MIEL


Bal 

Turquía, Alemania, 2010. 100 min. C

Dirección: SEMIH KAPLANOGLU. Guión: Semih Kaplanoglu. Fotografía: Baris Ozbicer. Intérpretes: Bora Altas, Erdal Besikçioglu, Tülin Özen, Alev Uçarer, Ayse Altay, Özkan Akcay, Selami Gökce, Kamil Yilmaz.


 «La noche pasada tuve un sueño precioso. Tu padre, tú y yo íbamos los tres juntos a colocar los colmenas. Abajo en el arroyo. En el sitio donde solemos colocar los colmenas. Entonces vi una flor. Me agaché a cogerla. La guardé en mi bolsa para plantarla en casa. Cuando volvimos a casa, esas flores estaban por todos lados. En la cocina, el dormitorio…»

La madre a Yusuf


En Miel, del director turco Semih Kaplanoglu (Esmirna, 1963), nos encontramos nuevamente con la vida contemplada desde la mirada inocente y escrutadora de un niño que, ante un mundo nuevo, descubre tanto sus deseos como sus temores y asperezas. Un tema éste ya manido en el séptimo arte (imposible no pensar en Ana y Apu) que, gracias a la mirada pura, transparente y sincera del cineasta que mira al niño mirando, convierte a la película, felizmente, en una pieza hermosa, meditativa y de gran valor ético y espiritual, más apreciada, si cabe, para los tiempos vacíos y apresurados que corren. Miel fue galardonada con el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 2010, premiándose, de esa forma, una propuesta diferente o, como dijo el Presidente del Jurado, Werner Herzog, al salir de la proyección, una apuesta valiente y bella. Kaplanoglu, quien goza de gran reputación en su país natal, completa una trilogía cuyos títulos recorren las contradicciones del pueblo turco y profundizan en las esencias de una vida rural que nos conectan con un mundo interior dejado de lado en pos de la modernidad.

Las tres películas, en parte autobiográficas y con el sello de la melancolía como nexo de unión, se centran en el proceso de desarrollo y ensanchamiento espiritual del poeta Yusuf, el personaje central, aunque lo hacen de forma cronológicamente inversa. En la primera, Huevo (2007), tiene cerca de cuarenta años, en la segunda, Leche (2008), está al final de la adolescencia y en Miel (2010), la mejor y más conmovedora de las tres, es un niño de apenas siete años (excelentemente encarnado por Bora Altas, a quien el director encontró montando en bicicleta cuando buscaba localizaciones). En contra de lo que sería de suponer, el autor aconseja encarecidamente que su trilogía se visione en el orden en que fueron rodadas las películas: desde la madurez, cuando Yusuf decide regresar a su pueblo tras haber vivido en Estambul durante dos décadas, hasta la infancia en Miel, filme que, según Semih Kaplanoglu, puede entenderse como un largo flashback que surge de Huevo. Este orden nos posibilitaría, además, apreciar mejor su evolución artística.



Miel fue rodada en la zona oriental del Mar Negro, al norte de Turquía, una región montañosa, verde y húmeda aún a salvo de la acción del hombre. Es en este lugar remoto donde el realizador trata de hallar el alma de la película, especialmente del bosque, un bosque poblado de árboles milenarios y casi mágico en el que se manifiesta la fragilidad y el desamparo del ser humano: «Todos somos pequeños en un mundo muy grande. Ya no digamos de niños», dice Kaplanoglu. El argumento es sencillo. Yusuf (nombre coránico del profeta José), acaba de empezar el colegio y vive con su padre, Yakup (nombre coránico del profeta Jacob, también el padre de José), un modesto apicultor, y su madre, Zehra, que se muestra más distante. Yusuf padece tartamudez (aunque cuando está sólo es capaz de leer frases con absoluta soltura) y disfruta ayudando a su padre en la crianza y el cuidado de las abejas (cuya miel negra curativa, exclusiva de Anatolia, está considerada una de las mejores del mundo). Un día, sin embargo, las abejas desaparecen misteriosamente, poniendo en peligro el sustento de la familia.

