EL DESIERTO ROJO


Il Deserto Rosso

Italia, Francia, 1964. 117 min. C

Dirección: MICHELANGELO ANTONIONI. Guión: Tonino Guerra, Michelangelo Antonioni. Música: Giovanni Fusco, Vittorio Gelmetti. Fotografía: Carlo Di Palma. Intérpretes: Monica Vitti, Richard Harris, Aldo Grotti, Carlo Chionetti, Rita Renoir, Xenia Valderi.


«Un autore non può che essere un straneo in una terra ostile»

(Pier P. Pasolini)


Michelangelo Antonioni (Ferrara, 1912-Roma, 2007), como Jean-Luc Godard, es un superviviente de una época, la de un cine en el que todavía se podía conjugar la experimentación entusiasta con la palabra pensada. Antonioni es un autor fundamental dentro del cine europeo del siglo XX. Cooperó con directores de la talla de Roberto Rossellini o Federico Fellini, entabló un diálogo radical con las formas estéticas y sus guiones pueden leerse como intelectuales y valiosas piezas literarias.

Tras La Aventura, La Noche y El Eclipse, Antonioni realizó El Desierto Rojo, que supuso su décima película y primera coloreada, para algunos –no para todos– el declive inicial de su prestigio. Los cuatro títulos componen su grupo de filmes dedicados a la geografía sentimental, la incomunicación y las mutaciones del hombre contemporáneo. Según el cineasta: «Desde su nacimiento, el hombre se encuentra abrumado por un bagaje de sentimientos. No digo que sean viejos o caducos, sino inadecuados, que le condicionan sin ayudarle. Los sentimientos no son falsos ni justos, mudan mientras las palabras permanecen. El conflicto surge porque, en el ser humano, no se transforman al mismo tiempo ni de la misma manera, no son duraderos y carecen de leyes. Son frágiles, insidiosos, reversibles».



El Desierto Rojo es una película única por su riqueza caligráfica y de imagen, especialmente por el uso expresivo y alegórico que hace del color (algo que tiene en común con Gritos y Susurros). Antonioni reinventa el lenguaje y significado de los colores sin limitarse a fotografiar los de la naturaleza. Como sugiere Matisse: «Para un mismo objeto no existe un color fijo. Los azules no son siempre el cielo ni los verdes siempre árboles». El filme se mueve en el interior de sus personajes pero centra su mirada en lo exterior, en lo externo de una realidad modificada, ya no sólo por el color, sino también por los encuadres atípicos y las formas geométricas, idea que entronca con la del arte que expresa M. Vargas Llosa: «El arte no es la vida, es ‘otra’ vida, recreada y esencialmente distinta de aquella en que estamos inmersos». Los colores en El Desierto Rojo son fríos, neutros y de tonalidad hospitalaria –excepto el efímero rojo brillante que enmarca la escena de la cabaña, un espejismo para Giuliana– y resultan definitorios de los cambios emocionales de la mujer.

El maestro de Ferrara, aficionado desde siempre a la pintura, plantea el conflicto tanto en el plano psicológico como plástico, tanto en el fenomenológico como en el existencial: «Tú te preguntas qué has de mirar, yo me pregunto cómo hay que vivir; en el fondo es lo mismo», le dice Corrado a Giuliana. Antonioni pinta un universo industrial que contamina la neurosis de los personajes, siluetas inanes que quedan relegadas al fondo del cuadro. Su pictorialismo self-conscious recuerda a la paleta de Matisse, al expresionismo abstracto de Rothko y al informalismo objetual de Burri y Morandi. También a las pinturas metafísicas de Giorgio de Chirico. Y al geómetra Piero della Francesca, pintor del silencio y la quietud.



El Desierto Rojo es cine denso y hermético, de mirada pausada y netamente autoral. Il regista della donna construye un episodio en la vida de la burguesa Giuliana (de nuevo Monica Vitti, por entonces pareja y musa de Antonioni). De figura lánguida y mueca de hastío, Giuliana, que tiene un hijo paralítico de cuatro años (Valerio Bartoleschi) y está convaleciente de una crisis anímica producida después de sufrir un grave accidente de circulación, queda atrapada entre dos hombres: su marido Ugo (Carlo Chionetti), ingeniero electrónico de una factoría industrial, y el seductor ingeniero de minas forastero, Corrado (Richard Harris), con quien la mujer cree poder encontrar una salida a su inestabilidad emocional.

La trama se desarrolla en el extrarradio de la portuaria e invernal ciudad italiana de Rávena. Michelangelo Antonioni muestra un paisaje fabril alienante y fétido; una especie de campo de concentración desolado donde se destruyen conciencias. Porque en El Desierto Rojo, el mundo cotidiano se ha convertido en un bosque de hierro y está enfermo; el agua y la tierra, elementos imprescindibles del proceso productivo, están envenenadas; los tubos de acero y conducciones, nuevas arterias de la modernidad, están oxidados y resultan amenazadores. Todo está muerto o deshumanizado como los personajes y las relaciones humanas, frívolas y carentes de calidez.


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Y en medio está la insatisfecha Giuliana, incapacitada para mantener relaciones normales con su entorno: «Hay algo terrible en la realidad y no sé qué es». Una mujer que representa la salud intuitiva y natural, pero que deambula traumatizada; que quiere reaccionar y buscar amor y respuestas, pero sólo encuentra sexo; que su mayor miedo es tener miedo; que no puede hallar libertad ni sentir la vida. Es la mirada de Giuliana la de la cámara del Antonioni pintor y escultor, más arquitecto en La Aventura, La Noche y El Eclipse. Ella descubre el simulacro de la ficción burguesa y contempla aquel mundo en descomposición a través del deseo regenerador y el dolor. Es Giuliana mártir de su propia obsesión y un ser-para-la-muerte, alguien marcado por la conciencia de su finitud.

El Desierto Rojo se erige, de esa forma, en un ensayo entre poético y filosófico sobre el vacío existencial, la tristeza interior, la desnaturalización del mundo y la complejidad e inserción de la mujer en la sociedad moderna. Según Antonioni: «Esta vez no se trata de una película sobre sentimientos. La neurosis que he querido describir tiene que ver sobre todo con la cuestión de la adaptación. Lo que provoca la crisis del personaje es la diferencia incurable, el desfase entre su sensibilidad, su inteligencia, su psicología y el ritmo que se le impone. Es una crisis que no afecta sólo a las relaciones epidérmicas con el mundo, la percepción de los ruidos, de los colores, de la frialdad de las personas que la rodean, sino todo su sistema de valores (educación, moral, religión) ya superados que no sirven para sostenerla. Ha de renovarse completamente como mujer. La película es, en cierto sentido, la historia de este trabajo».



«La madre ha de contarle una historia al hijo, pero él ya conoce todas las que ella sabe. Por lo tanto, ha de inventar una. Considerando la psicología de Giuliana, me parece natural que para ella esa historia se convierta -inconscientemente- en una evasión de la realidad que la rodea, una fuga hacia un mundo en el que los colores son los de la naturaleza. El mar es azul, la arena rosa. Incluso los colores asumen una forma humana, la abrazan y cantan dulcemente»

(Michelangelo Antonioni. Para mí, hacer una película es vivir, 1994)