INSEPARABLES


Dead Ringers

Canadá, 1988. 115 min.

Director: DAVID CRONENBERGGuión: David Cronenberg, Norman Snider (Novela: Bari Wood, Jack Geasland)Música: Howard Shore. Fotografía: Peter Suschitzky. Intérpretes: Jeremy Irons, Geneviève Bujold, Heidi von Palleske, Barbara Gordon, Shirley Douglas, Stephen Lack, Jonathan Haley, Nicholas Haley, Lynne Cormack.


«La oposición normalidad/anormalidad se expresa, cotidianamente, por el contraste entre el orden y el desorden. Si el primero es el reino de la armonía y la belleza, el segundo es el imperio del traumatismo y el caos. Un desorden que no puede anticiparse sino bajo la forma de peligro absoluto, pues es lo que rompe completamente con la normalidad constituida y no puede anunciarse o presentarse más que bajo la especie de monstruosidad»

(José Miguel G. Cortés)


El director de la película de culto Videodrome, sobre la que se sustenta su tesis somática de la Nueva Carne, eleva el splatter a la metafísica en Inseparables, su obra más perturbadora y exquisita. David Cronenberg, en sus inicios conocido como el «rey del terror venéreo» y tachado de maldito y morboso, ostenta su pureza y valía, pese a ello, en los filmes de su primera y segunda etapa (de Vinieron de Dentro de…, en 1975, hasta Inseparables, en 1988), bajo cuya virulencia subyacen complejas y estimulantes reflexiones sobre el rediseño del hombre moderno y el mundo, entonces en la década de los ochenta.

Aquéllas son películas cuyo campo de batalla es el cuerpo humano, que es sometido a enfermedades víricas o transformaciones irritantes en búsqueda de una especie de trascendencia vital o inmortalidad. Cintas como Rabia, Cromosoma 3, Videodrome, La Mosca y la misma Inseparables han arrojado al canadiense Cronenberg al panteón de la carne caótica y lo abyecto, subvirtiendo la realidad y dando forma visible a los abismos del inconsciente humano (instintos, miedos, deseos, sueños no realizados).


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Dead Ringers se basa en la novela «Twins» (1977) de Bari Wood y Jack Geasland, inspirada a su vez en un asombroso hecho real: la historia de los gemelos univitelinos Marcus, ginecólogos de profesión, cuyas obsesivas relaciones de dependencia desembocaron en la locura y el suicidio: no podían vivir separados. Eso mismo le pasa a Jeremy Irons, cuyo rol estaba destinado inicialmente a James Woods (Max Renn en Videodrome). Excelente en su doble actuación, Irons interpreta a los hermanos Mantle, ambos prestigiosos ginecólogos que se dedican al tratamiento de mujeres con problemas de fertilidad. Son idénticos físicamente, aunque distintos en carácter. Mientras Elliot es seguro, descarado y se entrega a numerosas aventuras, Beverly es más sensible e introvertido y está dedicado de lleno al trabajo. Lo comparten todo, incluso las mujeres. En realidad, es como si constituyesen un mismo ser.

Todo marcha bien entre ellos hasta que aparece la sensual Claire Niveau (Geneviève Bujold), una mujer madura que acude a la consulta para tratar su esterilidad. Elly y Bev se sienten atraídos por ella, especialmente por la monstruosa anomalía que encuentran al examinarla: un útero con tres cervices. Claire (la mujer), como antes Anabel en Vinieron de Dentro de…, Rose en Rabia y Nola en Cromosoma 3, supone el elemento perturbador en la normalidad (masculina). Su sexo mutado se convierte en el desencadenante del periplo de descomposición física y mental de los inseparables gemelos, que en una espiral de celos irracionales, drogas y autodestrucción sufren una disolución de la realidad y se ven abocados, inexorablemente, a la desintegración total del yo ante un mundo exterior incontrolable.


