PAISAJE EN LA NIEBLA


Topio Stin Omichli 

Grecia, Francia, Italia. 1988. 120 min. C

Dirección: THEO ANGELOPOULOSGuión: Theo Angelopoulos, Tonino Guerra, Thanassis ValtinosMúsica: Eleni Karaindrou. Fotografía: Giorgos Arvanitis. Intérpretes: Tania Palaiologou, Michalis Zeke, Stratos Tzortzoglou, Vasilis Kolovos, Ilias Logothetis, Mihalis Giannatos, Eva Kotamanidou, Vangelis Kazan, Stratos Pahis, Aliki Georgouli, Vasilis Bouyiouklakis, Kiriakos Katrivanos, Nikos Kouros, Giannis Fyrios, Grigoris Evangelatos, Vasia Panagopoulou, Toula Stathopoulou, Nadia Mourouzi.


“El tiempo parece no importaros, pero tenéis prisa por iros. Parecéis viajar sin rumbo, pero vais a algún sitio

(Orestes, a los niños)


Voula (Tania Palaiologou) y Alexandros (Michalis Zeke), dos hermanos de unos doce y seis años de edad aproximada, emprenden un viaje por el norte de Grecia con la intención de llegar a Alemania para buscar a su padre, al que no conocen y anhelan. Pronto sabremos que ni tan siquiera existe. Por el camino, más propio de una epopeya homérica moderna, descubrirán el bien, el mal, el amor, la muerte, la verdad, la mentira, la generosidad y la amenaza. Decisivo resulta el encuentro con el bondadoso Orestes (Stratos Tzortzoglou), un joven que trabaja para una compañía de actores, y el más desgraciado con un camionero perverso, cuyo momento es el más crudo de la película –especialmente para Vouda– y de toda la filmografía de Angelopoulos.



Por contra, el final –también del pesaroso viaje– es uno de los más hermosos y poéticos de la historia del cine: bajo la bellísima partitura de Eleni Karaindrou, en un paisaje celestial y envuelto de densa niebla, son los dos hermanos caminando de la mano hacia un árbol, a cuyo tronco se abrazan, como formando parte de él. Metáfora de esperanza y renovación. Quizás de autoconstitución identitaria ante la ausencia del padre, que ahora simbólicamente es el árbol: el árbol de la Creación. Quizás sólo un sueño.


“ – Duérmete. – ¿No me cuentas nuestro cuento? – ¿Otra vez? …  Al principio fue el caos. Luego se hizo la luz. Después la luz se separó de las tinieblas, la tierra del mar. Nacieron los ríos, los lagos y las montañas. Y después las flores y los árboles, los animales y los pájaros”

(Voula, a su hermano, al principio de la película)



Con Paisaje en la Niebla (1988), como antes con Viaje a Citera (1984), la obra de Angelopoulos, siempre unida a la Historia de su país y a los límites fronterizos como lugares de exclusión y alejamiento, se abre al tema de la figura paterna y su vacío. Ambas películas narran un viaje, en Paisaje en la Niebla como una experiencia iniciática de dos niños, a los que su madre llama “hijos del azar”. Y una búsqueda: la de un padre; una búsqueda que, según el director, “significa encontrar la identidad propia en la vida”, palabras que se relacionan con el problemático estado de la identidad cultural de Grecia, esplendorosa en la Antigüedad y ahora pintada por Angelopoulos fría, húmeda y de color gris, como moribunda y sin alma.

Como es habitual en el resto de las películas del griego, la caligrafía de Paisaje en la Niebla se articula por medio de largos y sinuosos planos-secuencia exquisitamente ejecutados, en los que la cámara se mueve siguiendo un ritmo poético y sereno, transmitiendo el sentimiento de la mirada del artista y convirtiendo el tiempo y el espacio en algo mágico (sobre todo en la escena donde los secundarios quedan inmovilizados mientras contemplan cómo nieva). Paisaje en la Niebla, sin llegar a la altura de sus dos obras maestras, La Eternidad y un Día y La Mirada de Ulises, supone una de las joyas de Angelopoulos, si acaso las más melancólica, emotiva y cercana al espectador. El cineasta confesó que la hizo para sus hijos.



“Un viaje es una nueva vida, con un nacimiento, un crecimiento y una muerte, que nos es ofrecida en el interior de la otra”

(Paul Moran)