LA MOSCA


The Fly

Estados Unidos, 1986. 100 min. C

Director: DAVID CRONENBERG. Guión: George Langelaan, Charles Edward Pogue, David Cronenberg. Música: Howard Shore. Fotografía: Mark Irwin. Intérpretes: Jeff Goldblum, Geena Davis, John Getz, Joy Boushel, Leslie Carlson, George Chuvalo, Michael Copeman, David Cronenberg, Carol Lazare, Shawn Hewitt.


“Soy un insecto que soñó que era hombre y le fascinó, pero el sueño terminó y el insecto ha despertado

(Seth Brundle/Jeff Goldblum)


Desde siempre, David Cronenberg ha imaginado que los avances científicos, médicos y tecnológicos podían dislocar la morfología del cuerpo humano y el comportamiento del individuo. La Mosca es el paradigma de ese pensamiento. La mutación gradual y la fusión cromosómica de un ser humano y una mosca fueron dos aspectos del guión, escrito por Charles Edward Pogue, que entusiasmaron al canadiense, que vio la oportunidad perfecta para expandir su work in progress. La película trata sobre Seth Brundle (Jeff Goldblum, ya de por si con ojos de mosca), un científico físico-molecular tímido y brillante que ha diseñado un invento que, según él, “cambiará el mundo para siempre”: una máquina de teletransportación capaz de desintegrar átomo por átomo la materia para volver a integrarla (“descomposición y recomposición”, símbolo de “purificación” y “renacimiento”, en palabras de Seth) mediante dos cabinas de aspecto futurista llamadas telepodos (traslaciones siniestras del útero materno) y con la ayuda de un ordenador central.

Para confirmar el éxito de su descubrimiento, él mismo prueba la máquina. Por desgracia, algo sale mal: una mosca común se ha colado en uno de los telepodos durante la teletransportación y se ha realizado una mezcla genética entre ambos. El experimento fallido dará lugar a un ser insólito, una aberración biológica: Brundlefly, un híbrido asimétrico de humano e insectoEl propio Seth le dice a Verónica: “Me estoy convirtiendo en algo que no ha existido nunca”. En paralelo, la película desarrolla un romance, al final conmovedor y con grandes dosis de piedad, entre el científico y la periodista Veronica Quaife, interpretada por Geena Davis, quien en aquel entonces era pareja sentimental de Goldblum.



Cronenberg, con mayores referencias a “La Metamorfosis” de Kafka, transforma la tragedia de Serie B y ciertamente naif de Kurt Neumann, protagonizada por el gran Vincent Price, en una odisea purulenta y contemporánea de la Nueva Carne: la pérdida de la identidad física y psíquica y el proceso degenerativo de la existencia, dos de los temores más profundos de Cronenberg y otros artistas torturados de fin de siglo. El autor de Videodrome se centra en los peligros de la maternidad tecnológica y en el miedo inmemorial por la propia carne, que se relacionan con la fantasía masculina de autogeneración y con la necesidad (ante la insatisfacción del “yo”) de mejorar la raza humana en búsqueda obsesiva de un estado espiritual superior, más evolucionado.

En Seth Brundle, la mejor etapa de su vida tiene lugar justo después de fusionarse con la mosca (cuando todavía predomina en él la carne humana, recién enriquecida con el aporte genético del díptero). Seth se siente más hermoso, más fuerte, más vivo. Es el Brundle-mosca pletórico, con apetitos –especialmente de azúcar– y habilidades sobrehumanas (la nueva carne resplandeciente). Sin embargo, poco a poco, el científico comienza a empeorar y a notar extraños cambios en su organismo. La carne (la actual, mero receptáculo físico del alma) se vuelve recesiva (se arruga, se marchita) y una nueva conciencia, de instinto salvaje, emerge. Hacia el final de la transformación, Seth reconoce a Veronica que está perdiendo su razón y compasión humanas y le dice que tal vez ha sido un insecto que soñó que era un hombre y le gustó, una definición poética, triste y muy kafkiana que emparenta su pathos con el de Scott Carey, el hombre menguante de Jack Arnold, igualmente sometido a una metamorfosis lenta, dolorosa e irreversible. Y es que, en Cronenberg, lo somático vuelve a triunfar sobre la mente, que no aspira a comprender los misterios de la carne nueva.



La película cuenta con un asombroso trabajo de efectos especiales y maquillaje a cargo de Chris Wallas (ganador de un Oscar y director tres años más tarde de La Mosca II), que alcanzan su mayor efectividad no con la criatura en si sino con la progresiva conversión física del protagonista. Al final, Seth es parte humano, parte mosca y hasta parte metal, al combinarse con un telepodo; un monstruo repulsivo y deforme, de naturaleza maligna pero patético y de cruel destino al fin y al cabo. La acción, con apenas tres personajes (Seth, Veronica y Stathis, amigo de la mujer), transcurre prácticamente en un único escenario, la residencia-laboratorio del científico, situada en la periferia de la ciudad, en un barrio degradado y gris, que contrasta con la calidez de la vivienda de Veronica. El intimismo alcanza el carácter del monstruo, que sólo parece existir para Seth y la horrorizada Veronica, sin repercusión exterior.

De factura clásica y con una puesta en escena idónea y sin estridencias, La Mosca es no obstante un filme intenso, oscuro y perturbador que aborda, a modo de metáfora, temas como la enfermedad (cáncer, sida, contagiosas), el envejecimiento y la desdicha de la pérdida humana. Para Cronenberg, antes que un relato de terror y ciencia-ficción, es una trágica historia de amor (que no llega a materializarse) con uno de los protagonistas condenado a morir. En cualquier caso, La Mosca, del aún puro Cronenberg, es un clásico de los ochenta, con ideas fascinantes y espeluznantes y donde el alcance del (verdadero) horror, más que gráfico, es conceptual: la desintegración (consciente) de la condición humana.



“Tú sólo conoces la línea prefijada por la sociedad sobre eso. No puedes superar el miedo enfermizo de la sociedad por la carne. ¿Sabes qué te digo? No estoy hablando sólo de sexo y penetración, estoy hablando de penetrar más allá del velo de la carne”

(Seth a Veronica)