FOLLIA OMICIDA


Follia Omicida-Murder Obsession

Italia, Francia, 1981. 92 min. C

Director: RICCARDO FREDA. Guión: Antonio Cesare Corti, Fabio Piccioni, Riccardo Freda, Simon Mizrahi. Música: Franco Mannino. Fotografía: Cristiano Pogany. Intérpretes: Stefano Patrizi, Anita Strindberg, Martine Brochard, Henri Garcin, Laura Gemser, John Richardson, Silvia Dionisio, Fabrizzio Moronni.


«Durante siglos, teólogos, filósofos e incluso poetas han rebuscado en el Universo pruebas de la existencia del Diablo,
pero les hubiera sido suficiente con mirar el fondo de su alma»

(Hieronimous A. Steinback, filósofo de ficción del siglo XVII, al principio de la película)


En Follia Omicida, su inesperada última película (de un total de cuarenta y tres), el maestro Riccardo Freda (1909-1999), ya septuagenario y tras casi diez años de inactividad, se reencuentra con todo ese mundo de terror y angustia que había creado años ha en I Vampiri (1957) y, especialmente, con la atmósfera de L’orribile Segreto del Dr. Hichcock (1962) y de Lo Spettro (1963). Una atmósfera característica del gótico italiano de su década dorada que Freda entendió negra y claustrofóbica, aquí revisada en clave moderna y de giallo o whodunit con implicaciones fantásticas y terroríficas. La antigua villa es el típico lugar-cerrado del thriller de Freda, habitado por personajes-símbolos predestinados a un final fatal. La historia, ambientada en Inglaterra pero rodada en el área de Roma (entre Parco della Mola di Oriolo y Palazzo Borghese en Artena), presenta a Michael Stanford (Stefano Patrizi), un joven actor que regresa a la decadente mansión familiar varios años después de la muerte de su padre (también Stefano Patrizi) para reencontrase con su madre, Glenda (Anita Strindberg), quien vive en la casa junto a su mayordomo, Oliver (John Richardson), dos personajes sombríos que parecen dominados por fuerzas ocultas. A Michael le acompañan su novia Deborah (Silvia Dionisio) y la amiga de ésta, Beryl (Laura Gemser), ambas actrices, y el realizador de su último filme, Hans (Henri Garcin), y su ayudante, Shirley (Martin Brochard).



Follia Omicida trata sobre la personalidad distorsionada de los dos protagonistas principales, madre e hijo, y la morbosa, casi incentuosa, relación entre ellos, mientras que los demás interpretan el papel de víctimas o testigos. Una intriga emergente de satanismo, fantasmas del pasado, atroces sentimientos de culpa, complejos de Edipo y traumas de infancia –el arrastrado por Michael, presunto homicida de su padre siendo aquél niño–, como encarnaciones de un mal absoluto y delirante y simbolizados en la figura del misterioso asesino. Aquí, como en no pocos gialli, el asesino-demiurgo mata movido por un sentimiento de amor loco y retorcido, y en nombre de este amor se sacrifican todos aquellos que pueden, de alguna manera, arruinar la unión renacida entre madre e hijo. Cabe señalar, en este sentido, cómo los escenas de los asesinatos se exhiben con crueldad y decididamente sangrientas (apuñalamientos, hachazos, decapitaciones con una motosierra), y cómo Freda las resuelve con solvencia y destreza, a pesar de estar su cine alejado de los efectos del splatter. Una pasión desatada y malsana que, como sucedía con el Mario Bava de Bahía de Sangre, ofrece una visión trágica de la condición humana.

