ELISA, VIDA MÍA


Elisa, Vida Mía

España, 1977. 117 min. C

Director: CARLOS SAURA. Guión: Carlos Saura. Música: Giorgio Mainiero. Fotografía: Teo Escamilla. Intérpretes: Geraldine Chaplin, Fernando Rey, Isabel Mestres, Norman Briski, Joaquín Hinojosa, Ana Torrent.


“¿Es posible que, a pesar de inventos y progresos, a pesar de cultura, religión y sabiduría mundana, se haya permanecido en la superficie de la vida?”

 (Rainer Maria Rilke)


En plena crisis matrimonial, Elisa viaja para reencontrarse con su padre, al que no ha visto desde hace veinte años, ya que abandonó el hogar cuando ella era aún una niña. Luis, de 60 años, vive retirado en un pueblo perdido y frío de Segovia (mismo contexto que El Espíritu de la Colmena) y se dedica a escribir relatos a partir de sus recuerdos y reflexiones. Elisa decide quedarse a vivir unos días. Es entonces, con base en las historias contenidas en los textos, cuando la relación entre padre e hija, llena de encuentros y desencuentros, a veces tan enfermiza, a veces tan llena de amor, empieza a hacerse cada vez más profunda, contradictoria y ambigua.



Elisa, Vida mía, además de una de las películas más emblemáticas y misteriosas de Carlos Saura, también es una de las más personales y queridas por el director, quizás por ser la que mejor representa su modo de ver la vida. Producida por Elías Querejeta y escrita por él mismo, es una obra íntima e intimista, madura, poética y llena de sensibilidad, que deja de banda el franquismo para indagar en la idea del abandono y en las diferentes maneras que tiene el ser humano de encontrarse consigo mismo (al caso, padre e hija, que buscan su propia identidad, a través del aislamiento, de la soledad). A partir de la idea de la familia como generadora de traumas, Saura aborda temas tan complejos y atemporales como el vínculo paterno-filial, la incomunicación entre seres queridos, las relaciones de pareja, la soledad (como inhibición), los recuerdos, el poder de la imaginación y el proceso creativo, con continuas referencias a la literatura y al arte.

Fernando Rey (Premio de Interpretación del Festival de Cannes), como padre y escritor enfermo y melancólico, y Geraldine Chaplin (pareja y actriz fetiche del director), como hija hipersensible y desorientada, heredera de sus fantasmas y obsesiones, están impresionantes en el extraño juego de confidencias y desdoblamiento y transmutación de personalidad al que se someten. Dos seres solos encerrados en un espacio único (un caserón rural y sus alrededores) y asfixiados por la confusión existencial y sus fobias, añoranzas, resentimientos y contradicciones. Más próximo a Bergman (imposible no pensar en Persona) que a Buñuel, el oscense trabaja desde el mismo grado de introspección que el sueco, metiéndose dentro de los personajes y haciendo que sean ellos quienes reflexionen constantemente sobre si mismo y sus relaciones.



La complejidad en el trasfondo también alcanza a la forma, fruto de una narrativa fragmentada que, en ocasiones, concede un clima onírico a la película. El director de La Caza y Cría Cuervos mezcla dos puntos de vista, el del padre y la hija, y tres tiempos narrativos: el presente (el momento actual juntos), el pasado a través de flashbacks (sus vivencias, con la misma Geraldine interpretando a su madre) y el momento de la fantasía, que son los textos que Fernando Rey va escribiendo. La fotografía, evocadora, se aprovecha de la luz natural y hace gran uso de los claroscuros y de los exteriores otoñales de la meseta castellana. La música es clásica y delicada, incluyendo la ópera barroca de Jean-Philippe Rameaude y el piano triste de Erik Satie, los cuales se acomodan al ritmo pausado y contemplativo del filme.

Elisa, Vida Mía es un ejemplo de saber filmar y hacer, de genio y personalidad, de cine español de calidad. Una película que inunda el corazón de melancolía, con predilección por la fascinación y el hechizo. Carlos Saura parece decirnos que la vida no es sólo lo que uno vive, sino lo que uno imagina, a veces tan importante como lo realmente vivido. Elisa, Vida Mía, tan rica en significado e inasible en sus enigmas, es también el título de la novela escrita por Saura veintisiete años después de llevarla al cine. “Es un intento de reencontrarse a sí mismo, una reflexión sobre la vida”, dice el autor.



He vuelto al mismo camino de álamos

y me ha detenido una estela invisible.

Olía a tomillo y a cuerpo muerto.

Se oían los suaves vaivenes de las hojas

y algunos ecos del cercano huerto.

Tú me esperabas abstraído,

paseando entre memorias del pasado.

La silla, la mesa, el armario

en la penumbra de la habitación

parecían fantasmas alterados.

Los pájaros simulaban tu voz,

las pisadas las desvanecía el viento.

La vieja Olivetti, plegada en la siesta

soñaba con tus manos.

Ávida de manjares imposibles

una mosca cojonera descascarillaba el vaso.

En el lienzo de las nubes

                                                          la luz del alba

bosquejaba frágiles figuras,

manchas sobrenaturales

que se diluían como regueros sedientos.

¡Elisa, vida mía! ¿A dónde te fuiste?

Has vuelto al caserío de Fuencisla

revestida de inaccesible sima,

atrapada en músicas tristes de Satie,

en requiebros lúgubres y abstractos.

Las cuartillas se funden en lágrimas,

una cortina de latidos se escapa

en busca del consuelo de tus ojos.

Oigo palabras que te identifican,

veo a tu sombra prolongarse

                                                en la sombra del agua,

vaivenes de rumores que hablan por ti,

pero se escapan como esas notas musicales

del viejo piano emitiendo lamentos

de fantasmas que apenas nos oyen.

Ahí fuera permanece el eclipse,

tu rostro oculto en mi penumbra.

¿O es mi máscara quien te cubre?

¡Qué más da! ¡Estás a mi lado!

formas parte de los ecos de la fuente

de sonidos y cánticos que confunden

y reconfortan mi corazón enfermo.

Quizá Carlos conoce al narrador de historias,

desterrado en el cuarto de trabajo.

El zoom de su cámara enfoca

la mirada ausente de un niño

salpicando briznas de épocas pasadas

¿Sueño o me sueña a mi?

En la oscuridad del rincón se esconde la clave.

Me da miedo acercarme.

Soy el Cobarde del teatro de títeres.

Pobre Elisa, se quedó sin amores.

Pobre papá, fantasma del rincón

que nadie ha visto y nadie conoce.

En silencio, confundiendo los actores,

has escrito una bella historia de amor,

enterrada en un camino sin flores.

(Poema dedicado a Elisa, Vida Mía, de Antonio García-Rayo)