EL CUCHILLO EN EL AGUA


Nóz W. Wodzie

Polonia, 1962. 94 min. B/N

Dirección: ROMAN POLANSKIGuión: Roman Polanski, Jerzy Skolimowski, Jakub GoldbergMúsica: Christopher Komeda. Fotografía: Jerzy Lipman. Intérpretes: Leon Niemczyk, Jolanta Umecka, Zygmunt Malanowicz.


“No eres mejor que él, ¿entiendes? Él era como tú, y tú deseas llegar a ser como él

(La mujer al muchacho)


El primer largometraje de Roman Polanski (París, 1933), realizado tras dirigir ocho cortos, es una de las óperas primas más fulgurantes del séptimo arte. Ganadora del premio FIPRESCI del Festival de Venecia de 1962 (el León de Oro fue para Tarkovsky por La Infancia de Iván), la película poseía una calidad técnica y estética impropia para un debutante de 27 años recién salido de la escuela de cine. El Cuchillo en el Agua, además de descubrir al mundo un director con un talento excepcional, resultó un soplo de aire fresco para el incipiente cine polaco, que vio estrenarse un filme que no hablaba sobre la guerra o el pasado reciente de Polonia.

A pesar de las alabanzas unánimes y de no encontrarse referencias explícitas al contexto (remotamente podría apreciarse una metáfora política al presentarse dos órdenes generacionales que se disputan un espacio de poder), el Ministerio de Cultura de Polonia negó la financiación a Polanski. “Falta de compromiso social” fue el veredicto. El director de ascendencia judía y superviviente del Holocausto (su madre murió en Auschwitz) decidió no quedarse esperando otro bombardeo del gobierno comunista y emigró rumbo al oeste, donde en el Reino Unido pudo realizar Repulsión (1965), Callejón sin Salida (1966) y El Baile de los Vampiros (1967).



El Cuchillo en el Agua arranca con un matrimonio burgués aparentemente feliz conduciendo por la carretera en dirección a un lago para realizar un viaje de recreo con su velero “Christine”. Por el camino tienen un percance con un joven buscavidas que hace autoestop, al que recogen y finalmente invitan a navegar con ellos. El marido, Andrzej (Niemczyk), es un exitoso periodista deportivo de unos 40 años; engreído, autoritario y sólo preocupado por mantener el estatus social. La esposa, Krystyna (Umecka, a quien Polanski descubrió cuando salía de una piscina) es mucho más joven que él; una mujer independiente y mansa, al principio de aspecto asexuado y en el velero progresivamente atractiva y sensual. Por su parte, el pasajero (o elemento distorsionador) es un muchacho astuto, seductor y de espíritu libre.

Durante la travesía a bordo de la pequeña embarcación, el matrimonio y el desconocido conforman un extraño y morboso triángulo donde las relaciones se alternan y lo que parece ser de una forma después no lo es tanto (imposible no recordar A Pleno Sol, que Polanski confesó haber visto el mismo año que rodó su película). Un profundo antagonismo (generacional o de clase) emerge entre los dos hombres, que establecen una lucha psicológica de poder y humillaciones para captar la atención de la ambigua mujer (cuya tensión sexual con el joven se hace palpable) y, sobre todo, para demostrar quién es más macho y superior. Temas complejos como la competitividad malsana y la disgregación disimulada pero palpable dentro del matrimonio (la incomunicabilità en Antonioni) se alían con las obsesiones típicamente polanskianas: el gusto por los espacios cerrados (geográficos o mentales), la influencia del teatro del absurdo y la presencia de situaciones perversas, sadomasoquistas y voyeuristas (que tan poco beneficiarían al autor en los episodios de su vida privada).



El sencillo pero preciso e inteligente guión corrió a cargo, especialmente, del insigne Jerzy Skolimowski (boxeador, avezado poeta, pintor, guionista y director de cine), que ensambla la (mínima) historia partiendo del azar y sobre instantes cotidianos aparentemente banales (tareas náuticas, preparar la comida, juegos acuáticos, pequeños desafíos), pero que germinan en su interior algo turbio y disonante. El clima opresivo se construye a través de la regla de la triple unidad, tan célebre entre los autores surgidos de la Escuela de Cine de Łódź: temporal (24 horas), espacial (un yate) y dramática. Dotada de inquieta quietud y elegancia, en la película se percibe el orden, el minimalismo y la exquisita planificación de Polanski, que lustra la puesta en escena con encuadres perfectos y la colocación de la cámara en el ángulo idóneo y más sugerente.

El director de fotografía Jerzy Lipman, haciendo uso de las condiciones atmosféricas (sol, niebla, nubes, viento) y de una luminosidad variable (que registra el paso de las horas a lo largo de un día), muestra lugares aislados y desérticos (carretera, embarcadero) y consigue unas imágenes imponentes de los extensos lagos de Masuria (noreste de Polonia), cuya sensación de libertad contrasta con la claustrofobia que producen los reducidos espacios del yate, donde se desatan las pasiones. La banda sonora, compuesta por Christopher Komeda y presidida por el smooth jazz del saxofonista sueco Bernt Rosengren, remite a la música del cine negro clásico y contribuye a generar el suspense contenido que, poco a poco, se apodera del relato.



Parábola moral sobre los límites de la crueldad y sus efectos, la ópera prima de Roman Polanski no sólo participa del fervor por el nacimiento de un cine moderno y con nuevas aperturas al lenguaje cinematográfico, sino que supone, paradójicamente, una obra de madurez tras su extensa formación en el mundo del cortometraje, revelando ya un completo dominio de los mecanismos expresivos presentes.