SEIS MUJERES PARA EL ASESINO


Sei Donne per l’Assassino

Italia, Mónaco, Francia, 1964. 88 min. C

Dirección: MARIO BAVA. Guion: Mario Bava, Marcello Fondato, Giuseppe Barilla (Historia: Marcello Fondato). Música: Carlo Rustichelli. Fotografía: Ubaldo Terzano. Intérpretes: Cameron Mitchell, Eva Bartok, Thomas Reiner, Ariana Gorini, Dante DiPaolo, Mary Arden, Franco Ressel, Claude Dantes, Luciano Pigozzi, Francesca Ungaro.


«El tema central de la película es la confusión de los cuerpos: los cuerpos de los actores, los ‘dummies’ de los cadáveres, los maniquís antropomórficos y, sobre todo, el asesino enmascarado, una figura sin rostro y sin identidad, hasta el punto de que son dos personas. Este tema se manifiesta ya durante los títulos de crédito, que equiparan los intérpretes con los maniquíes (pose hierática, iluminación irreal)»

Giorgio Placerani


Mario Bava (San Remo, 1914-Roma, 1980) es –junto al exquisito inglés Terence Fisher (Hammer)– el indiscutible maestro del cine de terror europeo de la segunda mitad del siglo XX y uno de los directores más influyentes del mundo; es fundador, además, de dos géneros tan genuinos como el giallo, con La Muchacha que Sabía Demasiado (1962), y el gotico all’italiana, con su ópera prima La Máscara del Demonio (1960) –al margen Riccardo Freda, quien años antes había realizado I Vampiri (1957), considerado el primer filme italiano de terror y que ya anticipaba elementos góticos–. Hijo del reconocido director de fotografía de cine mudo Eugenio Bava y padre del también cineasta Lamberto Bava, estudió Bellas Artes y trabajó en sus inicios como operador fotográfico para figuras tan destacadas como Roberto Rossellini, Raoul Walsch y Jacques Tourneur. El genio de los colores vívidos cultivó el «género» (terror, ciencia ficción, giallo, péplum, adaptaciones de cómic), pero siempre desde la óptica de un autor y la sensibilidad plástica de un artista.



Extremando las propiedades formales y de contenido de La Muchacha que Sabía Demasiado, construida como un giallo-rosa pesadillesco aún de apariencia hitchcockiana, y debiendo esperar todavía su eclosión con el triunfo de El Pájaro de las Plumas de Cristal (1969) –película que codificó y consagró el género, dando un sentido acabado al mecanismo whodunit–, Mario Bava sienta definitivamente las bases del giallo en Seis Mujeres para el Asesino, donde el asesinato, fotografiado –por Ubaldo Terzano– ya a todo color y con refinamiento y la mayor suntuosidad, se convierte en instante epifánico, en Bava elevado a la categoría de arte. Años más tarde, el realizador volvería al giallo, aunque con títulos de menor interés, a excepción de la salvaje y melancólica Bahía de Sangre (1971), la favorita de su director y claro antecedente del slasher –como Torso (1973), de Sergio Martino– y de las sagas body count como Viernes 13, en cuya segunda entrega, realizada por Steve Miner, se homenajea un asesinato del mencionado filme de Bava.


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Sei Donne per l’Assassino, además de ser un filme esencial para entender las raíces de los sanguinarios delirios giallescos que estaban por venir, certifica el talento visual de Mario Bava y su hábil capacidad para extraer provecho del espacio y la mise-en-scéne. Ayudado por una iluminación expresionista y un cromatismo saturado hasta lo irreal, el director crea un universo artificial, a la vez elegante y opresivo, con mobiliario barroco y tapicería lujuriosa, donde el decorado y los objetos poseen vida propia y dan sentido a los actores-personajes, que se confunden con los maniquíes, como en un ballet macabro. La trama, mínima, es un mero pretexto y se ubica, casi en su totalidad, en una lujosa villa en las afueras de Roma que sirve de salón de alta costura, en el que un maníaco sexual asesina en serie a jóvenes y bellas modelos, mientras busca un diario comprometedor. Una sinfonía del horror ejercida sobre un microcosmos de personajes mezquinos y grotescos, impregnadas sus relaciones de erotismo turbio, taras psicológicas y secretos ocultos, lo que les hace sospechosos y parecer culpables.



Es en Seis Mujeres para el Asesino donde aparece por primera vez en el cine italiano, en todo su esplendor, la figura de la locura homicida y su iconografía clásica dentro del giallo. Es la visión de una pesadilla, un ser todopoderoso y de apariciones contundentes, vestido con gabardina, guantes-garra y sombrero negros y portador de una límpida máscara blanca para esconder su identidad, que asesina con crueldad y paroxística furia. Ningún detalle escapa a la minuciosa cámara de Bava, a su gusto voyeurista, especialmente en la ejecución de los crímenes, que se suceden al son de la banda sonora dulcemente siniestra de Carlo Rustichelli, amalgama de latin-jazz, mambo y solos de trompeta. En cuanto al elenco actoral, destacan la guapa actriz húngara Eva Bartok (como la condesa Cristiana Cuomo, propietaria de la casa de moda) y el norteamericano afincado en Italia Cameron Mitchell (como Massimo Morlacchi), actor con el que Bava igualmente trabajó en el díptico vikingo compuesto por La Furia de los Vikingos (1961) y Los Cuchillos del Vengador (1966).



Manierista en cuanto creadora de un estilo propio, demente pero sofisticada, Seis Mujeres para el Asesino es una pequeña obra maestra de violencia gráfica sin descendencia directa –como La Muchacha que Sabía Demasiado, también aislada en el tiempo– hasta que llegó Dario Argento, seis años más tarde, para redefinir el género y destapar el filón. Ahora el giallo existe de verdad. Sei Donne per l’Assassino, un filme de un cineasta-autor único e intransferible. Más que una película de suspense, un manifiesto estético y teórico ya con todas sus características vivas.


«Dales placer, el mismo que consiguen cuando despiertan de una pesadilla»

Alfred Hitchcock