LA HIERBA ERRANTE


Ukigusa

Japón, 1959. 128 min. C

Director: YASUJIRŌ OZUGuión: Yasujirō Ozu, Kôgo Noda. Música: Takanobu Saitô. Fotografía: Kazuo Miyagawa. Intérpretes: Ganjirō Nakamura, Haruko Sugimura, Hiroshi Kawaguchi, Machiko Kyô, Ayako Wakao, Hitomi Nozoe, Chishû Ryû, Koji Mitsui, Haruo Tanaka.


“Todo el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres meros actores: tienen sus salidas y sus entradas; y un hombre en su tiempo interpreta a muchas partes…”

(William Shakespeare)


La película se desarrolla durante un caluroso verano de 1958 en un tranquilo pueblo pesquero de la península de Shima, al sur de Japón. Una pequeña compañía de teatro ambulante (“hierbas errantes”) llega en barco para interpretar obras kabuki. El veterano director y actor principal del grupo, Komajuro Arashi (Ganjirō Nakamura), no tarda en visitar a su antigua amante, Oyoshi (Haruko Sugimura), con quien tuvo un hijo ilegítimo casi veinte años atrás, Kiyoshi (Hiroshi Kawaguchi). El chico siempre ha creído que Komajuro es su tío, porque, para este, es mejor un padre muerto que un mal padre.

Dicho reencuentro –y ocultamiento– anuncia una serie de conflictos entramados por la pasión y las emociones, que fluyen como un torrente cuando la primera actriz de la compañía y actual pareja de Komajuro, Sumiko (Machiko Kyō), descubre el secreto. La mujer, llevada por los celos, convence a una compañera, la joven Kayo Otoki (Ayako Wakao), para que seduzca a su hijo y así provocar confrontarlo con él.



Rodada en su época de madurez, Yasujirō Ozu compone la que probablemente sea su mejor película en color, con permiso de El Sabor del Sake, realizada tres años más tarde. La Hierba Errante es una nueva versión del filme mudo del propio director llamado Historia de una Hierba Errante (Ukigusa Monogatari, 1934). La cinta, que repite temas como el paso del tiempo, la interacción generacional y la descomposición de la familia, también retrata la vida nómada de los actores, que, como sugiere el propio título, está condenada a ser errática, como la hierba volátil y efímera que no encuentra arraigo en ningún lugar, como Komajuro.

La Hierba Errante comienza como una comedia ligera con rasgos de Jacques Tati (la música de Takanobu Saitô ayuda en la asociación) para irse transformando, paulatinamente, en un melodrama de sentimientos y de recovecos sombríos donde los personajes, adscritos a la melancolía, tratan de redimir sus errores pasados a través de segundas oportunidades. Además de un viaje de autorreconocimiento por parte Komajuro, que pretende saldar cuentas con su propia conciencia, la película también es una bella historia de amor (la de Kiyoshi y Kayo), si acaso una de las más reconciliadoras del cine universal: “el amor es posible”… palabras que remiten a la finalmente abnegada Gertrud en Gertrud, de Dreyer.



Ozu indaga en las relaciones humanas con sencillez y templado lirismo –aunque en esta ocasión nos obsequia con alguna escena “más estridente” de lo habitual–, mostrando de nuevo una habilidad mágica para convertir lo disonante en armónico y remontar lo cotidiano hacia lo sublime. Exquisito en la composición del cuadro, el cineasta doctorado en estilismo intensifica el sentido de lo geométrico, la figura y la línea. Ozu rueda tanto en interiores, siempre hogareños y con la consabida cámara fija a ras de tatami, como en exteriores, donde enseña nostálgicos planos estáticos de paisajes marítimos y retazos de naturaleza muerta llenos de significado.

La riqueza visual del filme se debe, en gran parte, al trabajo del cinematógrafo favorito de Kenji Mizoguchi, el eminente Kazuo Miyagawa (Rashomon, YojimboCuentos de la Luna Pálida de AgostoEl Intendente Sansho), cuya fotografía se encuentra entre las más hermosas y delicadas del cine japonés y, además, supone aquí un excelente estudio semiótico del color, con gamas que evolucionan de la luminosidad y la alegría inicial a tonalidades más oscuras y crepusculares, entre el miedo y la esperanza, como la historia misma. Ukigusa. Una de las maravillas tardías del director de Cuentos de Tokio. Una película que debe incluirse por derecho propio entre sus grandes obras. El mejor Ozu (a color).



“Nada permanece constante bajo el sol, todo cambia: así es como va el mundo”

(Komajuro/Ganjirō Nakamura)