DEL ROSA… AL AMARILLO


Del Rosa… Al Amarillo

España, 1963. 88 min. B/N

Director: MANUEL SUMMERS. Guión: Manuel Summers. Música: Antonio Pérez Olea. Fotografía: Francisco Fraile. Intérpretes: Cristina Galbó, Pedro Díez del Corral, José Vicente Cerrudo, Lina Onesti, María Jesús Corchero, Valentín de Miguel, Pilar Gómez Ferrer, Antonio D. Olano.


Tu vida para mí
es solamente un tormento,
tu vida para mí
hizo nacer mi penar

Por qué te conocí
si causas mi sufrimiento,
por qué te conocí
si era feliz sin amar

(¿Por qué te conocí? – Ricardo Gabi)


El ecléctico e infravalorado Manuel Summers, discípulo de Berlanga y más conocido por la comedia satírica y por ser el padre del vocalista de Hombres G, decía que quería ser director de cine, no para crear «obras maestras», sino para hacer las películas que le gustaban y deseaba ver en los cines, pero que no encontraba. Algunos piensan que su mejor filme es Juguetes Rotos (1966), un bohemio y emotivo documental sobre el olvido, y otros que es Me hace falta un bigote (1986), con claras reminiscencias de Del Rosa… al Amarillo. No obstante, es esta última, su inclasificable ópera prima realizada en 1963, la que reúne unas condiciones que la hacen especial y la convierten en una auténtica rara avis del cine español. En primer lugar, por ser la película inaugural, y una de las más exitosas a pesar de su bajo presupuesto, del llamado Nuevo Cine Español. En segundo lugar, por lo original e insólito de su propuesta y estructura de guión. Y por último, por ser una de las más bellas, líricas y personales de nuestro cine.



Del Rosa… al Amarillo son dos historias independientes y consecutivas separadas por la experiencia de la vida y sólo conectadas por el nexo del amor, un amor puro y platónico, maravilloso y a la vez doloroso, que se desarrollan en dos etapas vitales: el final de la infancia y principio de la adolescencia, y la vejez, cuando también está permitido enamorarse de nuevo y con la misma ilusión e inocencia de un niño. La primera historia, el «rosa» –de casi una hora de duración y emparentada con la mirada de Truffaut y Vigo–, aborda el nacimiento del primer amor del imaginativo Guillermo (Pedro Díaz del Corral), de doce años de edad, con la bella Margarita (Cristina Galbó), de trece, quienes pertenecen a la misma pandilla de amigos de un barrio acomodado de Madrid y se enviarán cartas de amor durante la separación que les impone el verano. La segunda, «el amarillo» –mucho más breve y más afín a La Tía Tula, por ejemplo–, trata un amor prohibido y crepuscular, si bien no menos ingenuo que el anterior, entre Valentín (José Cerrudo) y Josefa (Lina Onesti), dos ancianos, de ochenta y cinco y sesenta y tres años, respectivamente, que malviven en un triste asilo de Toledo gestionado por monjas. También ellos se cruzan cartas de amor, y miradas de ternura en la capilla, el único lugar donde pueden estar cerca ya que viven separados en diferentes módulos.

El proyecto inicial de Del Rosa… al Amarillo era, sin embargo, contar tres historias: el primer amor, el amor en la mediana edad y el amor en las postrimerías de la vida. Al final, por cuestiones económicas y de tiempo, el realizador de la popular, en su momento, «trilogía de la cámara oculta» decidió reducirlo a dos, rodándose el episodio intermedio al año siguiente y convirtiéndose en la segunda película de Manuel Summers, titulada La Niña de Luto y protagonizada por María José Alfonso y Alfredo Landa y cuyo tema de fondo es la existencia y costumbre de llevar luto riguroso durante meses con todas las consecuencias que eso lleva consigo. No es casualidad, por lo tanto, que en el mencionado filme los papeles de los abuelos estén encarnados por los mismos actores que interpretaron el segundo segmento de Del Rosa… Al Amarillo, pero mientras el abuelo José Cerrudo da una breve actuación, la abuela Lina Onesti sólo aparece en una foto.



La mayor parte de la obra de Summers versa sobre el amor, especialmente el juvenil, y tiene mucho de autobiográfico. En este sentido, el episodio del «rosa» se rodó en su casa familiar, en su colegio (colegio Santiago) y en las calles de Madrid donde jugada de pequeño con sus amigos (calle Juan Bravo, Plaza de Salamanca). Por ello, el punto de vista, sobre todo el sentimental, es masculino y, curiosamente, siempre es el hombre quien fracasa y la mujer quien origina las rupturas: en el «rosa», Margarita es mayor que Guillermo y al final se echará un novio de más años; en el «amarillo», Josefina finalmente escoge la soledad y Valentín acabará cediendo en su propósito de escapar del asilo y vivir una nueva vida junto a ella. La historia del «amarillo» está más idealizada y tiene un tono más documental y lineal, es prácticamente muda y usa el recurso de la voz en off, tan común en la Nouvelle Vague. Además, está rodada en un mismo lugar, un asilo, principalmente en el patio, el comedor y la capilla.

