EL CARNAVAL DE LAS ALMAS


Carnival of Souls

Estados Unidos, 1962. 78 min. B/N

Dirección: HERK HARVEY. Guión: John Clifford. Música: Gene Moore. Fotografía: Maurice Prather. Intérpretes: Candace Hilligoss, Frances Feist, Sidney Berger, Art Ellison, Stan Levitt, Tom McGinnis, Forbes Caldwell, Dan Palmquist, Bill de Jarnette, Pamela Ballard.


“Los muertos viajan deprisa”

(Gottfried August Bürger)


En las afueras de Lawrence, Kansas. Mary Henry, una joven atractiva pianista de profesión sufre un accidente en el cual su coche cae a un río desde un puente colgante. Algo milagroso, poco después reaparece sana y salva a diferencia del resto de víctimas– en un banco de arena. Como si nada, al principio desorientada, se traslada a Salt Lake City para trabajar de organista en una parroquia local. Sin embargo, Mary tiene alucinaciones y es acosada por apariciones extrañas que la atenazan, especialmente la de un hombre con cara de muerto. Prisionera de la ciudad, entre el shock emocional, el sueño y la pesadilla, finalmente es arrastrada por los espectros a una danza macabra en un parque de atracciones desierto junto a un lago, un lugar por el que se siente irremediablemente atraída. A la mañana siguiente la mujer se ha volatizado. En el lugar del accidente aparece su cuerpo… al lado del de sus acompañantes.



Película rara y atípica para la época en que se rodó, a la vez que adictiva y tremendamente magnética, El Carnaval de las Almas (1962) es el único largometraje oficial dirigido por el también actor Herk Harvey (el hombre de las apariciones), prolífico especialista de documentales educativos y vídeos industriales con casi cuatrocientos títulos. El entusiasta proyecto, independiente y autoproducido, fue realizado en apenas tres semanas (durante unas vacaciones) y contó con un presupuesto irrisorio de 18.000-30.000 dólares según la fuente. De gran influencia para directores posteriores como David Lynch y George A. Romero, que han confesado su amor cinéfilo por ella, actualmente es un ejemplo perfecto de cult-movie, sobre todo en Estados Unidos, donde cada año desde hace décadas numerosos fans se reúnen la noche de Halloween para volverla a ver.

El Carnaval de las Almas, cuya inspiración le sobrevino a Harvey al contemplar durante un viaje por Utah el complejo ruinoso de Saltair Pavilion (I-80, Magna, Salt Lake City) en el que se ubica la danza de los muertos (mismo sitio donde bailó Glenn Miller), se basa en un relato corto de Violet Lucille Fletcher escrito en 1942, adaptado posteriormente para la pequeña pantalla en la mítica serie de ciencia ficción The Twilight Zone. De ritmo continuo durante su escaso metraje de 78 minutos y con un guión escueto y previsible pero de ideas geniales del polifacético John Clifford (que también escribió canciones para Nina Simone y Della Reese), la película vira del misterio inicial al puro espanto y se aleja de los clichés clásicos del cine de terror para mostrar un miedo urbano y más metafísico, relacionado con los entresijos de la psique y los límites confusos de nuestra percepción y el más allá, lo que la emparenta, en ese sentido, con Repulsión (1965) y la dislocada Carol Ledoux/Catherine Deneuve en el alienante Londres.



El filme relata el viaje surreal que emprende hacia “el otro lado” la enigmática Mary, interpretada de forma creíble por Candace Hilligoss (que solo hizo otra película y a la que Fabio Scacchioli le hace un homenaje con el cortometraje Miss Candence Hilligoss’ Flickering Halo). A la manera de una Janet Leigh hitchcockiana nuestra heroína deambula perdida y solitaria por una América profunda de carreteras, pensiones, iglesias y parques de ocio abandonados. En torno a ella, lo real se transforma y el mundo deviene ficcional e ilusorio, adquiriendo lo cotidiano calidades espeluznantes. La cinta de Harvey explora el aislamiento de alguien que siente que ya no pertenece a este mundo, encontrando la resolución, igual que Scott Carey en El Increíble Hombre Menguante, en la comprensión de que la pérdida de identidad es, en parte, una liberación. El final, agridulce y después recurrente (que se lo digan a Shyamalan), no es tanto un giro como la respuesta inevitable a los extraños acontecimientos.

Rodada en exteriores y decorados naturales, el mayor logro de El Carnaval de las Almas fue recrear una atmósfera propia y convincentemente patológica; inquietante, hipnótica y poética como pocas, tan fantasmagórica como tangible. Harvey, que nos regala un puñado de imágenes perturbadoras y sugerentes como las caras cadavéricas tras la ventanilla del coche o emergiendo del agua, suple la falta de efectos especiales a golpe de imaginación y talento, ayudado de la fúnebre y enervante música de órgano interpretada por Gene Moore y por el uso de recursos expresionistas: puesta en escena abstracta, planos inclinados, (decidida) fotografía en blanco y negro, juegos de luces y sombras y maquillaje siniestro, obra de George Corn, sobre el rostro de los compañeros celestiales, inspiradores de los futuros zombis de La Noche de los Muertos Vivientes (1968).



Cúmulo de sensaciones post-mortem o gozo poético para los sentidos, Carnival of Souls, del misterioso Herk Harvey, con sus virtudes y defectos y sin pretenderlo, insufló –un necesario– frescor estético y narrativo al cine de terror, cuya evolución hubiera sido otra de no ser por ella. Triste y hermosa película; vital allá donde el muerto camina en el mundo de los vivos.


“Nadie parecía oírme, ni verme. Era como si yo ya no existiera, como si ya no estuviera en el mundo, como si ya no estuviera viva”

(Mary Henry)