La película trata sobre la importancia de la comunicación no verbal y el despertar intuitivo de un niño fascinado por la belleza del entorno que le rodea, más allá de las apariencias. A la vez, ahonda en la bonita relación susurrada existente entre él y su padre, quien le nombra y enseña las cosas del mundo y cuya presencia retroalimenta. En palabras del director: «La infancia de Yusuf es la infancia de un poeta, siempre mirando, sorprendiéndose, buscando… Y eso se da en todas películas que le he dedicado. Mucha gente pierde de mayor la capacidad de sorprenderse. No es así con los poetas, los artistas, los músicos… Los corazones de los artistas no envejecen«. Miel, con ecos del Erice de El Espíritu de la Colmena y de las escenas del colegio del Kiarostami de ¿Dónde está la Casa de mi Amigo? (en realidad, de todo el cine iraní), reivindica un cine capaz de inducirnos a la vida contemplativa a partir de elementos mínimos, un cine conectado  con la Madre Naturaleza, decididamente espiritual y de inspiración sufí. No en vano, Miel también recibió el Premio del Jurado Ecuménico del Festival del Berlín al ser reconocida como la película que mejor reflejaba la esperanza y la espiritualidad que muchas personas en el mundo, aún sin decirlo, anhelan.



Como Tarkovsky, Tarr, Erice, Guerín o Bartas, partidario del cine poético y de que la realidad puede no estar hecha de planteamiento, nudo y desenlace (de hecho, fue tras ver El Espejo cuando Kaplanoglu decidió encaminar sus pasos fílmicos hacia este tipo de cine), su tranquila manera filmar le permite hacer tomas largas que transmiten la sensación del paso del tiempo. Kaplanoglu, con un control absoluto del producto que nos ofrece (produce, dirige, guioniza y edita) y un acabado artístico admirable, no utiliza banda sonora ni otros artificios, no enfatiza el drama y explora la musicalidad del sonido ambiental (viento, lluvia, el crujir de las ramas, los animales salvajes), el gesto corporal, la nobleza de las cosas sencillas y el amor al aroma de tierra mojada. Miel rezuma poesía y sabe extraer sensibilidad y belleza de sus imágenes, en gran medida gracias al empleo de la luz natural y la magnífica fotografía de Baris Ozbicer, de tonos vermeerianos en los interiores, que nos muestra una Turquía desconocida anclada en sus costumbres.

Una película melosa y tierna como la miel, hecha de silencios y que emplea la simbología para explicar el misterio de la vida y como una estrategia narrativa cuya finalidad es eminentemente pedagógica. El director, comprometido con una visión cuasirreligiosa y oriental del cine y el arte, encuadra su obra dentro de lo que denomina «realismo espiritual», ya que, según él, «los artistas deben ocuparse de las cosas del alma, porque en la realidad material, tan presente en la vida moderna, no hay ningún valor». Y es que Semih Kaplanoglu, para quien «realizar una película es como rezar», busca mostrar una aventura interior, algo que acontece en las profundidades del individuo y acaba transformándolo. Sus filmaciones son como imágenes cinematográficas de los siguientes versos del poeta sufí Yunus Emre (1238-1321), su poeta favorito: «Hay un yo en mí / más allá de mí». O como estos otros, también de Yunus Emre: «Faltan palabras para describir mi luna / mas los amantes la conocen. / Faltan palabras para explicar mi pena / mas los amantes lo saben».



«Dos derviches se reencontraron tras un largo tiempo. Se sentaron juntos, permaneciendo en silencio un buen rato. Más tarde se despidieron, tras fundirse en un abrazo. Uno de ellos le dijo al otro: “¡Qué bella charla!”»

(anécdota sufí, en la que queda de manifiesto que los designios de la vida son incomprensibles y no se pueden llegar a comprender mediante palabras)