El cuarteto protagonista, muy bien dirigido, sabe transmitir a la perfección las emociones y los sentimientos. Los actores más jóvenes, Pedro Díaz del Corral (inusitadamente talentoso para ser un niño) y Cristina Galbó, debutaron de forma brillante en el cine con esta película, si bien Cristina había aparecido previamente en El Hincha (1958). Mientras la actriz es recordada, sobre todo, por su participación, años más tarde, en dos hitos del fantaterror patrio como La Residencia y No Profanar en Sueño de los Muertos, Pedro Díez del Corral se convertiría en un actor de carácter, trabajando con algunos de los mejores directores del cine español. Por su parte, los actores veteranos, José Cerrudo y la italiana Lina Onesti (descubierta por Summers, casualmente, en un asilo madrileño), tenían gran experiencia en el mundo de la figuración y en papeles episódicos. Los cuatro recibieron un reconocimiento como actores revelación en el Festival de San Sebastián de 1963, donde, asimismo, Manolo Summers y la película obtuvieron sendas Conchas de plata.



Del Rosa… al Amarillo está contada desde la inocencia de sus protagonistas y desde la nostalgia del director y su memoria sentimental (las chapas y los juegos en la calle, el tebeo del Guerrero del antifaz, las frases generacionales). La película destaca por su frescura y osadía a la hora de retratar el amor y el desamor, haciéndolo con elegancia y gran realismo (todos nos podemos identificar con Guillermo y sus aventuras). Es un filme que nos recuerda las ganas que tenemos de hacernos mayores grandes cuando somos niños para poder amar y el deseo de poder ser jóvenes cuando somos viejos, precisamente para lo mismo, para poder experimentar la magia del amor. En cualquier caso, lo más bonito e interesante que nos enseña es que, aún siendo ancianos y con la muerte próxima, es posible tener la misma capacidad de amar y sentir que un adolescente, de hacerlo con la misma ilusión, ansiedad y afán de transgredir, y es que tanto Guillermo como Valentín reaccionan de forma muy similar ante lo que les pasa y experimentan las mismas sensaciones. Summers también inyecta dosis de humor blanco y de crítica social e institucional, siendo los profesores y las monjas dictatoriales e insensibles y las presiones sociales puritanas quienes dificultan el amor.

En el plano formal, Del Rosa… al Amarillo igualmente es deliciosa en su aparente sencillez y falta de pretensiones. La película, perfectamente narrada y atenta a los detalles, está provista de un guión inteligente y trabajado y tiene silencios y una gran capacidad de elipsis. A la vez, conjuga una fotografía en blanco y negro nítida y una escenografía mimada, representándose muy bien el cambio de la estaciones y el paso del tiempo. Todo ello queda redondeado con una partitura musical inolvidable de Antonio Pérez Olea, la cual incluye sonidos ordinarios de los años sesenta y, por supuesto, canciones populares y boleros, verdaderos leit motiv de la película: «Toda una vida», de Antonio Machín, «Mirando al mar», de Jorge Sepúlveda, «¿Por qué te conocí?», de Ricardo Gabi, «Margarita se llama mi amor», de Julio Salgado Alegre, ¨Yo soy aquel negrito», del anuncio del Cola Cao.



Del Rosa… al Amarillo es uno de los filmes, no sólo españoles sino también extranjeros, que mejor ha sabido retratar el enamoramiento, sus sensaciones y el posterior desengaño, haciéndolo –y eso es lo más genial– sin estridencias ni fatalismos y con una honestidad, simpatía e ironía excepcionales y sólo alcance de un cineasta privilegiado, el cual que se sintió frustrado posteriormente. Más próxima a una obra de madurez que a una ópera prima y con un enorme éxito de crítica y taquilla, fue la punta de lanza del Nuevo Cine Español y considerada en su momento la gran esperanza del cine nacional. Con todo, Del Rosa… al Amarillo es una película cautivadora, a reivindicar y lamentablemente poco conocida, difícil de etiquetar y con sello de autor, que exige verse con alma de niño y que nos inunda el corazón de nostalgia y melancolía dejando una huella de manera indeleble.