Si la dimensión de thriller y la psicopatología homicida se traducen con eficacia, también se insertan en la historia fuertes componentes de terror, como la memorable secuencia de la pesadilla de Deborah, la cual incluye cámaras subterráneas, babeantes rostros putrefactos, rituales macabro-satánicos y hasta una araña gigante, y que prosigue cuando la mujer despierta. Es así como Freda advierte que la verdadera pesadilla es la realidad, el lugar de donde brotan todas las alucinaciones y todas las perversiones humanas incluido el asesinato. Después de todo, Freda, pesimista y amargo, ha destinado a menudo a los personajes de sus filmes a repetir sus propias faltas, sus propios crímenes, sin posibilidad alguna de expiación, de salvación. Y es que, para él, el horror y lo monstruoso residen únicamente en la mente humana, hasta el punto de insuflar vida a los sueños más espantosos. No es casualidad que Follia Omicida, que utiliza música de Bach y Liszt, acabe con la lastimosa y perturbadora imagen de la madre con su hijo moribundo en brazos, finalmente reunidos para siempre, en una suerte de pietà pervertida y blasfema en un entorno demoníaco.



Freda prescinde casi del argumento para sublimar lo gótico a través de la pura fantasmagoría. Para ello se apoya en una atmósfera melancólica, ominosa y de erotismo mórbido, en el surrealismo áspero y en un gusto por lo bizarro que, por momentos, parece situarlo más cerca de Renato Polselli que de su amigo Mario Bava. La fotografía de Cristiano Pogany, en colores saturados y con predominio del rojo y el azul, contribuye a crear un clima envolvente, denso y de cualidades pictóricas que remite a Argento (en especial a Inferno) y al citado Bava. El sentido de decadencia que se extrae de Follia Omicida, la sensación de un mundo que estaba extinguiéndose para dar paso a otro más incierto y no entendido por los Grandes Maestros, asimismo se percibe en el elenco actoral, el cual incorpora, en el último papel de su carrera, a la espléndida actriz sueca Anita Strindberg una de las musas del giallo con participaciones en filmes tan emblemáticos como La Cola del Escorpión, Una Lagartija con Piel del Mujer, Vicios Prohibidos y ¿Quién la ha Visto Morir?–, a la que se unen Laura Gemser que acababa de completar su ciclo de Emmanuelle Negra–, Martin Brochard y John Richardson el acompañante de Barbara Steele en La Máscara del Demonio y un rostro habitual del péplum y el spaguetti western, al margen de Stefano Patrizi que siempre fue un actor de segunda fila.

Follia OmicidaMurder Obsession, a pesar de que se note la falta de medios y tenga efectos especiales granguiñolescos obra de Sergio Angeloni y su joven auxiliar Sergio Stivaletti y una trama algo confusa y de giros inverosímiles, merece, en su apariencia de película antigua, polvorienta, un espacio señalado dentro del fantaterror italiano, principalmente por ser una sorprendente anomalía tardía y poseer todo aquello que caracterizaba al cine de Bava, Margueriti y del mismo Freda, sólo que ahora en la década de los ochenta y en feliz combinación con las más recalcitrantes hechuras del giallo (asesino con guantes negros, diversidad de sospechosos, sucesión de muertes brutales). Con todo, podemos considerar a Follia Omicida como una obra a contracorriente que se erige, ciertamente, en triple y hermoso canto de cisne: de una época, de un autor y de un género, el giallo, que ya por entonces era casi historia tras su sobreexplotación durante el primer lustro de los setenta (aunque aún faltaba por aparecer un año después Tenebre, de Dario Argento).



«He escrito más de una vez qué se entiende por horror. No tiene nada que ver con la representación objetiva de cualquier monstruo. El verdadero horror está arraigado en nuestro interior desde el nacimiento. Se trata de un terror atávico que probablemente se remonta al principio de los tiempos, cuando el hombre estaba dentro de una cueva. Lo primero fue el miedo a las tinieblas… ¡a la oscuridad! Este es el verdadero terror, esa angustia hasta entonces reprimida que el terror desencadena. Los inevitables condimentos de este efecto –por ejemplo, el entorno externo de una tormenta–, son transitorios, pero desatan el horror en toda su violencia»

(Riccardo Freda)