipe Alejandro de Serbia (1913) y el rey Constantino I y el príncipe Pablo de Grecia (1918). Lo más interesante de su cine es que sus imágenes, –fundacionales–, fijan el parentesco de los elementos culturales y subrayan los comportamientos comunes a los diferentes pueblos de la península balcánica, algo incompatible con las reivindicaciones nacionalistas que se desarrollaban dentro de las fronteras surgidas durante la desintegración del Imperio Otomano (1908-1924), incluidas las que provocaron las primeras guerras de los Balcanes (1912-1913).

El filme de Angelopoulos (Atenas, 1935-2012) La Mirada de Ulises comienza con cuatro planos sucesivos de Las Hilanderas. Una voz en off comenta que se trata de la primera película de Yannakis y Miltos Manakis y la primera de Grecia y los Balcanes; acto seguido se pregunta: «Pero, ¿es cierto? ¿Es la primera película? ¿La primera mirada?». Estas interrogaciones son el artefacto que conexiona, en ese preciso momento, el relato que integra la práctica totalidad de La Mirada de Ulises. La segunda entrega de la trilogía sobre el Viaje y las Fronteras, fulminante obra maestra de la modernidad, es la que mejor compendia el universo de Angelopoulos, el último gran cineasta de los llamados «metafísicos» o «espirituales» (el otro sería Béla Tarr). La Mirada de Ulises está inspirada en La Odisea de Homero, poema del que toma algunos elementos simbólicos y narrativos, y se sirve de un guión coescrito por el italiano Tonino Guerra, colaborador de otros ilustres como Antonioni, Fellini, De Sica, Rosi y TarkovskyTo Vlemma tou Odyssea. Una historia de búsqueda y de percepción; de geografía, creencia y dolor. La Historia sin fin.



Vieja Europa, años 90. Exiliado en Estados Unidos, el director de cine nombrado «A» (Harvey Ktel, álter ego de Angelopoulos: «¿Por qué ‘A’? Es una elección alfabética, autobiográfica. Todo director recuerda la primera vez que miró por el visor de una cámara. Es un momento que supone no ya el descubrimiento del cine, sino del mundo») regresa a su Grecia natal para viajar por el Este de Europa con el propósito de encontrar, en alguna cinemateca de la ex-Yugoslavia, tres supuestas bovinas extraviadas y aún sin revelar rodadas por los hermanos Manakis a principios del siglo XX (unas imágenes que serían anteriores a las de Las Hilanderas). Tras un breve prólogo en Tesalónica, el punto de salida es Florina, donde «A» proyecta su último filme (que es –o parece ser– El Paso Suspendido de la Cigüeña –la película que Angelopoulos realizó justo antes de La Mirada de Ulises–). «Había soñado que éste sería el final de mi viaje y, sin embargo, mi final es mi principio». Esta frase de «A» corrobora la idea de que su particular Odisea, tras años de exilio, ha acabado. Y es que para Angelopoulos, la patria, la imaginaria Ítaca, es un punto de partida y no de destino.

La segunda Odisea del moderno Ulises –la que nos cuenta Angelopoulos en pos del primer filme balcánico y la mirada perdida– es la que le lleva a recorrer los paisajes ásperos y derruidos de la península balcánica, desde la frontera albanesa, llena de refugiados, pasando por Bitola (antigua Monastir, lugar de origen de los Manakis) y Skopie (Macedonia del Norte); la frontera de Bulgaria; Bucarest y Constanza (Rumanía) y Belgrado (Serbia), hasta llegar a la mítica y trágica ciudad de Sarajevo (actual capital de Bosnia-Herzegovina). Durante el azaroso Viaje, «A» conoce diferentes personajes que le ayudarán a alcanzar su destino, entre ellos el conservador de la Filmoteca de Sarajevo Ivo Levy (interpretado por el bergmaniano Erland Josephson, en un papel destinado al fallecido durante el rodaje Gian M. Volonté, a quien Angelopoulos le dedicó la película) y cuatro mujeres que se relacionan con las del poema de Homero: Penélope, Calipso, Circe y Nausica (todas ellas encarnadas por la misma actriz, Maia Morgenstern). Al tiempo, el director en la ficción evoca la memoria, la personal e íntima, pero también la colectiva, la de un pueblo devastado a causa de continuos enfrentamientos, inscritas ambas en la Historia (la de los Balcanes del siglo XX).



