LA INFANCIA DE IVÁN


Ivanovo Detstvo

URSS, 1962. 95 min. B/N

Director: ANDREI TARKOVSKYGuión: Vladímir Bogomólov, Mikhail PapavaMúsica: Vyacheslav Ovchinnikov. Fotografía: Vadim Yusov. Intérpretes: Nikolai Burlyayev, Valentin Zubkov, Yevgeni Zharikov, Stepan Krylov, Nikolai Grinko, Valentina Malyavina.


El Sauce de Iván (1958)

Antes de la guerra, Iván caminaba por el arroyo;
Allí creció un sauce, a quien nadie conocía.
Nadie sabía por qué se propaga por la corriente;
Sea como fuere, el árbol era de Iván.
En su lona, ​​caído en batalla,
Iván regresó, debajo de su propio sauce.
El sauce de Iván,
El sauce de Iván,
Como un bote blanco navega río abajo.

Poema de Arseni Tarkovsky que inspiró a su hijo para La Infancia de Iván


En la Mostra de Venecia de 1962 se dieron a conocer dos de los mayores talentos surgidos de la Europa del Este en los años sesenta: el polaco Roman Polanski, con El Cuchillo en el Agua, y el soviético Andrei Tarkovsky, ganador del León de Oro con La Infancia de Iván. La ópera prima del joven Tarkovsky, realizada recién licenciado en la Escuela de Cine VGIK (Moscú), fue el único filme de encargo que rodó, al sustituir en el proyecto al director Eduard Abalov. Según él, La Infancia de Iván supuso su examen final para ganarse el derecho a trabajar de modo creativo: «Si de esta película sale algo, he obtenido el derecho a hacer películas». Después de verla, Ingmar Bergman confesó: «Es un verdadero milagro. Me sentí conmovido cuando descubrí que todo lo que yo siempre quería contar, pero que no sabía cómo expresarlo, estaba en esta película».

Elogiada por cineastas como Bergman, Paradzhánov o Kieślowski y por filósofos como Sartre, cuyo existencialismo empaparía parte de la obra de Tarkovsky, la primera de las siete películas que conforman su torre de marfil acaso la menos críptica– posee una inventiva visual sin precedentes en el cine soviético desde Eisenstein y ya vislumbraba las hondas convicciones artísticas y de pensamiento de un humanista, el cual sintió la necesidad de comprender el enigma de la existencia.



II Guerra Mundial, Frente Oriental. En el año 1943, el ejército de Hitler inicia la invasión a la Unión Soviética. Iván Bondarev (Nikolai Burlyayev), un niño huérfano de doce años que ha visto cómo los nazis mataban a su madre y hermana, es recogido desfallecido por el teniente Galtsev (Yevgeni Zharikov) a orillas del río Dniepr. Sediento de venganza y alimentado por el odio que siente hacia los alemanes fritzes como despectivamente les llama, el obstinado Iván se integra en las guerrillas del Ejército Rojo. Su misión será la de llevar a cabo labores de espionaje y exploración por posiciones enemigas, debiendo atravesar oscuros bosques y pantanos.

Basada en el relato «Iván» (1957) de Vladímir Bogomólov, escritor que llegó a capitán del Ejército durante la II Guerra Mundial, la película se aleja de las normas típicas del Realismo socialista y de la exaltación de valores patrióticos o de gestas bélicas tan habituales entonces. Más bien al contrario, su cometido era mostrar, como más tarde haría Elem Klimov en la más cruda Masacre: Ven y Mira (Idi i Smotri, 1985), el horror de la guerra a través de la mirada de un niño, cuya infancia ha quedado irremediablemente amputada. Iván, como Flyora, no es un héroe adolescente, sino una figura trágica y sin consuelo que, pese a inspirar ternura y soñar que todavía es un niño, ya ha dejado de serlo para convertirse en un soldado frío e implacable, un monstruo según Sartre: «Mi verdad, mi carácter y mi nombre estaban en manos de los adultos; yo había aprendido a verme con sus ojos; yo era un niño, ese monstruo que ellos fabrican con sus pesares…». 



En La Infancia de Iván asistimos al cine como superposición entre la realidad (conflicto, violencia) y lo onírico (naturaleza, libertad). Tarkovsky construye la película por medio de cuatro hermosos sueños plenos de luz y lirismo, mediante los que Iván puede recuperar la felicidad perdida junto a su madre y hermana asesinadas. Por eso, el mundo de los sueños es el verdadero mundo de Iván, que contrasta con el paisaje real de guerra y destrucción que le ha convertido en un monstruo, «y en esto consiste su tragedia, en que su pequeño corazón no puede soportar esta ex­periencia totalmente ajena al espíritu de la infancia» (Rafael Llanos). Visualmente deslumbrante y esculpida en encuadres únicos, es imposible no recordar muchas de las secuencias del filme: el reflejo de Iván y su madre en el agua del pozo, el original beso entre el soldado y la enfermera en un bosque de abedules, las bengalas iluminando los campos de batalla o Iván corriendo junto a su hermana por una playa desierta.

La Infancia de Iván ya contenía «la ligazón orgánica de idea y forma», o interacción entre elementos estilísticos y narrativos. Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, de Durero, basado en el Apocalipsis de San Juan y sus profecías sobre el fin del mundo, en el que el niño-monstruo fija su mirada mientras revisa un álbum, revela el significado de la película y nos ayuda a conocer mejor la psique trastornada de Iván y la enfermedad de su alma. Asimismo, la atmósfera bélica, lúgubre y de tensión del grabado entra en sintonía con la del filme, influyendo así la pintura también en el aspecto visual y estético. En el ámbito interpretativo destaca la naturalidad con que actúa Nikolai Burlyayev (con 16 años, cuatro más que el personaje), que después encarnaría a Boriska, el fundidor de la campana en Andrei Rublev. La espléndida fotografía en blanco y negro de recursos expresionistas de Vadim Yusov y la música de Vyacheslav Ovchinnikov contribuyen a redondear el primer largometraje de Tarkovsky, a la postre uno de los cuentos más terroríficos y bellos sobre la infancia. A pesar de la fatalidad de los eventos, el futuro director de Sacrificio se preocupa en resaltar el impulso interior de Iván, que aunque se ha visto forzado a luchar como un adulto, permanece como un personaje fuerte y deseoso de sacrificarse por los demás: «En el fondo, Iván ama la vida, como la aman todos los niños. Esta es la cuestión central de la película», afirma el autor.



IVÁN: «¿Por qué se la ve?»  (una estrella reflejada en el agua de un pozo)

MADRE: «Porque para ella ahora es de noche. Y ella salió como todas las noches»

IVÁN: «¿Acaso ahora es de noche? Ahora es de día»

MADRE: «Para ti y para mí es de día, pero para ella es de noche»