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David Cronenberg trata el enigma del doble, la escisión, la identidad y la caducidad de la carne y la mente. Asimismo vuelve a mostrar su obsesión por la hipocondría del hombre ante el misterio aterrador de la feminidad. Esta angustia masculina, aunque en sentido metafórico, también se relaciona con el origen de la vida. Así, a la imaginería ginecológica se le suma el apartamento de azul de pecera de los hermanos Mantle en el que, a modo de casa-útero y rodeados de restos de comida, suciedad e inmundicia, ambos se encierran finalmente en busca de su renacimiento (sincronización, suicidio).

Elliot y Beverly Mantle sienten que separados no están completos, que de esa forma no pueden vivir. En el explosivo último tramo del filme llegan a tener una regresión a la infancia y, tras celebrar un patético no-cumpleaños, componen una definitoria estampa de pietà invertida con el desahuciado Beverly abrazando el cadáver de su hermano y dejándose morir. Esa idea de retorno al vientre materno, connotado por lo desconocido y lo siniestro, entronca con la fantasía de existencia intrauterina de Sigmund Freud y, en cierta manera, con Alien, el Octavo Pasajero (1979), filme donde la nave-planeta alienígena simboliza el interior femenino.



Llaman la atención, desde su primera aparición en los títulos de crédito, los instrumentos quirúrgicos inventados por Beverly «para operar a mujeres mutantes». «Las pacientes están deformadas por dentro y precisan de una tecnología radical», dice Bev. Inspirados en una escultura realizada por el mismo Cronenberg llamada Surgical Instruments for Operating on Mutants y con un aspecto biomecánico que recuerda al estilo de H. R. Giger, esos objetos fetiche introducen lo arcaico, lo precientífico y lo brujeril. Con picos y garras, más parecidos a herramientas de tortura que a material médico, en verdad son ellos los que se revelan monstruosos, por ende también la psique que los dispone (y no el sexo de Claire).

Perfecto complemento del instrumental es el vestuario usado en el quirófano donde los Mantle fertilizan artificialmente a las mujeres o les corrigen malformaciones genitales. Las batas son túnicas de color rojo intenso con esclavina y capucha, «en plan colegio de cardenales» (Cronenberg), como si de una ceremonia sangrienta e inquisitorial se tratase.


Instrumentos: «Simbólicamente, son objetivización de las posibilidades, acciones y deseos. Cada uno de ellos, por tanto, posee el significado literal correspondiente, pero también el derivado de su transposición al plano psicológico y espiritual»

(Juan Eduardo Cirlot)


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Inseparables, en la que la metamorfosis se encuentra en la mente y ya no tanto en la carne, es un drama existencial que se desarrolla en un microuniverso decadente y patológicamente obsesivo en el que se respira una atmósfera viciada de incomodidad cada vez más asfixiante. La película nº 11 de Cronenberg, si contamos Stereo y Crimes of the Future, es una experiencia íntima con pocos personajes y primeros planos de ellos, una cinta de discurrir hipnótico y apoyada en una puesta en escena clásica y elegante.

Los decorados y la iluminación self-conscious, apéndices de la psique progresivamente degenerada de Elliot y Beverly Mantle, adquieren especial relevancia en la película. A la candidez y el confort de la vivienda de la paciente Claire Niveau, se le oponen los espacios tecnológicos y minimalistas por donde se mueven los hermanos (principalmente su apartamento y clínica), en los cuales predominan materiales como el acero y el cristal, las líneas rectas y los colores en tonos azulados. «La sensación es como estar en un acuario, aunque éstos sean unos peces extraños y exóticos», dice Cronenberg.



«No tenemos una visión estética total en la medida en que no asumimos el interior de nuestro cuerpo y la comprensión de nuestros órganos y su funcionamiento.
Es por consiguiente humor negro, pero también muy serio: ¿Por qué no hacer un concurso de belleza para el más bello riñón, el estómago más graciosamente formado, el hígado más exquisito?»

(David Cronenberg)