DIES IRAE


Vredens Dag

Dinamarca, 1943. 105 min. B/N

Dirección: CARL THEODOR DREYER. Guión: Carl Theodor Dreyer, Poul Knudsen, Mogens Skot-Hansen (Obra: Hans Wiers Jenssen). Música: Poul Schierbeck. Fotografía: Carl Andersson. Intérpretes: Thorkild Roose, Lisbeth Movin, Sigrid Neiiendam, Preben Lerdorff Rye, Anna Svierkier, Albert Hoeberg.


“El artista debe describir la vida interior, no la exterior. La abstracción es esencial para el creador. Permite al realizador franquear las barreras que el naturalismo impone. Permite a sus filmes ser no solamente visuales, sino espirituales”

(Carl Th. Dreyer)


Nacido ilegítimo en Copenhague y abandonado por una madre repudiada debido a su condición social, fue acogido por la familia luterana Dreyer, cuyas enseñanzas marcaron la severidad de su obra. Carl Theodor Dreyer (1889-1968), filósofo de los conflictos internos del hombre, es el más grande de los llamados cineastas espirituales, por encima de Robert Bresson, con quien también comparte la abstemia formal. Dreyer es el más original e inimitable de los maestros (Bergman, Tarkovsky). Y es que si nos falta el danés, dueño de una de las caligrafías cinematográficas más poderosas y sugestivas del siglo XX, no puede existir totalidad.

Dies Irae (1943), realizada bajo la ocupación nazi en Dinamarca once años después de su anterior película Vampyrinicia un bloque unitario completado por Ordet (1955) y Gertrud (1964) sobre la religión y el amor que eleva el cine a la categoría de arte verdadero, el definido por el escritor Johannes V. Jensen como una «forma concebida por el espíritu» y el liberado de meramente representar la realidad externa. La película nº 11 de Dreyer, extraordinaria en conjunto y portentosa en cada uno de los componentes técnicos, estéticos y dramáticos, ya posee todo lo que más tarde hizo de él un maestro incontestable: rigor, serenidad, intensidad y esencialidad.


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Dinamarca, año 1623. En una pequeña población de moral estricta, donde la religión y el pecado son los referentes que moldean y condicionan los comportamientos sociales. Martin (Preben Lerdorff Rye) regresa a casa tras años de ausencia para visitar a su padre, Absalon Pederson (Thorkild Roose), un viejo y rígido pastor luterano. Mucho más joven que Absalon, hermosa y amante de la vida, su segunda esposa, Anne (Lisbeth Movin), lo odia en silencio. La pasión cautiva a Martin (hijastro) y Anne (madrastra), que compartirán una relación prohibida y secreta, vigilada de cerca por la madre de Absalon (Sigrid Neiiendam). En paralelo, una supuesta bruja, la anciana campesina Marta Herloff (Anna Svierkier), es torturada y condenada por un tribunal a la hoguera, mientras amenaza con denunciar que Absalon exculpó de brujería a la madre de Anne para así casarse con esta.

Vredens Dag (Dies Irae) está basada en la obra teatral Anne Pedersdotter del noruego Hans Wiers-Jenssen, que se inspiraba en acontecimientos y personajes reales. Por su parte, su título alude al famoso himno latino del siglo XIII, atribuido al franciscano Tomás de Celano, que describe el día del Juicio Final. La película, perfecta síntesis de lo que se quiere contar, se configura como un drama sombrío y de universo cerrado que se concentra en el difícil triángulo amoroso conformado por Absalon, Anne y Martin, personajes ambivalentes y desgarrados por dentro. Dreyer se sumerge en las incertezas anímicas y morales de los protagonistas y plantea dicotomías entre mística/razón y espíritu/carnalidad, arremetiendo contra el despotismo religioso, la intolerancia y la represión de los instintos individuales.



El estilo formal –vestido de los pensamientos– de Dies Irae marca una inflexión en la filmografía de su autor, en permanente proceso evolutivo de introspección y creatividad. Visualizada de manera pictórica, con un empleo prodigioso de la luz y la sombra, tiene a Rembrandt, Vermeer y la Escuela flamenca en el punto de mira. La narración, de ritmo sosegado, se articula a través de elaboradas y largas tomas, que se conjugan con una puesta en escena muy cuidada y austera que remite a los interiores de Vilhelm Hammershøi. La fotografía en blanco y negro de Carl Andersson es memorable, conformando los sobrios intereses del director de La Pasión de Juana de Arco, incondicional perfeccionista de los encuadres y la composición y que rueda a los actores en primeros planos regiamente iluminados, lo que permite interpretaciones de gran concentración y solemnidad. El fondo musical, obra de Poul Schierbeck, se integra fundamentalmente de coros infantiles a cappella.

Bella, inquietante y relativa a las emociones metafísicas, donde solo el amor (como libertad de conciencia, auténtico epítome de la obra de Dreyer) se nos presenta como único recurso para sustraerse al poder y vivir sin someterse a las exigencias de lo colectivo –algo que la idealista Gertrud, veinte años más tarde, sí comprenderá y aceptará estoicamente, aunque en soledad–. Dies Irae, entre el cielo y el infierno. Una de las cumbres del arte dreyeriano, de alguien fiel a su vocación y gran pasión: el cine como expresión artística.


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“No hay nada en el mundo que pueda compararse con un rostro humano. Es una tierra que uno no se cansa jamás de explorar, un paisaje (ya sea árido o apacible) de una belleza única. No hay experiencia más noble, en un estudio, que la de constatar cómo la expresión de un rostro sensible, bajo la fuerza misteriosa de la inspiración, se anima desde el interior y se transforma en poesía”

(Carl Th. Dreyer)