«A», según Angelopoulos «un director que ha comenzado a dudar de su propia capacidad para ver las cosas», sólo puede reencontrarse a sí mismo contemplando las imágenes irreveladas del cine germinal, porque «el alma, si debe conocerse a sí misma, tiene que observar el alma», como dice la cita de Platón que abre el filme. «A» necesita de un espejo para reconocerse y alcanzar la verdad: la primera mirada de los Manaki, la anterior a los conflictos y el caos moral. Símbolo de la derrota y desesperación del ser humano de fin de siglo, el trasunto de Angelopoulos no pierde, no obstante, la esperanza de resucitar dichas imágenes, las cuales considera primordiales para restaurar la inocencia de la primera mirada, metafóricamente la de Ulises, donde está contenida toda la aventura humana y sólo puede vislumbrarse en la experiencia del Viaje, un viaje concebido –parafraseando a Paul Morand– como una nueva vida, con un nacimiento, un crecimiento y una muerte, que nos es ofrecida en el interior de la otra. «En el principio Dios creó el viaje», dice un personaje con un verso de Yorgos Seferis. «Y después la duda y la nostalgia», responde «A», con palabras de Angelopoulos. «El viaje es para mí la única manera de descubrirme a mi mismo [de volver al origen]. Todo lo que he aprendido lo he hecho en mis viajes por el interior de Grecia», afirma el autor.

Al final, en la bombardeada Sarajevo (fin del periplo), el fatigado «A» podrá desvelar –o no– el contenido de la mirada cuya búsqueda le ha impulsado en tan largo viaje; podrá confrontar una mirada regeneradora, de vida, y otra mirada impotente, asociada a la muerte y la destrucción. Sólo él sabrá el resultado, porque para nosotros se acaba la película. Ulises llora desconsolado ante la pantalla; unas lágrimas polvorientas que resumen su epopeya, su utópica y metafórica búsqueda de redención. Mientras, entona el poema de amor y horror que encabeza el texto.


«En el camino te pierdes y terminas solo, atraviesas todas las versiones del viaje, de la más literal a la más metafórica, 
del viaje de vuelta al viaje utópico, de paso hacia un allí, un otro lado o un ningún lado»

(Theo Angelopoulos)



El work in progress –finalmente de trece largometrajes– de Angelopoulos es un itinerario mítico y sereno que insta al espectador a una reflexión sobre el sentido de la Historia, la civilización, la herencia cultural y la definición del cine como forma de preservar un conocimiento, reproducir el proceso y actuar como receptáculo de la memoria: «Las filmotecas son colecciones de miradas ausentes», afirma Ivo Levy. Su cine, dueño de una caligrafía y autonomía expresiva singular y maestra, es de puesta en escena, parsimonioso y básicamente coreográfico, alejado del montaje, la fragmentación y los primeros planos. En La Mirada de Ulises se dan cita algunos de los planos-secuencia más memorables de su filmografía, como el del principio en el puerto de Salónica, donde asistimos a la muerte del pionero Yannakis Manakis, a pie de cámara, mientras rueda la salida de un barco azul en el invierno de 1954; o el de la evocación de la fiesta familiar en Constanza (1945-1950) (de 12 min.). En ambos casos, Angelopoulos vuelve a hacer que coexistan dos tiempos diferentes en el mismo espacio de representación, convocando al unísono, con precisión y asombrosa destreza, pasado y presente. Otro plano inmenso es el trayecto de «A» por el Danubio hasta Belgrado en una gran barcaza que transporta una desmembrada y colosal estatua de Lenin, imagen que sintetiza una poética de la derrota, la del comunismo, la de la Vieja Europa. «Por las esperanzas rotas. Por el mundo que no cambió, a pesar de nuestros sueños», brindan «A» y su amigo serbio.

El director de La Eternidad y un Día crea cuadros, por los que pasa el tiempo y deambulan errantes los personajes, que entran y salen del cuadro dejándolo de nuevo en su pura significación de cuadro, atribuyéndose así calidades pictóricas a la escena. La fotografía invernal, húmeda y neblinosa, de Yorgos Arvanitis recuerda a la del famoso camarógrafo Carlo Di Palma en El Desierto Rojo, de M. Antonioni, uno de los directores preferidos de Angelopoulos. «La niebla es una fiesta; ¡celebrémoslo!», dice Ivo Levy en la horrorífica Sarajevo. La hermosa e imprescindible música de la compositora griega Eleni Karaindrou, que inunda el corazón de emoción y melancolía, acompaña la odisea de «A» por unos escenarios donde la guerra ha dejado huella.



Vlemma tou Odyssea (Ulysses’ Gaze), de Theo Angelopoulos, es una película densa, compleja y de gran belleza formal, de experiencias e impresiones; una que escarba en las raíces, los orígenes y los misterios y abraza el sentimiento de pérdida con ecos legendarios. Lección de Cine, de Historia y de sabiduría.


«El tiempo es el cuerpo y el lugar de la Historia; la memoria es la forma humana del tiempo»

(Barthélemy Amengual)