LA PASIÓN DE JUANA DE ARCO


La Passion de Jeanne d’Arc

Francia, 1928. 110 min. B/N

Director: CARL THEODOR DREYER. Guión: Carl Theodor Dreyer, Joseph Delteil. Música: Película muda. Fotografía: Rudolph Maté, Goestula Kottula. Intérpretes: Renée Jeanne Falconetti, Eugene Silvain, Maurice Schutz, Michel Simon, Antonin Artaud, André Berley.


“Sólo a Dios me remito. Y en lo que toca a mis visiones, no acepto el juicio de ningún hombre”

(Juana de Arco)


Carl Th. Dreyer basó La Pasión de Juana de Arco en las actas originales del proceso celebrado en Rouen a principios de 1431 y en el libro “Jeanne d’Arc” del escritor Joseph Delteil, que también participó en el guión. Cuando los ingleses y borgoñeses se disponían a atacar la ciudad de Orleans en 1428, el príncipe Carlos, primogénito de Carlos VI de Francia, accedió a confiar a la campesina y piadosa Juana, de diecisiete años de edad, un ejército de cinco mil hombres para resistir. El éxito de su misión cambió la suerte de Francia en la Guerra de los Cien Años y ayudó a coronar como rey a Carlos. Posteriormente, fue capturada por el enemigo y un tribunal eclesiástico la juzgó y mandó a la hoguera por blasfema y hereje.

La Pasión de Juana de Arco se ciñe al proceso inquisitorial, centrándose en la angustia de Juana de Arco y en el despotismo de sus acusadores, que la sometieron a un interrogatorio confuso y terrible durante tres meses con la intención de convencerla para que negara ser la enviada de Dios. Considerada una mártir y convertida en el símbolo de la unidad francesa, fue beatificada en 1909 y canonizada en 1920, año en que Francia la proclamó su patrona. Dreyer realizó la película ocho años después.



La Pasión de Juana de Arco es un espécimen único en la historia del séptimo arte. Dreyer halló un lenguaje visual y narrativo insólito, no adscrito a corriente fílmica alguna. El director decía: “Nada en el mundo puede compararse con el rostro humano. Es una tierra que uno nunca se cansa de explorar”. La Pasión de Juana de Arco es el cenit de esa creencia, pues se apoya en el uso obsesivo de intensos primeros planos de rostros (gesticulaciones, miradas), especialmente el de Juana, en cuyos rasgos faciales y ojos húmedos se revelan los sentimientos del alma y la actitud ante el sufrimiento, sin perder nunca la santidad.

Dreyer pensó en Lilian Gish como protagonista, pero quedó cautivado ante la impresionante expresividad de Renée Jeanne Falconetti, una joven actriz que procedía del teatro de variedades. Falconetti nunca realizó otra película: consideraba que aquella experiencia ya colmaba su ambición cinematográfica. Fiel a su idea de llegar a la verdad estética y psicológica de los personajes, Dreyer le negó el maquillaje (se le ven hasta las pecas), le rapó el pelo en pantalla y la sometió a tortuosos ensayos obligándola a mirar intensamente a la cámara, exponiendo todo el patetismo de una mujer ultrajada y condenada a una muerte injusta.



Obra maestra del cine silente en los albores del sonoro, La Pasión de Juana de Arco fue un fracaso comercial en su momento y sufrió con saña la censura, hasta que en 1985 pudo ser restaurada por la Cinemateca Francesa. Cine de inmersión total, de una austeridad extrema. El director de Dies Irae rechazó cualquier indicio de espectáculo épico o frívolo y vació el encuadre de ornamentos accesorios, sumergiéndose plenamente en la introspección moral y espiritual de Juana y materializando algo extraordinario, sublime y trascendente.

La película se condensa en un solo día y está filmada en pocos interiores (sala del tribunal, celda de la prisionera), con un empleo prolongado de picados y contrapicados, imágenes descentradas e inclinadas y poderosos juegos de luz y sombra, lo que confiere sensación de claustrofobia. Además de la inolvidable interpretación de Falconetti destaca el impecable trabajo del decorador Herman Warm, figura destacada del expresionismo alemán, y del operador de fotografía y después director Rudolph Maté. El dramaturgo Antonin Artaud encarna su mejor papel cinematográfico, el del compasivo hermano Jean Massieu.



Poema místico o sinfonía de caras, La Pasión de Juana de Arco ostenta una belleza subyugante y estremecedora. Película de culto e inmortal. El danés da una lección de cine hecho desde los cimientos: con la imagen aniquilando la palabra.