INSEPARABLES
Dead Ringers
Canadá, 1988. 115 min.
Director: DAVID CRONENBERG. Guion: David Cronenberg, Norman Snider (Novela: Bari Wood, Jack Geasland). Música: Howard Shore. Fotografía: Peter Suschitzky. Intérpretes: Jeremy Irons, Geneviève Bujold, Heidi von Palleske, Barbara Gordon, Shirley Douglas, Stephen Lack, Jonathan Haley, Nicholas Haley, Lynne Cormack.
«La oposición normalidad/anormalidad se expresa, cotidianamente, por el contraste entre el orden y el desorden. Si el primero es el reino de la armonía y la belleza, el segundo es el imperio del traumatismo y el caos. Un desorden que no puede anticiparse sino bajo la forma de peligro absoluto, pues es lo que rompe completamente con la normalidad constituida y no puede anunciarse o presentarse más que bajo la especie de monstruosidad»
José Miguel G. Cortés
El director de Videodrome (1983), película-pilar de su tesis somática de la Nueva Carne, eleva el splatter a la metafísica en Inseparables, su obra más exquisita y perturbadora y una de las mejores del cine de los años 80. David Cronenberg (Toronto, 1943), hasta entonces tachado como un producto de género grotesco o marginal y conocido en sus inicios como el «rey del terror venéreo», siempre ha ostentado su pureza y valía, no obstante, en los filmes de su primera y segunda etapa (de Vinieron de Dentro de… hasta Inseparables), los cuales supuran complejas y estimulantes reflexiones sobre el rediseño del hombre moderno y el mundo –entonces en la década de los ochenta–.
Son películas cuyo campo de batalla es el cuerpo humano, que es sometido a enfermedades víricas o transformaciones irritantes en búsqueda de una especie de trascendencia vital o inmortalidad. Cintas como Rabia, Cromosoma 3, Videodrome, La Mosca y Inseparables han arrojado al canadiense Cronenberg al panteón de la carne caótica y lo abyecto, subvirtiendo la realidad y dando forma visible a los abismos del inconsciente humano (instintos, miedos, deseos, sueños no realizados).
Dead Ringers se basa en la novela «Twins» (1977), de Bari Wood y Jack Geasland, inspirada en un asombroso hecho real: la historia de los gemelos univitelinos Marcus, ginecólogos de profesión, cuyas obsesivas relaciones de dependencia desembocaron en la locura y el suicidio: no podían vivir separados. Eso mismo le pasa a Jeremy Irons, cuyo rol estaba destinado inicialmente a James Woods (Max Renn en Videodrome). Excelente en su doble actuación, Irons interpreta a los hermanos Mantle, ambos prestigiosos ginecólogos que se dedican al tratamiento de problemas de fertilidad. Son idénticos físicamente, aunque distintos en carácter. Mientras Elliot es seguro, descarado y amante de las aventuras, Beverly es sensible e introvertido y está más centrado en el trabajo. Lo comparten todo, incluso las mujeres; es como si constituyesen un mismo ser.
Todo marcha bien hasta que aparece la sensual Claire Niveau (Geneviève Bujold), una mujer madura, actriz de profesión, que acude a la consulta para tratar su esterilidad. Elly y Bev se sienten atraídos por ella, especialmente por la monstruosa anomalía que encuentran al examinarla: un útero con tres cervices. Claire (la mujer), como antes Anabel en Vinieron de Dentro de…, Rose en Rabia y Nola en Cromosoma 3, supone el elemento que disloca la normalidad (masculina). Su sexo mutado se convierte en el desencadenante del periplo de descomposición física y mental de los gemelos, quienes en una espiral de celos irracionales, drogas y autodestrucción sufren una disolución de la realidad y se ven abocados a la desintegración total del yo.
David Cronenberg explora el enigma del doble, la escisión de la identidad y la metamorfosis/caducidad, las cuales se trasladan de la carne a la mente. Los hermanos Elliot y Beverly operan como un solo organismo fragmentado, incapaces de subsistir de forma autónoma. Esta crisis se vincula con la ancestral hipocondría masculina ante el misterio aterrador de la feminidad y, metafóricamente, con el origen de la vida, representado por la inquietante imaginería ginecológica.
En el explosivo tramo final de Inseparables, encerrados en su casa-útero claustrofóbica y rodeados de restos de comida e inmundicia, los Mantle sufren una regresión a la infancia –incluso celebran un patético no-cumpleaños– que culmina en una definitoria estampa de pietà invertida, donde Beverly abraza el cadáver de su hermano antes de dejarse morir (sincronización, suicidio). Este siniestro retorno al vientre materno dialoga con la fantasía de existencia intrauterina de Sigmund Freud y con el simbolismo de la nave-planeta en Alien, el Octavo Pasajero. El interior femenino se resignifica: deja de ser un refugio de vida para convertirse en una tumba biológica inevitable.
Llaman la atención, desde su primera aparición en los títulos de crédito, los instrumentos quirúrgicos diseñados por Beverly «para operar a mujeres mutantes». «Las pacientes están deformadas por dentro y precisan de una tecnología radical», dice Bev. Inspirados en una escultura realizada por el mismo Cronenberg llamada «Surgical Instruments for Operating on Mutants» y con un aspecto biomecánico que recuerda al estilo de H. R. Giger, esos objetos fetiche con picos y garras introducen lo precientífico y brujeril y parecen más herramientas de tortura que material médico. Perfecto complemento del instrumental es el vestuario usado en el quirófano en el que los Mantle fertilizan artificialmente a las mujeres o les corrigen malformaciones genitales. Las batas son túnicas de color rojo intenso con esclavina y capucha, «en plan colegio de cardenales» (Cronenberg), como si de una ceremonia sangrienta e inquisitorial se tratase.
Instrumentos: «Simbólicamente, son objetivización de las posibilidades, acciones y deseos. Cada uno de ellos, por tanto, posee el significado literal correspondiente, pero también el derivado de su transposición al plano psicológico y espiritual»
Juan Eduardo Cirlot
La película nº 11 de David Cronenberg –si contamos Stereo y Crimes of the Future– se aleja de las hechuras de la serie B y los excesos viscerales y meramente fantásticos del body horror para adentrarse en un terror psicológico clínico y devastador. El autor, más maduro y pulcro, aunque sin abandonar la Nueva Carne, opta por un enfoque más íntimo y existencialista y una elegancia clásica, sobria y de estética calculada. Así, los decorados y la iluminación self-conscious actúan como apéndices de la psique y reflejan el colapso mental de sus protagonistas. A la candidez y el confort de la vivienda de Claire Niveau, se le oponen los espacios tecnológicos, fríos y minimalistas por donde se mueven los hermanos Elliot y Beverly (principalmente su apartamento y clínica), predominando materiales como el acero y el cristal, las líneas rectas y los colores en tonos asépticos y azulados. «La sensación es como estar en un acuario, aunque éstos sean unos peces extraños y exóticos», concluye Cronenberg.
«No tenemos una visión estética total en la medida en que no asumimos el interior de nuestro cuerpo y la comprensión de nuestros órganos y su funcionamiento.
Es por consiguiente humor negro, pero también muy serio: ¿Por qué no hacer un concurso de belleza para el más bello riñón, el estómago más graciosamente formado, el hígado más exquisito?»





